La carretera fantasma

Crónica publicada el 18 de diciembre de 2010 en la edición dominical de El Espectador.

El 30 de noviembre, el Canal del Dique se llevó un pedazo de casi tres metros de la carretera que comunicaba el municipio de Santa Lucía con la carretera Oriental, que bordea el río Magdalena. La presión rápidamente abrió un boquete de unos 214 metros que borró a todos los pueblos entre Santa Lucía y Bohórquez, la tragedia más grande que ha sufrido el departamento del Atlántico: cinco municipios bajo el agua y más de 92.000 damnificados. Este es un relato del viaje que se puede hacer por carretera desde Barranquilla hasta el boquete del Canal del Dique recorriendo la carretera Oriental, que pasa por los municipios de Malambo, Sabanagrande, Santo Tomás, Palmar de Varela, Ponedera, Campo de la Cruz y Suan.

Salimos por la vía al aeropuerto. Primero atravesamos el mercado barranquillero que siempre huele un poco a fruta podrida. En la 45 parqueamos el carro, porque empezó a caer un fuerte aguacero y el arroyo estaba subiendo. Cuando escampó nos atascamos en un trancón después del puente Simón Bolívar. Tomamos la 30, pasamos por el aeropuerto Ernesto Cortissoz y salimos por Soledad, seguimos por Malambo, Sabanagrande, Santo Tomás y Palmar de Varela. En algunos de estos municipios se notaba una lluvia reciente, pero todos conservaban esa sensación seca, esa fina capa de arena ocre que parece cubrir todos los colores de los pueblos del Atlántico, incluso cuando se oscurece el cielo.
Antes del puente de Ponedera la cosa cambia. Junto a la carretera hay una hilera de carpas improvisadas con palos y bolsas plásticas, adentro se ven niños, perros y gallinas. Jóvenes en bicicleta delinean la carretera y algunas mujeres chancletean con su caminado cadencioso, y chicles fucsias, y camisetas de rayas. Casi no se puede caminar entre las casas improvisadas, pues están muy cerca del carril de los carros. Un joven de unos 12 años nos pide ayuda para el acpm. Nos cuenta que en el campamento hay gente de Campo de la Cruz, de Suan, que todavía no saben a dónde ir o que simplemente no han querido irse. “Yo tengo novia y no la quiero dejar”, dice, pero su familia está planeando ir donde el familiar de un amigo en Soledad, y después verán qué pueden hacer.

Después del puente se ve cómo el río Magdalena se ha metido a la carretera hasta ocupar un carril. La orilla está marcada con tierra junto a la línea punteada de la vía y en la superficie crece lama verde y se ven, a veces, los techos de algunas casas sumergidas. Dicen las noticias que aquí hay caimanes que el río ha sacado de sus madrigueras y probablemente se esconden entre los árboles.

El drama de Bohórquez

Antes de llegar a Bohórquez el agua ocupa ambos lados de la carretera. El asfalto, de hecho no se ve, se inundó hace 12 días. Por algunos tramos pasa gente en motos y bicicletas, a lo lejos vienen buses y camiones levantando agua. Vamos en un Hyundai Getz, así que dudamos en atravesar el tramo inundado, pero un señor que pasa en bicicleta, protegiéndose del sol con un trapo rojo, nos dice que sólo son dos kilómetros, y que después se puede llegar hasta Campo de la Cruz.

La corriente es fuerte. Hay que atravesarla en diagonal con el carro en primera, algo que se aprende cuando uno ha manejado en Barranquilla y tiene que lidiar con los arroyos. El agua sube 50 centímetros aproximadamente, hasta la puerta del carro. Tenemos las ventanas cerradas, pero empieza a entrar un olor a hierba muerta. No es el olor del mercado que se asocia con movimiento y con vida, este es un olor seco, callado, como a agua de florero empozada. No se mueve nada ni a la derecha ni a la izquierda, salvo los carros, camiones y motos que pasan a veces. El olor inunda el carro como pidiendo arcadas.

