¡Que se caiga el mundo!

Columna publicada el 26 de noviembre de 2010 en El Espectador.

Según la tradición Embera, una de las maneras para prevenir el fin del mundo (pues se le podría caer de las manos a su dios Karabi), es evitar que las mujeres se muevan durante el acto sexual. Esto se garantiza extirpando su clítoris con una cuchilla o una puntilla caliente.

Si yo fuera una mujer Embera preferiría que el mundo se acabara antes de sufrir una mutilación como esa, más cuando la razón de fondo para esta práctica, la efectiva, la pragmática, es que al efectuarle la mutilación a la recién nacida “se evita que la futura mujer le sea infiel a su marido”, al eliminarse el placer sexual y por ahí derecho, el deseo.

Colombia es el único país de Latinoamérica, hasta donde se sabe, donde esto ocurría y no nos hubieramos enterado si no es porque en el 2007 Aracelly Ocampo, la personera de Pueblo Rico, Departamento de Risaralda, denunció que tres niñas recién nacidas habían llegado al hospital del pueblo con infecciones complicadas, producidas por la ablación del clítoris.

Afortunadamente, esta semana la población Embera anunció la decision colectiva de suspender de manera definitiva la ablación genital femenina gracias al trabajo del Fondo de Poblacion de las Naciones Unidas (Unfpa) para la promoción de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres nativas. Lo que no es tan buena noticia es que se supiera del asunto hace tres años, y solo hasta ahora, la práctica se suspendiera.

“Pero hay que respetar las costumbres ancestrales”, dirán algunos relativistas culturales (como las autoridades indígenas agremiadas en la Organización Nacional Indígena de Colombia, ONIC, que demoraron la abolición de esta práctica al pedir que no se adelantaran juicios sin conocer las realidades de las costumbres locales, y alegando el derecho de los pueblos indígenas a su autodeterminacion, que aparece en la Constitución de 1991) pero hasta el relativismo cultural, tan acorde con estos tiempos posmodernos, tiene un límite.
De hecho, la Constitución de 1991 advierte que la Jurisdicción Especial Indígena no puede transgredir los límites constitucionales establecidos para la totalidad de la nación, de las cual forman parte todas las minorías étnicas que habitan en el territorio colombiano, pero el afán multicultural de nuestra Constitución ha dejado zonas tan grises que apenas hasta ahora, la práctica de la ablación se ha detenido por completo.

A diferencia de otras tradiciones indígenas que buscan la conservación de la tierra y el equilibrio de la naturaleza, la costumbre de la ablación no es ni sabia ni bonita, ni digna de ser conservada, e implica que para la tradición Embera, una vez la mujer ha probado el orgasmo, se convierte en un animalito ávido de hombres y dificil de controlar.

Ninguna tradición ancestral justifica la ablación porque las mujeres Embera, antes que indígenas, son seres humanos, y la mutilación del clítoris causa daños al cuerpo que son irreversibles e irreparables, daños significativos que afectan la vida y la salud de estas mujeres y que no son elegidos por ellas. Conservar las costumbres de los indígenas es una cosa, pero violar los derechos humanos de las mujeres Embera mutilando sus organos sexuales en la niñez es una abominación. La autodeterminación no puede estar por encima de los derechos humanos, que aplican a todos los habitantes de Colombia, vengan de la cultura que vengan.

Por eso, como mujer, y como colombiana, me alegro enormemente por las mujeres Embera, que también están trabajando por la expedición del “Mandato de la Mujer Indígena” documento en el que más de 500 mujeres expresaron su voluntad de erradicar esta práctica y pedirle al Estado protección contra la violencia de la que son víctimas por sus compañeros y la sociedad. Este empoderamiento de la mujer indígena tal vez acabe con el mundo (igual estamos cerca del 2012) pero las conserva a ellas en su salud sexual y su integridad, y eso es más importante incluso que la mitología ancestral, que la tradición centenaria, y que el fin del mundo.

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