Bogotá, Medellín y Barranquilla: espacios con gentilicio

Publicado el 26 de abril de 2011 en la revista mexicana Distintas Latitudes.

Por María Luisa Vela y Catalina Ruíz-Navarro*

Enfrentadas a la pregunta por el espacio público en tres ciudades colombianas, las que mejor conocemos, Bogotá, Medellín y Barranquilla, nos encontramos con que el espacio público está intrínsecamente ligado con las maneras de los habitantes de la ciudad. Este espacio es, o bien un determinante o bien un resultado de una serie de dinámicas humanas que se resumen en un gentilicio: barranquillero, rolo, paisa. Es a la vez un generador de identidad y una evidencia de diversas maneras de entender el espacio urbano.

Nuestra metodología es, en principio, intuitiva. Partimos de la manera como hemos vivido estas ciudades, nuestros recuerdos y los imaginarios que hemos construido. Como resultado, nuestro punto de vista es menos objetivo, pero más honesto. A lo largo del ejercicio se verá que terminamos describiendo más un carácter que un espacio; poco a poco, la geografía se nos volvió temperamento y ahora dudamos de que una y otro estén realmente diferenciados.

Primer contrapunteo: La capital de Colombia vs. La capital de Antioquia vs. La capital del Caribe

Para entender cómo se problematiza el espacio púbico en estas tres ciudades colombianas empezaremos por hacer un contrapunteo descriptivo que servirá como un contexto socio-histórico de las tres.  ¿Cómo es el clima, la gente, la movilidad? ¿Cómo percibimos de primerazo estas ciudades? A lo largo de este texto iremos viendo cómo cada una se ha forjado un carácter independiente que determina las dinámicas de sus habitantes, en relación al uso de sus lugares colectivos.

Bogotá es de clima frío, va a cumplir pronto los quinientos años de edad, pareciera estar más poblada de gente colombiana que bogotana, es decir, sus habitantes no son necesariamente nativos, vienen de todo el país; y esa diversidad se parece un poco al caos. En Medellín, que aún no alcanza los trescientos cincuenta años de fundación, el clima es cálido y la impresión es que casi todos allá son paisas; y esa naturaleza monolítica de lugar y lugareños se parece mucho al orden y a la belleza. Barranquilla, más joven todavía, no tiene 200 años, y su población está compuesta por inmigrantes extranjeros que llegaron desde Europa, África y Asia y buscaron en el siglo XX un sitio para instalarse en el Caribe y se quedaron en Barranquilla. La población entonces es diversa, pero como las grandes migraciones fueron previas a 1950, las nuevas generaciones conviven en una especie de identidad que, si es homogénea, es sólo porque se identifica colectivamente con la diversidad.  De esta historia se deriva un gusto por lo cosmopolita que hace que los barranquilleros se perciban como pedantes, incluso al referirse a sus paisanos de otras ciudades caribeñas como Cartagena y Santa Marta. La gente de Barranquilla parece querer mucho su ciudad.

En Bogotá hay una diversidad necesaria de sistemas de transporte público, como sindicato enardecido de chatarras muecas, suplicando jubilación en mora. Los bogotanos sueñan con un metro para esos trayectos diarios que son tema de conversación de millones de personas, que si viven en un extremo, trabajan en el otro. En Medellín hay un metro elevado, silencioso y pulcrísimo que recorre una extensión aproximada de 20 kilómetros (de Itagüí a Niquía), o sea la mitad de la extensión de la capital colombiana que tomaría casi 40 kilómetros en recorrer de sur a norte. Es usual que los bogotanos hablen con envidia del metro de Medellín y se quejen de la injusticia de ser capitalinos obedientes que pagan sus impuestos nacionales, para verlos invertidos en otra ciudad, que ya por cierto le ha cogido ventaja a Bogotá en temas de arquitectura y urbanismo. Los parques biblioteca, por ejemplo, son una expresión visible de renovación urbana y transformación social con intervenciones amarradas a los edificios públicos. Finalmente, Barranquilla tiene cuatro sistemas de transporte público: los buses, pintados de colores y laxos con las normas, los taxis, el Transmetro -una imitación a menor escala de Transmilenio-, y los mototaxis, un popular sistema de empleo informal que no ha podido regularse.

