El dobladillo

Publicado el 15 de octubre de 2010 en El Espectador.

En las últimas semanas, el mundo se ha visto retado por los dobladillos.

Primero, una universidad brasileña acaba de ser condenada a pagar $23.600 dólares para compensar a la estudiante que fue expulsada de la clase por llevar una falda demasiado corta. Por otro lado, el Consejo Constitucional francés consideró que la ley que prohibe vestir la burka en todo lugar público es conforme a la constitución de ese país, salvo en los lugares de culto abiertos al público. Estas prendas, la minifalda y la burka, muestran que ni los brasileros son tan poco pudorosos, ni los franceses tan liberados como era de esperarse.

En el primer caso, Gerry Arruda, de 21 años, recibió insultos y abucheos por parte de sus compañeros cuando se presentó a clase llevando un corto vestido rosa en octubre de 2009. Las autoridades universitarias expulsaron a Arruda por interrumpir las clases al mostrar “una flagrante falta de respeto por los principios éticos, la dignidad académica y la moralidad”, pero dieron marcha atrás en su decisión al cabo de unas semanas debido a la protesta de los medios de comunicación y la presión del Ministro de Educación que acusó a la universidad de “una total intolerancia y discriminación”. El alboroto mediático ha convertido a Arruda en una celebridad en Brasil, e incluso lanzó su su propia línea de ropa inspirada en la minifalda de la discordia, en una colección que bautizó acertadamente “Rosa Divino”.

En Francia, la norma prohibe llevar la burka en todo lugar público, incluida la calle, bajo una pena de hasta 150 euros. La ley no entrará plenamente en vigor hasta la próxima primavera ya que se prevée un periodo de medio año en el que, en lugar de sancionar a las mujeres que porten la burka, se les informará de sus consecuencias.

En ambos casos se ve un enfrentamiento entre la decision individual de llevar una prenda de vestir y una entidad de autoridad que lo prohibe. Uno podría pensar que es una tontería eso de estarle diciendo a la gente cómo vestirse, porque la ropa a fin de cuentas, es una frivolidad. Pero no. La ropa también es una decisión política, y en ninguno de los casos vestirse de una u otra forma es una decisión inocente.

Las piernas de Arruda levantaron la indignación de los más mojigatos, esos que piensan que mostrar piel es una forma de “anunciarse” para la venta, o una invitación al sexo con cualquiera. Quienes piensan así seguramente son propensos a comentar que a una mujer la violan “porque se lo está buscando” y otros arcaísmos parecidos. La indeminización a Arruda es una victoria para las libertades individuales y una derrota para los estereotipos fáciles y sin fundamento: probó que mostrona no es equivalente a inmoral, o bruta, o promiscua.

En cuanto a la burka, su prohibición tiene visos (reflectores) que anuncian discriminación religiosa. De hecho Sarkozy dijo que esa prenda que cubre a mujeres musulmanas de cabeza a pies “no es bienvenida” en la Francia laica. Sin embargo, lo que muestra esta prohibición es que Francia es todo menos laica; si lo fuera, el Estado no se vería llamado a meterse en las manifestaciones religiosas voluntarias de la gente. La polemica también muestra que lo más chocante para occidente es aceptar que alguien se tape por gusto. La burka desafía la liberalidad de la que tanto se ufana Francia y evidencia los prejuicios culturales y religiosos de los galos.

Lo que estos casos muestran es que el simple hecho de escoger qué ponerse habla de una preferencia ideológica, una falda de marca revela afinidad con el capitalismo, una mujer en pantalones a principios del siglo pasado era un grito de revolución y el afro en los setentas era una forma de resistencia negra. Claro, después de un tiempo estas formas de moda se vuelven tendencias, se trivializan y pierden su significado original, pero cada moda tiene, por decirlo así, un momento político, en el que seguirla significa algo más que un simple capricho. Esta semana los quince minutos de activismo polítco los disfrutan la burka y la minifalda; sus dobladillos pueden tener medidas diferentes, pero su potencial para la protesta es igualmente alto.

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One comment

  1. Buen artículo, aunque me parece que no tomas en cuenta el debate al interior del mundo musúlman en la consideración del Burka como una expresión de identidad religiosa. En efecto, esta prenda es eminentemente religiosa en su origen, pero su uso demuestra un profundo prejuicio en contra de la mujer: en el islam ortodoxo el honor reside en el hombre, y la vergüenza, en la mujer; el hombre defiende su honor impidiendo a la mujer cometer actos deshonrosos, lo que se manifiesta en la teología reaccionaria como la limitación de la mujer para desplazarse, hablar y actuar libremente.

    La idea de que hay algo moralmente sano en coaccionar a la mujer para que cubra completamente su cuerpo, so pena de que se le considere inferior o inmoral, es absurda, además, en varios países de mayoría musulmana, como Turquía o Indonesia, han habido luchas muy decididas por parte de las mujeres para evitar que se impongan velos y otras restricciones religiosas a su forma de vestir. Además, lo menos que se puede exigir alguien en una sociedad libre es ver el rostro de sus conciudadanos.

    El asunto en Francia es una manifestación más de un conflicto muy real que esta ocurriendo en este momento en el primer mundo: la confrontación entre el Islam como fuerza política y cultural y la democracia secular. Y este problema va más allá de la supuesta discriminación de un estado falsamente laico contra inmigrantes indefensas: es una lucha entre valores universales duramente adquiridos, y las pretensiones insostenibles y retrogradas de la religión.

    Cierro mi comentario con una pregunta: Crees de verdad que las mujeres que usan el velo (sea parcial o total), lo usan motivadas únicamente por su propio deseo de vestir como quieren, ¿no será más bien indoctrinación y conducta inculcada?

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