El chocoloco bogotano

Publicado en la revista Cartel Urbano, No 29, Bogotá, noviembre de 2009.

Te levantas a medio día y enciendes tu iPhone para encontrar rápidamente un link curioso con el que puedas saludar al mundo. Prendes entonces tu Pielroja y miras malgeniado por la ventana de tu apartamento de La Soledad, que pagas con tu trabajo como freelance y con una ayudita de tus papás, que entienden que, en la carrera creativa que estudiaste, la plata llega tarde y hay que dedicar buen tiempo al ocio porque si no, no aparecen las ideas ni se puede pasar el guayabo con tranquilidad.

En realidad, tu vida es tranquila, las cosas van bien, tu piercing expansor ya tiene como 5mm, estás flaco, y el corte de pelo irregular resalta tus defectos con ironía. La vida está llena de color, como un mural de Excusa2, pero tú no eres feliz, Uribe va para un tercer periodo, y ese man está en contra de la legalización, y del aborto; además, todo el mundo ya se copió de las mismas gafas Rayban que usas porque ahora las venden en todas las esquinas a 10.000. Tu postmomiseria se ve acrecentada porque la noche anterior, después de Mai Lirol, el portero de Invitro no te reconoció, y te tocó pagar la entrada y gorrear trago y otras cosas por ahí. Por eso el guayabo.

Vas a la cocina y te sirves un tinto negro, de un sabor tan amargo como caer en cuenta de que todo lo que quieres hacer ya se lo inventó Duchamp. Después te bañas, te calas una camiseta con la ilustración de un casete, porque los ochenta son tan chéveres, y claro, unos Converse. Te toma un rato escoger de entre tus cinco pares cuál pega con los jeans que te vas a poner.

Tu roomate ha puesto The Killers a todo volumen y se da besos tibios con una chica que ahora tiene las medias de tu ex, porque las medias rotan al mismo ritmo que las venéreas. Tú le gustaste una vez y la hiciste la portada de ese fanzine vegano que fracasó porque se dañó la fotocopiadora, y por eso dejó de quererte y no volvieron a tener esas dates en Crabs; claro que como Crabs ya cerró, hoy irían mejor a una exposición en La Residencia y comentarías cuánto quieres tener esos libros que no te puedes comprar, afortunadamente, porque no te los vas a leer.

Te pones los audífonos y sales a la calle. Bogotá es una chimba porque es fría y oscura como Londres, sólo que últimamente hace un sol que delata que Chapinero no forma parte de una ciudad del primer mundo. Sientes que el centro te llama y coges un bus. Al pasar por la plaza de toros, recuerdas con amargura ese libro de Foucault que te leíste, el que citas en todas las fiestas, no sabes muy bien por qué, pero ya es hora de que leas Lukács, porque alguien habló de él el fin de semana pasado, y a todos les gustó. Decides que vas a parar en la Lerner a comprar algo de él.

El libro es caro y la vida es una mierda. No vas a tener plata para ese mural de vinilo que quieres poner en tu oficina. Almuerzas en el restaurante árabe de ahí al lado del Icfes porque es barato y sólo alguien como tú reconocería un restaurante modesto y exótico que fuera realmente bueno. Cuando llegas al restaurante te encuentras Cartel Urbano, que te parece muy bien que sea gratis porque la libre información es el futuro del impreso, y en esta edición sale una amiga tuya que diseña ropa.

Vuelves a tu casa, donde tu roomate te cuenta que su chica lo acapara, y maldices entre dientes haberla oído gritar anoche y le aconsejas que la deje.

El día ha pasado como cualquier otro, has reafirmado satisfactoriamente tu identidad a través de esas preferencias tan tuyas; no te caes mejor que ayer, pero para eso está el antidepresivo. Así que frente a tu computador trabajas y chateas hasta medianoche, y pides un domicilio a La Hamburguesería. La comida de allá es buena, pero es mejor pedir, porque el restaurante se la pasa lleno de chocolocos.

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9 comments

  1. Desgarrador y nostálgico, ciudad es una ciudad tan cambiante como el clima. Bogotá es la pero ciudad para estar enguayabado, me gustan mucho las cosas que escribes, la manera sutil de señalar pequeñas aristas de la vida cotidiana.Juan

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  2. En partes encajo, aunque yo manifiesto mi chocolocura (o geeksidad futbolística absoluta) con las camisetas más raras que pueda conseguir: Ucrania, Angola, Togo…¿El tener un tablero de Risk y jugarlo frecuentemente alcanza a encajar en el retrato? ¿O soy más bien una suerte de personaje perdido de The Big Bang Theory?Excelente blog-recopilación, nos leemos en Twitter.

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  3. Faltó mencionar que la mayoría de éstos tienen (o tienen como meta tener) su propia empresa de serigrafía sobre camisetas. Empresas de las cuales solo una o dos son más o menos "exitosas". Y aquellas que son exitosas es porque sus dueños entienden el consumismo y deciden endeudarse comprando una máquina de serigrafía para producir su arte camisetudo en masa.

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