Asimismo, es una impresión generalizada de extranjeros y locales que en Bogotá la gente es malencarada, cochina y gamina; a diferencia de Medellín, que se muestra siempre hospitalaria, cálida y bien presentada, como de buenos modales, una ciudad señorita, que no defrauda nunca a las visitas. La gente en Barranquilla se ve desparpajada y segura de sí misma, y en febrero la ciudad de convierte en la anfitriona fiestera durante el Carnaval. No necesariamente pulcra pero sí sonriente. El resto del año, la gente puede notarse distraída y poco organizada como comunidad.

A cada ciudad le ha correspondido un odioso apodo nacional que es comidilla para el ego de alcaldes y guías turísticos: Bogotá, la Atenas Suramericana –porque en algún momento fue considerada centralidad cultural en América Latina (y según cuentan otros rumores, este mote se debía a que se echaban las aguas negras a la calle, igual que en la antigua Atenas);  Medellín, la Ciudad de la Eterna Primavera –en razón de su clima equilibrado y su tradicional desfile de silleteros; y Barranquilla, La Puerta de Oro de Colombia, como la denominó en 1921 el presidente Marco Fidel Suarez al inaugurar el importante edificio de la Aduana. Así pues, el primer apodo es mérito de un carácter y una actividad intelectual, el segundo obedece a una percepción de clima y a la belleza de un evento folclórico, y el tercero a una actividad económica. Esto explica de muchas formas por qué puede ser injusto comparar la capital de los colombianos con la capital del departamento de Antioquia o del Caribe. Las capitales del mundo son capitales antes que sitios turísticos, y muchas veces el carácter utilitario canibaliza esa idea de belleza colorida y folclórica que sólo admiten ciudades más pequeñas, pero que a su vez es tan taquillera en libros de centro de mesa de Colombia para extranjeros.

Bogotá es ciudad de inmigrantes, y ha sido hospitalaria por muchos años, así su gente sea tan hosca como es, mientras que Medellín es ciudad de medellinenses y antioqueños. La primera parece una ciudad de arrendatarios y la segunda, una ciudad de propietarios. Esa es una de las grandes diferencias en términos de las maneras de apropiación del espacio por parte de su gente: la capital colombiana no parece de nadie, mientras que la capital de Antioquia está llena de dueños que la quieren y la exhiben. Algo parecido sucede con Barranquilla, una ciudad con pocos turistas, pero con muchos inmigrantes que se quedan y se apropian cívicamente de la ciudad.

Por otro lado, tanto Bogotá como Barranquilla se perciben como ciudades sucias: se encuentra basura en las calles y no hay una verdadera cultura ciudadana orientada al buen mantenimiento de la ciudad. En los últimos 10 años Bogotá había tenido grandes avances en este campo, con numerosas campañas que buscaban educar a los habitantes de la ciudad para respetar las normas y mantener la ciudad limpia. Ninguna de estas campañas ha sido lo suficientemente contundente en Barraquilla como para generar un cambio definitivo? (“contundente” se repite). Con el antecedente de que en la administración de Lucho Garzón se dio cabida a la búsqueda de empleo informal, mucha gente buscó el espacio público como sitio de trabajo, y por eso ahora es escenario del rebusque nacional que ha desembocado en la capital como destino último. Asimismo, después de la última administración, en Bogotá se notó un gran deterioro del espacio público debido a que sus principales vías entraron en construcción de manera simultánea. La movilidad, tanto para vehículos como para peatones, se vio afectada y esto resultó en una percepción deteriorada del espacio público que, a su vez, provocó un aumento en la percepción de inseguridad, y como resultado, los habitantes de Bogotá la encuentran odiosa y, si la cuidan, lo hacen con algo de desidia.

Estas condiciones generales muestran tres tipos de ciudad: una caótica capital con la que el país ha sido injusto tal vez por fría, tal vez por extensa, tal vez por huraña. Tenemos una pulcra y luminosa Medellín, la perfecta anfitriona, vanidosa y elegante, a pesar del fantasma de la violencia y el narcoterrorismo; y una joven y sonriente Barranquilla, casi adolescente, que crece de espaldas al río y de frente al mar y a la fiesta, con torpeza en su planeación urbanística.

