La ventana indiscreta

Publicado el 11 de marzo de 2011 en El Espectador.

¿Qué le queda a la intimidad del individuo cuando el ojo del Procurador pretende atravesar la carne, inmiscuirse en los gustos personales, en la decisiones que tomamos con nuestro cuerpo y hasta en la orientación sexual?

La última arremetida del Procurador es contra el porte de la dosis personal, pero, después de su persecución a la legalización del aborto, su negativa a los matrimonios igualitarios y la adopción por parte de parejas homosexuales, yo creo que su verdadera cruzada es contra la intimidad y contra las libertades individuales. Pareciera que el señor Ordoñez hubiera viajado desde el medioevo para venir a observarnos con su ojo saurónico, lleno de moralina.

En la Edad Media, el individuo era un ser enteramente social, siempre sometido a mirada, visto hasta en su alma y en sus gestos más privados. Aquel era un mundo en el que la idea misma de lo íntimo, la de una dimensión privada, personal, subjetiva, era impensable, y hasta condenable. La idea de la intimidad nació en el Renacimiento, probablemente con León Battista Alberti (1435), teórico del arte y artista, el primero en entender un cuadro como “una ventana abierta”. Esto es una doble revolución: Por un lado, cumple con la idea moderna de que el hombre tiene desde entonces derecho de mirada sobre el mundo, y por otro lado, al mismo tiempo, viene a circunscribir un nuevo territorio, un lugar interior, desde donde se puede mirar al mundo y en donde se puede no estar, uno mismo, sometido a la mirada. Lo que nace con Alberti y el cuadro, es un hombre que goza en lo sucesivo de un atributo que estaba hasta entonces reservado exclusivamente a Dios: ver sin ser visto.

Ver sin ser visto es en principio, lo que hace nuestro privilegio como ciudadanos. La intimidad en una sociedad democrática es considerada un derecho fundamental que necesita protección, no solo porque significa una valla a la intromisión del Estado o de la comunidad, sino porque posibilita el desarrollo íntegro de la personalidad. Ese desarrollo de la personalidad tiene que ver con las decisiones que como individuos tomamos sobre nuestro cuerpo, eso es el derecho a ser un pálido vegetariano, a morir de colesterol, a vestirnos como queramos, escoger entre tener una familia o abortar, y el derecho a consumir cigarrillo, alcohol, marihuana u otras sustancias

El Procurador, como un cura medieval, cree que el derecho a la intimidad no ampara ni los úteros ni los bolsillos, por eso ha dicho “La prohibición del porte y consumo de sustancias estupefacientes o sicotrópicas, salvo prescripción médica, no es restrictivo del derecho fundamental de la libertad y la autonomía personal y, por el contrario, su texto se ajusta a la Constitución Política.”, una afirmación que pone en relieve su concepción anacrónica de la intimidad.

“Ni el porte ni el consumo de drogas son asuntos propios de la vida íntima de las personas. Basta considerar que las drogas son cultivadas, procesadas, transportadas, distribuidas y vendidas por otros, para advertir que no se trata de un asunto que corresponda de manera exclusiva a quien las porta y a quien las consume.” Afirma el Procurador pero olvida que si bien el tráfico compete al Estado la decisión de consumo pertenece al individuo. Legalizar la dosis personal es clave, no solo porque es parte de una esfera privada en la que no debe meterse el Estado, la dosis personal también sirve para que las autoridades puedan diferenciar entre los comerciantes y los consumidores. En nada ayuda la penalización de la dosis personal para desmontar las estructuras del narcotráfico, a las que ni les va ni les viene que manden al psicólogo a unos individuos que no han dado muestras de ser asociales ni de hacerle daño a la nadie y que por el contrario, probablemente trabajan y le hacen un aporte al país.

La insistencia de Ordoñez por atacar las libertades individuales se parece a la soberbia mirada de un Dios voyerista que usa su omnisapiencia para el juicio y el castigo. El Procurador pretende que el Estado colombiano sea como el vecino de trancón al que toca subirle el vidrio, más presente que nuestros Super Yo, entrometido como la madre que asalta el diario de su hija y abusivo como el dictador que ve al pueblo como una masa y no como un colectivo de individuos, un engendro entre verdugo y paparazzi. Es hora de cerrarle las cortinas.

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