La violencia se enseña

Columna publicada el 26 de noviembre de 2016 en El Heraldo.

El 25 de noviembre, día de la eliminación de la violencia contra las mujeres, es siempre un día difícil, porque recordamos todas las agresiones que vivimos las mujeres a nivel local, regional y global. Esta visibilización es necesaria porque la violencia que vivimos las mujeres está naturalizada culturalmente, la podemos tener en frente y no verla, porque todo en nuestra sociedad la justifica. En Colombia agreden a una mujer cada 13 minutos. En el Atlántico, según datos de las Comisarías de familia, aproximadamente 1.500 mujeres fueron agredidas en 2015, y según datos de Medicina Legal en hay más de 37.000 a nivel nacional. Por eso se dice que la violencia contra las mujeres es una pandemia.

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Viernes negro

Columna publicada en El Espectador el 24 de noviembre de 2016.

Dora Lilia Gálvez realizaba una actividad de alto riesgo: pintar su casa. Y dejar la puerta abierta. Eso bastó para que un hombre —que según los medios puede ser un ex o un desconocido obsesionado o un vecino— entrara a violarla, quemarla, torturarla y empalarla. Gálvez continúa en cuidados intensivos. La historia es demasiado familiar.

En 2011, Sandra Viviana Ravelo fue abusada, empalada y atacada por tres hombres, entre ellos su pareja, John Alexánder Quintero. Tener un novio es una actividad de alto riesgo, como también lo es ir a la playa. Así lo muestran los casos de Marina Menegazzo y María José Coni, asesinadas en Montañita, Ecuador. O salir con los amigos, como Lucía Pérez, que también fue violada y empalada en Mar del Plata, Argentina. O montarse en la moto de un compañero de clases, como hizo en 2012 Rosa Elvira Cely, cuando Javier Velasco, un feminicida condenado y con denuncias de violencia intrafamiliar, la violó y empaló en el Parque Nacional de Bogotá. En América Latina, pintar la casa, socializar con compañeros o amigos, tener una relación sentimental o salir de vacaciones son actividades de riesgo si eres mujer. Es muy diferente que a un hombre lo maten para robarle la billetera, o porque es un soldado en el campo de batalla; pero lo más aterrador de la violencia que viven las mujeres en latinoamérica es que vivir se convierte en una actividad de riesgo.

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¿Necesitamos unas nuevas formas de acción de gracias?

Columna publicada en Univisión el 24 de noviembre de 2016.

Se supone que el Día de Acción de Gracias es una legendaria conciliación entre peregrinos y pueblos originarios sentados en armonía a la mesa para compartir una cena. Pero esta historia, parte del mito fundacional estadounidense, en realidad fue bastante violenta.

La población indígena se veía diezmada por el avance de los europeos y las nuevas enfermedades que trajeron al continente. Los peregrinos, de hecho, con frecuencia torturaban a los nativos y los esclavizaban. Al punto que los pueblos originarios fueron casi exterminados. Y este es un punto con el que podemos empatizar todos los latinoamericanos, pues todos los países de América somos países poscoloniales, fundados en una historia de conquista y violencia.

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Abanico Sanyo

Columna publicada el 19 de noviembre de 2016 en El Heraldo.

La famosa canción del Abanico Sanyo cuenta una historia clave para entender al Caribe colombiano. Un hombre le canta loas a un abanico o “ventilador”, como dicen los cachacos, porque su vida sexual ha florecido gracias al fresco que produce el aparato. El abanico es un electrodoméstico que le cambia la vida, hay un antes y un después, porque en estas tierras calientes, las fuentes de sombra o fresco: abanicos, neveritas de hielo, cervezas, árboles de mango, restaurantes con aire acondicionado, tienen la función social que en otros contextos tienen las hogueras, origen de la palabra “hogar”. Así que en el Caribe la gente orbita alrededor de estos objetos, son una necesidad básica y un eje de nuestra vida social y familiar. Pero refrescarse en la costa, la mayoría de las veces, requiere de grandes esfuerzos. Mantener el hielo frío no es cualquier cosa, y por eso Aureliano Buendía se impresionó tanto. Por eso, la Costa Caribe colombiana, más que ninguna otra región, necesita fuentes estables de electricidad. Y por eso el desastre de Electricaribe es una tragedia que tiene un gravísimo impacto que tiene en la vida diaria, en nuestras comunidades, el pésimo servicio de luz en el territorio. Es más que un tremendo problema de infraestructura, es un drama social y un problema de derechos humanos.

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¿Palabras necias, oídos sordos?

Columna publicada el 16 de noviembre de 2016 en El Espectador.

En 2012 trabajaba como oficial de comunicaciones en Women’s Link Worldwide y una de mis tareas era observar y llevar registro del matoneo que Mónica Roa recibía en internet en respuesta a su trabajo en defensa de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en Colombia.

Era como sumergirse en un fétido estercolero para separar el odio en sus diferentes vetas. A finales de abril de ese año el matoneo se hizo más intenso y en vísperas del 10 de mayo (aniversario de la Sentencia 355/06) alguien disparó a la oficina de la organización. Quienes estaban en la oficina, entre ellas Roa, salieron ilesas, y de recuerdo quedó un hueco en el cristal de la ventana. Por supuesto, no prosperó la investigación de la Fiscalía, así que es imposible saber si ese matoneo en redes tuvo una consecuencia tridimensional, pero hoy recuerdo el incidente a la luz de la radicalización de la extrema derecha en las redes sociales y en la política. Las feministas llevamos un largo rato hablando de los peligros de la creciente misoginia en internet, pero para variar no nos tomaron en serio. Hoy pienso en todas las veces que he escuchado decir “no les hagas caso”, “no alimentes al troll” y en todo el daño que nos ha hecho esa política biempensante de “a palabras necias, oídos sordos”.

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