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Medellín                  Bogotá                    Baranquilla

Habitantes            2´636.000        6´776.000* 1.821.517

Altura                     1538                       2600                       0

Año Fundación    1675                       1538                       1862 (aprox)

Densidad     6925 hab/ km2      4270 hab/ km2     7447 hab./km²

Superficie              380km2                  1776km2 154 km²

*De acuerdo con el Censo 2005

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Espacio público, geografía y escala

El espacio público es un tema que ha sido estudiado desde diferentes disciplinas distintas a la arquitectura y el urbanismo, y se podrían citar mil definiciones que han dado las ciencias humanas. Sin embargo, en estos términos se puede decir que espacio público es el escenario de interacción social y de esparcimiento urbano por excelencia. Es el jardín y patio de las ciudades.

De esta manera, superado con esfuerzo el obstáculo de los lugares comunes y las primeras impresiones untadas de regionalismos, vale la pena hacer una diferenciación objetiva de las tres ciudades desde el mismo tema. Bogotá tiene unos cerros al oriente que son referencia de ubicación y clima para cualquiera; y es una ciudad que se desarrolla montaña abajo, hasta llegar al río Bogotá. Medellín es un valle que se reconoce a sí mismo desde cualquier punto, y el Río Medellín es el eje de la ciudad. En Bogotá, el río municipal es periferia, es límite. En cambio, Barranquilla rodea con fábricas el Río Magdalena y el trazado urbanístico le da la espalda, de manera que el río no se ve y no es articulador de los sistemas de espacio público. Sin embargo, es la referencia geométrica para la dirección de sus carreras paralelas, mientras que sus calles son accesos perpendiculares al tráfico del comercio fluvial. De esta manera, las determinantes geográficas configuran tres espacios urbanos muy distintos.

En Medellín, la infraestructura vial posibilita conexiones urbanas de gran escala, y los ciudadanos -independientemente del barrio en el que vivan-, saben dónde están situados y cómo se llega a los espacios de interés público. Barranquilla es una ciudad suficientemente pequeña para que la movilidad sea eficiente, a pesar de sus conductores atravesados y sus calles con huecos. En Bogotá hay veinte localidades, a veces integradas y a veces mal cosidas entre sí como en un estado federal en borrador; en donde probablemente alguien del barrio Rosales no sabría qué es, dónde queda, o cómo llegar a la Biblioteca El Tintal. La capital no se conoce ni se reconoce a sí misma en este sentido, la extensión de su territorio es similar a la de sus habitantes.


Los bogotanos procuran conservar vidas dentro de un rango de pocas cuadras en términos de esparcimiento urbano. Los paisas conocen muy bien su ciudad, y los sistemas complementarios del Metro de Medellín, como el Metrocable (un sistema de vagones teleféricos que llega hasta los barrios más empinados de la ciudad), han permitido ese tipo de dinámicas de reconocimiento. El principal fenómeno de este tipo que se da en Barranquilla se percibe a la escala del peatón, pues  la gente suele estar mucho tiempo fuera de su casa, en parte debido al calor que obliga a buscar la sombra de un árbol, en parte por un impulso cultural que lleva a los barranquilleros a socializar.

Plazas y parques: la vida afuera y la vida adentro

De acuerdo con la vocación, el uso y la geometría, hay dos tipos de espacio público: de circulación –calles, andenes- y de permanencia – plazas y parques. En este sentido, los espacios del primer tipo son más un medio, y los segundos son más un fin, es decir, como parece evidente, las calles son la manera de llegar a parques y plazas. Las vías son estrictamente las líneas que conectan los puntos y superficies que se consolidan como hitos urbanos.

En Bogotá, las plazas públicas de mayor antigüedad y concurrencia están concentradas en el centro de la ciudad, pues están amarradas a los edificios del gobierno, a las iglesias de los primeros barrios de la ciudad colonial, y a edificios o actividades que convocan multitudes y albergan actividades de escala metropolitana. De hecho, el reciente sistema central de transporte Transmilenio ubicó estaciones de bus en muchos de estos lugares que representan sitios de encuentro y reconocimiento. Por ejemplo, podría decirse que la Plaza de Bolívar es el centro público y cívico de Bogotá, pues no es sólo una plaza, sino el centro de gobierno del país, por los edificios que la conforman: El Palacio Nariño, La Alcaldía de Bogotá, el Capitolio y la Catedral Primada. La Plaza de Bolívar es el centro del centro. De igual manera, están también la Plaza de Las Aguas y la Plaza de las Nieves, nombradas así por las iglesias que las presiden; el Parque Santander -una plaza con nombre de parque, cuyo edificio-fachada es El Museo del Oro; y la Plaza de San Victorino, que es escenario vital para la actividad de comerciantes mayoristas. Sin embargo, las plazas bogotanas del centro, a pesar de ser los sitios de mostrar a los turistas, no son necesariamente los lugares de mayor apropiación de sus ciudadanos, en la medida en que muchos se han convertido en sitios de paso y principalmente utilizados por la población flotante. Este fenómeno explica la percepción de Bogotá como ciudad de arrendatarios, desde la perspectiva del uso de sus espacios públicos.

