Libertad u orden

Publicado el 27 de febrero de 2009 en la sección de Opinión de EL ESPECTADOR.
SI YO FUERA TODOPODEROSA, QUErría ser omnisapiente porque el conocimiento garantiza la permanencia del poder.
Tal vez, precisamente por eso, Dios es omnisapiente, y nos dicen que él siempre sabe si nos portamos bien o mal, y no nos desampara ni de noche, ni de día. Su omnisapiencia nos da seguridad. También nos da orden: ante una presencia que lo sabe todo, uno se ve obligado a autorregularse constantemente, hasta el punto de incorporar, como propias, ciertas reglas. Mi bisabuela, por ejemplo, procuraba no mirarse cuando se estaba bañando, y probablemente tiraba con la luz apagada para evitarse problemas que pudieran negarle su visa al cielo. Dios, morbosamente, seguro que sí la miraba.

La aterradora idea de un dios que nos espía para asegurarse de nuestro buen comportamiento es la misma del panóptico de Jeremy Bentham. El panóptico es la utopía arquitectónica de un régimen: un modelo de cárcel en el que se puede vigilar todo desde un punto sin ser visto, al mejor estilo de Dios. Para Bentham, esta pequeña y maravillosa cárcel podía ser empleada como recurso para toda una serie de instituciones, incluido, claro, el Estado moderno. Hoy en día las cámaras, la internet, el live feed y las llamadas chuzadas han convertido el panóptico en un dispositivo tecnológico indispensable. La forma como la sociedad moderna se regula.

Para que el modelo del panóptico pueda ser adoptado por un Estado hay que asumir que los integrantes de una nación no tienen la capacidad suficiente para darle un buen uso a su libertad y por eso hay que instaurar un sistema de vigilancia que, con una autoridad semidivina, observe y decida qué está bien y qué está mal. Esta vigilancia obliga a que todos adoptemos la mirada del vigilante y, por ende, sus parámetros para dirimir entre lo bueno y lo malo, sin cuestionarlos realmente.

Al leer en el informe de la revista Semana sobre las atrevidas chuzadas del DAS (salpicadas de historias como la de Andrea Flórez, presuntamente asesinada en un crimen pasional y/o en un intento por callarle la boca) pienso que el asunto huele a intrigas, a conspiración, a una misión de alguien con licencia para matar, pero sobre todo, con licencia para decidir por nosotros qué es lo bueno y lo malo. Bajo esta lógica, los agentes del Estado hacen lo que sea para preservar el statu quo. El fin justifica los medios.

Se defiende un Estado-Dios, Estado-panóptico que ignora y subestima nuestra capacidad para tomar decisiones. En esa medida, el espionaje no es ético pero es comprensible. Es un claro síntoma de un Estado paternalista que, para dar orden y seguridad, puede apropiarse de nuestro libre albedrío.

Los métodos del DAS son turbios, pero aparentemente garantizan que los personajes peligrosos para el Estado no se salgan de control. Como de entrada se asume que salirse de control es malo, las chuzadas del DAS parecen perfectamente útiles y justificadas. Vivimos en una especie de voyerismo disciplinario que nosotros mismos hemos aceptado para protegernos. Las llamadas chuzadas no son, en esencia, muy diferentes de las cámaras y monitores de los porteros de los edificios. Tranquilamente sacrificamos la libertad de tener una vida privada para asegurarnos un orden.

Libertad y orden, las dos palabrejas que cuelgan sobre nuestro escudo nacional, son un oxímoron para el DAS. Si los colombianos queremos orden, tenemos que canjearlo por un poquito de nuestra libertad. No hay nada humanitario en ese acuerdo. El pensamiento disidente amenaza el orden, pero si no tenemos pensamiento disidente no tenemos libertad. Sin embargo, más del 80% de los colombianos han escogido el ‘orden’ en los últimos años, cansados de una libertad en la que había violencia e injusticia. El problema, claro, es que no hemos cambiado la libertad de tener una vida privada para tener orden; lo hemos hecho para tener vigilancia, control. El problema también es que lo hemos hecho voluntariamente. Por eso el escándalo del DAS no es tan escandaloso. Nosotros escogimos que se chucen los teléfonos, así como mi bisabuela escogió que fuera sólo Dios el que la mirara en la ducha.

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