La fiesta y la fe

Publicado el 2 de marzo de 2011 en El Espectador.

En el 2009 me prometí a mi misma hacer todo lo posible para volver todos los años al Carnaval de Barranquilla. Gracias a una amiga, Cristina, que estaba recién llegada a Bogotá y que traía con ella las frescas brisas caribeñas, volví a Carnavales después de 8 años de ausencia y salimos en la Batalla de Flores, en una comparsa que se llama La puntica no ma’.

Creo que este regreso al Carnaval fue algo decisivo en mi vida y por eso desde entonces también procuro traer amigos para sumarlos al patrimonio inmaterial de la fiesta. No digo conocer, u observar, porque creo que la única experiencia posible en Carnavales es la inmersión, por eso no traigo espectadores, quien pisa Barranquilla en esos cuatro días hace parte activa del Carnaval. Mi propuesta a veces es recibida con incredulidad y suelo encontrarme con afirmaciones como estas: “¿Cuándo trabajan en Barranquilla? Se la pasan de fiesta”, “el Carnaval es un enlatado comercial para los turistas”, “yo no sé bailar” y “gracias, pero ni una fiesta más”.

La respuesta a la primera es sí, Barranquilla se la pasa de fiesta: el 7 de diciembre es el Día de las Velitas, después viene Navidad, Año Nuevo, unas cortas vacaciones y arranca Pre-Carnavales, después viene La Guacherna, un desfile nocturno una semana antes de Carnaval, y finalmente cuatro días de fiesta, ahora sí en serio, en los que la ciudadanía se toma las calles y la vida de la ciudad se suspende para entregarse a las celebraciones. Todas estas fiestas necesitan de música, logística, coreógrafos, comerciantes, transportadores, decoradores, bailarines, cocineros, fotógrafos etc., en otras palabras, hacer una fiesta es un camello, y precisamente por eso, fuente de trabajo para toda una ciudad.

También me parece fortuita la dicotomía entre trabajo y diversión y de hecho, no creo que haya que diferenciarlos obligatoriamente. La fiesta no es síntoma de holgazanería, no es vagancia, no es irresponsabilidad. La fiesta es parte de la vida, uno de sus lugares, donde se estrechan vínculos emocionales, creativos, intelectuales. Así como hay ciudades que se dedican a otros lugares de la vida, Ciudad del Vaticano está determinada por la religión, Barranquilla está determinada por la fiesta.

Ahora, que si el Carnaval es un evento turístico, por supuesto que sí, pero que salga en los comerciales de Colombia es Pasión no lo convierte en un refrito vacío para los extranjeros. El Carnaval no puede ser un refrito porque no sigue más pautas que la creatividad, la espontaneidad y la originalidad y estas lo obligan a renovarse constantemente. El Carnaval, como toda experiencia cultural, es inefable, inabarcable en un folleto, irreductible a una definición única o a su repetición pastiche. Barranquilla pasa cuatro días celebrando el humor incorrecto, lo mutable, lo diverso, lo múltiple, lo que justamente no se deja apresar por las agencias de turismo. No se puede ir dos veces a un Carnaval de Barranquilla porque al regreso ni el Carnaval ni nosotros seremos los mismos.

A la tercera pregunta contesto que yo nací sin oído y sin motricidad gruesa. Si bailar consiste en unos movimientos coreografiados y armónicos, yo no sé bailar. Ahora, si bailar es tener una reacción emotiva a la música, que involucre el cuerpo, si implica comunicación, comodidad con la propia piel, celebración de la vida, entrega, entonces sí sé. Bailar entonces es un problema de escoger una definición y secundarla con actitud.

Si uno se adhiere a la segunda definición, la que creo que es más operativa en Carnavales, esta no es una rumba más, es una transmutación dionisíaca. Pareciera que en el aire en vez de oxígeno hubiera dopamina. ¿No me creen? ¿Soy una exagerada? ¿Soy solo una barranquillera cursi? Creo que no puedo probarlo en una columna, es un argumento experiencial, (quien lo vive es quien lo goza) pero se los digo con una convicción, que en mí, es lo que más se parece a lo que muchos llaman fe.

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