Gente de bien

No es raro ver en Barranquilla patrones armados, reconocidos como “gente de bien” entrando a discotecas y restaurantes con su mímesis de falo al cinto. También hay “gente de bien” que guarda armas en su casa por si acaso se mete algún ratero, y ellos me dirán que estar armado en necesario en una ciudad cada vez más violenta.

En septiembre del año pasado, cuando el Gobernador Verano propuso desarmar el departamento, el alcalde Alex Char se opuso a desarmar Barranquilla. El alcalde defendió su posición diciendo que si se desarmaran las personas que portan armas con salvo conducto, quedarían vulnerables frente a la población que porta armas ilegales.

Estas personas piensan que es su derecho tener un arma para defenderse, pues se sienten amenazadas, y como la fuerza pública no es suficiente, deben prepararse para tomar su seguridad en sus manos, al mejor estilo de Batman. Quienes están a favor del porte tienen un argumento poderoso, el ya clásico: “las armas no matan a las personas, las personas matan a las personas”. Es cierto, un arma, sin alguien detrás es un objeto inanimado. Además una persona violenta será violenta con o sin un arma, de hecho, hay países, como Canadá, conocido por su amor a las armas y su pacifismo, que son un excelente ejemplo para defender este argumento.

Sin embargo hay dos detalles. El primero es que, aunque se puede atacar a alguien hasta con algo tan aparentemente inofensivo como un cepillo de dientes, una arma es un objeto hecho explícitamente para dañar otro cuerpo. También hay una diferencia entre el uso deportivo de las armas y su uso para la defensa. El segundo implica una sensación de amenaza, y por eso la intención del arma es el de intimidar o incluso atacar a otra persona.

Ese miedo que lleva a las personas a armarse no previene la violencia, la genera. 7 de cada 10 barranquilleros se sienten inseguros pero un arma no los escuda ante un balazo por la espalda, si algo tal vez los hace un blanco más atractivo para criminales que a su vez, se sentirán amenazados por el personaje “de bien” que porta un arma.

Las armas no resuelven el problema pero si lo empeoran. Y entonces, ¿será la salida prohibir el porte de armas así sea con salvoconducto? Creo que no porque ninguna prohibición es eficiente en realidad. Creo que el uso de estos artefactos debe restringirse al máximo y sobretodo creo que se debe fomentar en la ciudad una cultura del repudio, en la que nadie que porte un arma pueda considerarse “gente de bien”.

La propuesta suena hasta ingenua porque tenemos una cultura en la que las armas equivalen a poder cuando realmente son una muestra de miedo, cobardía, ordinariez y compensación fálica. Eso tenemos que entenderlo colectivamente, como lo entendieron otras culturas. Los faraones egipcios, dioses en la tierra, mucho más patrones que los camisiabiertos locales, a duras penas usaban joyas o emblemas de poder, porque cuando se es realmente poderoso, no se necesita estar armado. Tal vez así se logre que sea decisión personal de cada ciudadano andar desarmado. Los peligros son miles, pero uno puede tomar la decisión efectiva de no ser un peligro para la vida de los demás. Eso sí es ser gente de bien.

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