Ver y no tocar

Columna publicada el 14 de enero de 2011 en El Espectador.

Poco se sabe de los asesinatos de Mateo Matamala Neme y Margarita María Gómez en las inmediaciones de San Bernardo del Viento, en Córdoba.

Matamala y Gómez se encontraban en la región adelantando su tesis de grado de Biología de la Universidad de los Andes. Dejaron la cabaña en que se hospedaban y se fueron caminado hasta Boca Tinajones donde, mientras hacían algunas fotografías del lugar, se les cruzó un pistolero que se los bajó con una 9 milímetros.

Matamala y Gómez no son las únicas víctimas de la zona. Glenis Saab García, una operaria de planta de la empresa avícola Avites, ubicada en la vereda El Cepillo, cerca de Rabolargo, corregimiento de Cereté, fue asesinada el miércoles cuando viajaba con una compañera del trabajo. En la zona rural de San Pelayo asesinaron al escolta de un ganadero, Raúl Lengua Villalobos, de 39 años, que también rondaba por el lugar equivocado.

Pero, ¿cómo? ¿Lugar equivocado? ¿Aún después de la Seguridad Democrática? ¿No se supone que Uribe estuvo 8 años en el poder justamente para que los colombianos pudiéramos sacar nuestro carrito del garaje y e irnos de paseo al mejor estilo Dago García? ¿No era el “poder viajar por carretera” la prueba incontrovertible de la eficiencia de la Seguridad Democrática? ¿No cantábamos felices y a coro “vive Colombia, viaja por ella?”

Al parecer en Colombia sigue habiendo lugares equivocados. A Colombia podemos verla, pero no vivirla. Hay una advertencia tácita que implica que uno no debe meterse por trochas, por pueblos donde no lo conocen a uno, o preguntar demasiado, o tomar muchas fotos. Lo dicen los habitantes de Rincón del Mar, un pueblito de Sucre, que saben que desde sus bahías paradisíacas sacan coca al exterior, y los campesinos de las veredas cercanas a Minca, en Magdalena, que se acostumbraron a ver a sus conocidos picados en bolsas y que ahora vuelven a sus tierras (algunos) pero no para cultivarlas sino para guardar la moto y trabajar de mototaxistas en Santa Marta. Lo dice el sentido común de las madres que advierten que mejor que no viajen mujeres solas, y que entre la imponente maleza colombiana lo que pica no son los bichos sino las balas.

Colombia es un país para ver, pero no para tocar. Podemos viajar de Bogotá a Cartagena pero por las vías principales. Tenemos su exuberante biodiversidad para mirarla, pero no para palparla, manosearla, conocerla. Todo muy bonito, pero sin cámaras indiscretas, sin preguntar por las fosas comunes que abonan nuestros campos. Podemos broncearnos pero no podemos hacer trabajos de grado.

No basta poder viajar por carretera si monte adentro todo está lleno de lugares equivocados y preguntas peligrosas. La Seguridad Democrática convirtió a Colombia en una especie de museo del siglo XX, es entretenidísima de ver siempre y cuando andemos por las rutas demarcadas y no crucemos los límites que amablemente nos han señalado los paracos, la guerrilla y la delincuencia común. Este país es un museo ajeno, su belleza solo se puede observar detrás de la vitrina y sus curadores son los que tienen las armas.

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