Los bogotanos parecen querer más sus parques que sus plazas pues responden a su voluntad individual y emocional de elegir sus lugares de recreación en tiempos de ocio. De hecho en Bogotá tienen un uso significativo los sitios para hacer deporte. En el parque más grande de la ciudad, el Simón Bolívar, y en los parques de barrio, se alcanza a entender esa apropiación en razón del uso, que no se ve en las plazas, que se usan por la circunstancia. Probablemente a causa del clima, la percepción generalizada de inseguridad y la personalidad amenazante de los sitios públicos en Bogotá que a veces irritan por congestionados y en otras horas aterran por desolados, la gente parece tener una vida volcada al interior. Los bogotanos salen de su casa cuando es necesario, a comprar cosas, sacar sus mascotas, desplazarse de ida y de regreso a sus trabajos; y eventualmente si el clima lo permite, los fines de semana buscan los parques. Aún así, el esparcimiento en los espacios públicos de Bogotá tiende a ser de día, pues esos mismos parques de recreación pasiva de noche infunden miedo, pues dejan de tener dueños y se convierten en lugares invadidos por la gente que a su vez no tiene un lugar privado para estar. Los parques de noche se vuelven limosna de albergue provisional de los que no lo tienen permanente.

Medellín también tiene plazas en el centro histórico marcadas por iglesias y los edificios públicos de siempre, como cualquier otra ciudad del mundo. Tiene, sin embargo, varias plazas nuevas, que han surgido como componente indispensable y estructura de los proyectos de renovación urbana y dotación de equipamientos públicos en la ciudad. En Medellín también hay parques, tal vez de menor visibilidad turística. La diferencia con Bogotá es que es más evidente la apropiación de los paisas e incluso de los turistas en estas nuevas plazas. Quizás en gran medida el uso de los edificios dan otro sentido a estos espacios. Museos, bibliotecas y edificios de dotación deportiva son actividades pertinentes para los ciudadanos en este momento histórico, en el que hay tal vez menos fanáticos de la religión y menos arengas políticas en las plazas que antes. El surgimiento de estas actividades culturales y recreativas convocan permanentemente lugareños y visitantes de una ciudad como Medellín, que tiene puertas abiertas al público la mayor parte del tiempo. En Medellín parece haber un equilibrio entre la vida interior y la vida exterior, y el clima favorece la permanencia en sitios públicos abiertos como forma cultural casi endémica de esparcimiento. Por otra parte, el buen funcionamiento de los sistemas de transporte estructuran circulaciones fluidas y una sana conexión de los hitos urbanos entre sí.

Barranquilla, en cambio, tiene muy poca vida interior. La gente suele estar en los patios o las terrazas de sus casas, que son espacios semi-públicos, semi-privados, y los barrios, que todavía están hechos de casas, tienen una agitada vida comunal. Barranquilla tiene pocas plazas; sin embargo, la Plaza de La Paz, frente a la Catedral, es tal vez la más importante, a pesar de que la ciudad la ignora durante todo el año hasta que llegan las festividades de Carnavales. Entonces en febrero la plaza se activa y es escenario de baile y música, actividades públicas gratuitas. Durante las carnestolendas todas las calles de la ciudad se convierten en espacio público tanto de circulación como de permanencia. Por fuera de este paréntesis, el espacio público más usado por la ciudad no se encuentra en el casco urbano sino en sus alrededores: a 20 minutos de Barranquilla está la playa, a donde se puede llegar en carro o en bus, y es un espacio que siempre será atesorado por sus ciudadanos, y contará con una interacción positiva de barranquilleros y visitantes que al igual que a principio de siglo, también buscan sitios paradisíacos en el Caribe, así sean alquilados por un rato. En los últimos años se ha planeado una reconstrucción del centro de la ciudad y cerca de él se han construido importantes obras arquitectónicas como el Museo del Caribe, pues la administración reciente busca hacer un énfasis en al creación de escenarios públicos, hasta ahora tan escasos en la ciudad.

