Un muñeco de año viejo

Columna publicada el 31 de diciembre de 2010 en El Espectador.

La pinta de este 31 de diciembre para muchos estará inspirada en el tradicional muñeco de año viejo que quemamos en Colombia.

Lo digo porque en la seccional de la Cruz Roja en Barranquilla hay más de 80 bolsas que contienen jeans rotos y zapatos con huecos en las suelas. Uno de los voluntarios me dijo que “la ropa que ha llegado no sirve ni para hacer una fogata”, así que no es de extrañar que cuando falten 5 pa’ las 12 se vea a muchos caminando botella en mano y con harapos, como el mismísimo muñeco que se quema en la víspera del año nuevo.

La Cruz Roja tiene por política no regalar ropa usada a las víctimas, precisamente porque mucho generoso espontáneo decide deshacerse de su mugre, pero la basura sigue llegando a sede, así que pusieron un cartel de “gracias-pero-no-gracias” que recibe a los voluntarios y a algunos, les da la idea de que los daminificados ya tienen suficiente. En realidad de lo único que ha habido exceso es de objetos inútiles. La mayoría de las colchonetas que han llegado huelen a orín y tienen manchas, hay vasos de licuadora rajados, juguetes inservibles, y todo tipo de sobras, vestigios de civilización, o más bien, pruebas de nuestra miserableza.

Regalar basura para apaciguar la conciencia es el colmo de la mezquindad. Ser generoso no es obligación, pero ser un cretino es totalmente innecesario.

En los últimos días y en distintos contextos, he escuchado decir que la situación de seguridad en el casco urbano de Barranquilla se pondrá cada vez más difícil pues, con el 40% del departamento borrado por las aguas, la mayoría de los daminificados vendrá a la capital en donde todos tendrán que apeñuzcarse sí o sí. Yo estaría preocupada: si esta es la manera como la ciudad recibe a sus coterráneos, éstos tienen toda la razón en ser hostiles. Nadie se adapta fácilmente a una sociedad que lo rechaza, y si a esto le sumamos el hambre y el desempleo, lo que se ve venir es un natural incremento en la violencia urbana.

No se si sucede lo mismo en otras ciudades pero no me cuesta imaginar que sí. En Colombia es frecuente ver que a los desplazados se los trate como si fueran mendigos, y mientras esta equivalencia se conserve en el imaginario de una ciudad no hay manera de evitar la inequidad social. Las victorias militares que tanto nos gusta celebrar solo resuelven un síntoma del problema colombiano, las causas de fondo, sin embargo, siguen intactas.

El deseo de año nuevo más trillado y repetido en Colombia es “la paz”. Pues, una sociedad pacífica se construye con tolerancia y aceptación, así que es el momento para que la ciudades del país sean hospitalarias, aunque se incomoden un poquito, porque no se puede tener paz en un país que trata a sus víctimas como pordioseros.

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