Más adelante se divisa carretera seca. Unos 100 metros antes hay un hombre pescando con una red, Milton (como el poeta). Yo le pregunto que qué pesca, si huele a muerto. Él dice: “Pa que vea”. Y saca con la red unos pescaditos de unos 12 centímetros y se los pasa a un amigo que los mete a un balde. Han construido una especie de islote con sacos de arena sobre el que se paran a pescar.

Después se ve Bohórquez. Es decir, se ven los techos de Bohórquez. Este corregimiento está a diez kilómetros de Campo de la Cruz, y su mayor orgullo eran las escuelas: presentó los mejores índices de comprensión de lectura cuando la corporación Luis Eduardo Nieto Arteta realizó su programa “Leer bien para vivir mejor” en los municipios del departamento del Atlántico.

Todo el pueblo está bajo el agua. Sobre la superficie crece taruya, una planta flotante de raíces sumergidas, verde brillante, más, porque hace sol de lluvia. A la derecha van dos hombres en una canoa transportando una carretilla y nos saludan. Después otra canoa. Esta vez cuatro hombres sacan un colchón por el techo de una casa. Ya habíamos visto un par de camiones llenos de colchones viejos en el camino, también en los campamentos de la carretera. Ollas y colchones parecen ser las posesiones más preciadas. Unos metros más adelante emerge sobre el borde del agua un letrerito de Unidos con Juan Manuel, y al fondo cables de luz caídos, y más techos de casas. El agua parece haber subido dos metros, y la carretera, como está levantada, se conserva. Pasan dos señoras con falda y cartera, y saludan a los hombres del colchón.

Campo de la Cruz, sumergido

El siguiente pueblo es Campo de la Cruz. Este es uno de los municipios más grandes del Atlántico. Fue fundado en tiempos de la Colonia. Según las cifras del Dane, en 2005 tenía 18.354 habitantes que gozaban de servicios públicos en un 90%. El municipio es famoso por la fiesta patronal de San José y por una gallera muy popular en la región.
Nos damos cuenta que llegamos porque la orilla de la carretera está llena de motos, bicicletas y más carpitas improvisadas. En las carpas pasa de todo. Son pequeñas salas donde las mujeres cocinan (se acerca la hora del almuerzo) y los viejos se sientan con bastones y sombreros en improvisadas sillas de canastas de cerveza a jugar dominó. Hay mujeres lavando ropa a la orilla de la carretera y un letrero que dice “LLAMADAS, minuto a 600”.

Elizabeth Correa cuenta que la comida se la reparten, pollo y algunas cosas básicas, y que lo mejor es hacer un sancocho porque es lo que más rinde. Cuando comenzó la inundación ella pensó en seguida en sacar de la casa la olla más grande, y llenarla de ropa, una manta y un jabón. La olla en realidad era bastante grande, y en ella flotaban un par de huesos, papas y cebollas. No alcanzó a sacar las fotos de sus hijos y agradece haber tenido puestos los zapatos cómodos porque de resto todo se perdió.

Más adelante un letrero sumergido dice “Campo de la Cruz, tierra de paz y progreso”. Antes este letrero indicaba la entrada principal a Campo de la Cruz, pero esa calle ya no se ve. Alrededor hay una jauría de perros. Varias. Campo de la Cruz está lleno de perros callejeros, organizados en jaurías. Algunos se pelean y se le atraviesan a los carros y otros copulan bajo el sol, que sigue siendo sol de lluvia. Los perros son tantos que no se quitan de la carretera, y la gente sale a espantarlos, los carros pitan, los perros no se van. La carretera, entonces, está llena de perros muertos que nadie recoge y que parecen parte del asfalto.

Hay una bomba de gasolina que funciona. Venden gaseosa. Le echamos gasolina al carro y nos tomamos una bolsita de agua. Varias personas se sientan ahí, a la sombra de la gasolinera, a hablar. Llevan tapabocas. Aquí están unos de los pocos policías que hemos visto hasta ahora, acompañados de dos hombres del Ejército. Todos llevan tapabocas. El señor de la gasolinera dice que el negocio ha bajado, pero que como son la única bomba por ahí tampoco les ha ido tan mal. La venta de gaseosa no es de ellos, pero le ha dado buen ambiente a la gasolinera y “a la gente le gusta estarse ahí”. Eso sí, “el problema son los perros”.