S, M, XL

Como consideraciones finales debemos anotar que nuestra aproximación ha sido una observación empírica de las ciudades, cómo se duermen, recorren, imaginan y habitan las ciudades. En este caso, encontramos que Barranquilla, Medellín y Bogotá son ciudades que pueden presentarse en términos de edad y escala.

Barranquilla es joven todavía. Es un ciudad pequeña en donde apenas se está empezando a pensar seriamente en el espacio público. Es una ciudad adolescente que todavía está en proceso de construcción y sus espacios públicos no tienen grandes cicatrices. Es una ciudad improvisada, desordenada, adjetivos extensivos al carácter de sus habitantes.


Medellín es una ciudad madura, femenina, que ha tenido tiempo para pensarse a sí misma, verse al espejo y decidirse por avanzadas urbanísticas que han traído un espacio público de fácil acceso y de configuraciones espaciales osadas y consecuentes con los ciudadanos contemporáneos.

Bogotá es una ciudad vieja, que ha visto mucho y no le sorprende nada. Sus espacios públicos están marcados por historias cruentas como el Bogotazo, en sus esquinas ha habido asesinatos políticos y estas cicatrices afectan la interacción con el espacio. Bogotá también pasó ya por la avanzada urbanística que vive hoy Medellín, en los años cincuenta, cuando se construyeron obras como la Avenida 26, la Carrera Décima, y el Centro Internacional, algunas patrimonio arquitectónico nacional e intervenciones radicales y representativas de las vanguardias del momento. Sin embargo, el tiempo ha pasado y estos espacios no son lo que eran, empiezan a salirles los achaques y por momentos la historia y el tamaño de la ciudad se sienten inmanejables. De esta manera, Bogotá se constituye en el ejemplo tanto de lo que hay que hacer, como de lo que no hay que hacer en Colombia en materia de espacio público.

Si bien la primera percepción del espacio público es la del gentilicio de las urbes, es fundamental subrayar que el espacio público es también un tema político, es la cara de la economía y de las administraciones de las ciudades, y que su aspecto no es necesariamente culpa de la idiosincrasia de sus ciudadanos. En un país como Colombia, los espacios públicos son el residuo de las iniciativas que buscan favorecer primero los intereses privados. Nuestras ciudades son subproductos y a su vez escenarios de nuestros gobiernos, y en las obras desechables es evidente la corrupción en los contratos; en el abandono de los espacios urbanos patrimoniales se ve la hegemonía de los intereses inmobiliarios de privados por encima de los públicos. Y ejemplos hay miles. Es, a fin de cuentas, un tema de voluntades políticas que empalman en el tiempo con los intereses y la disposición de la ciudadanía.

Para nosotros, estas tres ciudades colombianas evidencian desde sus diferencias de tallaje que lo que entendemos por espacio público es en realidad un enramado de variables, algunas concretas, algunas inasibles. El espacio público no es sólo espacio, también es tiempo, e incluso más todavía, es una construcción imaginaria que se acomoda a un carácter como si los espacios fueran personas. Tal vez porque las personas son espacios.

Agradecimientos: Leonor Villaveces

*Catalina Ruiz-Navarro

Directora de la revista Hoja Blanca. Columnista del diario El Espectador. Dicta la clase de Periodismo de Opinión en la Facultad de Comunicación de la Pontificia Universidad Javeriana. Jefe de Comunicaciones del Instituto Caro y Cuervo. Graduada de las carreras de Artes y Filosofía de la Universidad Javeriana. Tiene una Maestría en Literatura de la Universidad de los Andes.  @catalinapordios

* María Luisa Vela

Arquitecta U. Andes. Siete años de experiencia independiente –en sociedad con David Delgado, Ángela Rueda, Gabriel Campuzano, Felipe Bermúdez y Alejandro Peña- en concursos públicos, con dos primeros puestos: Biblioteca Paz de Ariporo, Casanare en 2005 y Plaza de Cota en 2007. Tercer puesto en el concurso del Parque de la Música en Ginebra, Valle en 2006. Invitados al concurso privado del Centro Cultural Español en 2008. En el campo académico, dos proyectos de investigación para Uniandes: Documentación de Procesos Constructivos del Edificio Mario Laserna, y la Monografía del Arq. Ernesto Jimenez. Actualmente coordina un proyecto de vivienda en Barichara, Santander, con el Arq. Ernesto Jimenez.  @marialuisavela

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