De eso no hablamos en esta mesa

Publicada el 27 de agosto de 2010 en El Espectador.

Venezuela acaba de sacar una medida judicial que prohíbe a los medios de comunicación publicar fotos de muertes y violencia, una medida cuyo beneficio se dirige más al gobierno actual, que quiere acallar ciertas noticias (porque en un mes hay elecciones parlamentarias), que al lector que no puede escoger qué contenido recibir.

Nuestras formas de censura no son tan tajantes y evidentes como las venezolanas, por eso nos parece poco viable el proyecto de ley propuesto por la senadora cristiana del Partido de la U, Claudia Jeanneth Wilches Sarmiento, que consiste en “poner límites en el territorio nacional a la exhibición pública de imágenes e información que se hace en los medios impresos y electrónicos..” Muy a pesar de la senadora, es probable que nuestros periódicos locales puedan seguir publicando imágenes amarillistas, aunque no necesariamente porque tengan más libertad sino porque no tienen claro dónde termina la ética y empieza el negocio.

En Venezuela el poder que regula las publicaciones no es el del dinero si no el del gobierno. En ambos casos se ve enlodada la libertad de expresión, esa que debe defenderse a ultranza: pues una cosa es criticar y otra muy distinta es prohibir. La libertad de expresión tiene consecuencias y por eso exige ser utilizada con criterio, pero debe ser ante todo libre pues esto es lo que garantiza la legitimidad de la información.

Esa es la gran diferencia entre escoger no publicar contenido amarillista y no poder hacerlo. El primero es fiel a un lineamiento editorial y tiene un compromiso con sus lectores. Para el segundo, la relación autor-editor-lector no está en juego, porque hay un poder superior que la anula y no reconoce la capacidad de editores y lectores para escoger lo que más les convenga.

La manera más efectiva de regular el contenido de las publicaciones es más sutil que la censura: tiene que ver con los modales. La censura es una herramienta restrictiva que asume que la gente no tiene criterio ni nunca lo tendrá; por eso, una entidad superior debe llevarlos de la mano por un camino único como si fueran caballos de tiro. Para hacer tal cosa necesitaríamos unos valores universales que no tienen vigencia en el mundo de hoy que es plural, diverso y multicultural y donde el bien absoluto pertenece más a la fantasía y a los cuentos de hadas.

Tal vez resulta más efectiva una educación orientada a ofrecer herramientas para la formación de un criterio individual que permita autorregularse. Entonces la censura se hace innecesaria porque la gente, solita, tiene la mayoría de edad para tomar las decisiones que más le convenga, como individuos y como sociedad.

“De eso no hablamos en esta mesa” es una afirmación que tiene más de ética que de etiqueta, porque explica mucho del comportamiento humano. Definitivamente uno puede hablar de lo que quiera en la mesa, nada lo impide técnicamente, pero hay un acuerdo tácito entre los comensales que define qué resulta indeseable y qué no. Por supuesto, no es un acuerdo obligatorio, ni de contenido estable, es una cierta deferencia que se tiene con quienes lo acompañan a uno a comer. La elección de tener buenos modales o no, es libre, y por eso tiene consecuencias: la gente recompensa con su aprobación a quien se comporta de forma agradable y rechaza al comensal pedorro que ataca a sus vecinos con el codo. La regulación, en este caso, no viene de un poder superior sino de un acuerdo consensuado.

Basta un poco de criterio para saber que hay cosas que no se dicen en la mesa, pero para eso no se necesita una restricción si no un mínimo de sentido común y consideración con los demás. Los buenos modales, comparten, con las políticas editoriales, que son un comportamiento deseable, pero nunca una medida coercitiva. Su verdadero encanto radica en la libertad.

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