Después de Campo de la Cruz falta poco para llegar al Canal del Dique. Pasamos por Suan, un corregimiento pequeño, que también está inundado. La gente se reúne alrededor de una Virgen, bajo una carpa, junto a la carretera. La Virgen tiene claveles, pompones y margaritas. Las flores no se ven marchitas. Parecen traídas del día anterior.

Taponando el Canal

Al llegar al Canal del Dique vemos el puente intacto. Lo atravesamos hasta Calamar. Calamar (que pertenece al departamento de Bolívar) parece estar bien, o tal vez, ahora todo nos parece bien en comparación con los municipios que acabamos de pasar. Nos devolvemos para coger la carretera que va a Santa Lucía, otro de los pueblos que según las noticias se borró del mapa. Como a kilómetro y medio se ven camiones y gente, el Ejército nos detiene y nos dice que no podemos seguir. Hasta aquí llegó la carretera. Parqueamos el carro y seguimos a pie. Hay una casa sumergida en el canal y en la carretera una carpa donde preparan sancocho. Más adelante hay un brazo de arena que se alza sobre el agua. Los obreros descansan y se secan el sudor y me dicen que al fondo está el ingeniero.
Explica el ingeniero encargado, Germán Venecio, que inicialmente tienen unas profundidades de cuatro metros, ahí se creó un brazo artificial de tierra con bulldózers, bases en piedra y bolsas de arena forradas en plástico que traen desde Calamar. Llevan 55 metros a cada lado y se calcula que queda un boquete de 100 metros. Este trabajo comenzó el 2 de diciembre. Más adelante hay unas profundidades hasta de 8 metros, entonces se cambió de estrategia. Se están poniendo unos pilotes para sostener las bolsas de arena.

El ingeniero dice que una vez este tramo esté tapado se empezará a bombear el agua de los pueblos, pero la solución más fácil es que, cuando el Canal del Dique baje, se abra un boquete controlado para desaguar a los pueblos. El Canal del Dique alcanza a bajar cinco metros, hasta ahora ha bajado un metro, por Bohórquez el agua ya se rebosó y ya está saliendo otra vez al río, ya encontró por dónde salir (por el tramo inundado de la carretera). El desastre fue alrededor de 400 kilómetros cuadrados de zona. Manatí y Candelaria también se están inundando. El ingeniero calcula que lograrán cerrar el boquete con diez días más de trabajo.

Al regreso vemos un letrero de venta de ganado, irónicamente acompañado de un par de vacas famélicas, como muchas que hemos visto en la carretera, vacas y caballos a los que les cuelga el cuero como caricaturas de Rocinante.

Sobre el agua flota una balsa hecha de tablas sobre llantas. Encima se alza una pequeña casa de madera, cartón y metal, con una película de anjeo, un techo de tejas, plásticos y una tabla que hace las veces de muelle entre la casa y la carretera. En un costado, escrito con aerosol, se lee El Arca de Noé. Adentro dos hombres reposan en una colchoneta. La casa es de Israel Cabarcas, técnico en producción agropecuaria de Suan, tartamudo y “hacedor de limonada”, en vista de que el cielo le ha mandado tantos limones. Tiene un televisor, dos colchonetas, dos hamacas y unas gallinas que son su reserva alimenticia. Lo acompaña Antonio Anicharico, trabajador de la finca que Israel administraba. “El agua puede subir todo lo que quiera y no nos va a ganar”, dice Israel, quien ya ha llamado la atención de la prensa local. Pero a él no le gustan las fotos y quiere que todo esto sea pronto sólo una historia.

Sin embargo, falta mucho para que el Arca de Noé reciba su ramita de olivo. Se calcula que las lluvias se extenderán por todo diciembre y hasta febrero no estará la tierra seca. De todas formas el casco urbano de Suan, Santa Lucía, Campo de la Cruz, Bohórquez y algunos corregimientos menores es irreparable. La carretera Oriental será por un buen rato una vía de pueblos fantasmas surcados por los gallinazos, que de hecho, ya se empiezan a ver en el cielo del Atlántico.

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