En el Carnaval el género se crea a la medida

Capítulo del libro Carnaval de Barranquilla: La fiesta sin fin. Fundación Carnaval de Barranquilla. Bogotá, 2011. P. 189- 203.

Una falda roja, anchísima y acampanada, con adornos dorados que caían como en una cortina barroca. Un corset dorado y entallado con piedras en el escote (en forma de corazón, claro). Hombreras, doradas también, con flecos que caían sobre el brazo y hacían juego con los aretes, también dorados. Una corona.

El vestido era todo exceso y saturación, y a mí me gustaba porque el satén era rojo cayena, y tenía tantos adornos que parecía un árbol de Navidad. Diseñado por Amalín de Hazbún, ese era el atuendo de Brigitte Abuchaibe cuando fue reina del Carnaval de Barranquilla, en 1992. Alfredo de la Espriella le puso nombre a esta obra de arte: El cantar de los cantares, y yo, que para entonces tendría unos nueve años, lo miraba a través del vidrio sucio de una de las vitrinas del Museo Romántico. Mi abuela y yo íbamos todos los años a esa sala del segundo piso de una casa del viejo Prado, donde podían verse los vestidos de todas las reinas (desde las de los años treinta hasta las de los ochenta del siglo pasado). Un salón lleno de vestidos de reinas. Reinas del Carnaval de Barranquilla. Nada podía hacernos más felices.

Dice Simone de Beauvoir (1999: 267) que una mujer no nace, sino que se construye. En ese entonces, yo era una mujer en formación, y no quería ser ejecutiva como mi mamá, ni modista como mi abuela. Lo que más quería ser era Reina del Carnaval, y lo quería pese a que mi falta de oído y de motricidad gruesa prácticamente me incapacitaba para bailar. Creo que todas las niñas barranquilleras alguna vez quieren ser reinas del Carnaval, y de cierta forma lo somos, porque hemos incorporado en nuestro imaginario aquello que representa a la soberana del Carnaval de Barranquilla.

Querer ser la Reina del Carnaval no es como querer ser un monarca con poder, o una perfecta reina de belleza. La Reina del Carnaval no es la más poderosa ni la más bonita; es la más feliz, la que mejor se mueve, la que no se cansa, la que encarna mejor que nadie la fortaleza de la mujer barranquillera, que puede bailar y sonreír en tacones por doce horas seguidas sin quejarse, entregada a un culto pagano que es más urgente que las ampollas de los pies.

Ese es el modelo aspiracional de muchas niñas y niños de Barranquilla (sí, hay niños que también quieren ser reinas). La idea de la Reina del Carnaval y de otros modelos femeninos que son parte de esta fiesta ha influido a generaciones de habitantes de la ciudad.

Y es que en el Carnaval de Barranquilla pueden distinguirse cuatro representaciones de lo femenino, que sirven de referentes a muchos barranquilleros: la Reina del Carnaval, que juega con un orden de valores que está lejos de otras reinas contemporáneas; la bailarina, la mujer de la comparsa que sale a la calle en vestido de cumbia o en biquini; las viudas de Joselito, que lo lloran y lo comparten; y el travesti, que también es un modelo femenino al que recurren hombres, tanto homosexuales como heterosexuales, y todas las variantes (bisexuales, transgeneristas, etc.). Escribir sobre estas representaciones de lo femenino es revisar la manera cómo, dentro de un espacio festivo como el Carnaval de Barranquilla, ellas han influido el imaginario de los habitantes de la ciudad.

La académica feminista Janet Momsen observa que en el Caribe el patriarcado y la subordinación femenina coexisten con una tradición de autonomía económica en las mujeres y madres cabeza de familia. Es decir, conviven al tiempo el matriarcado y el patriarcado: “Una doble paradoja se encuentra en el Caribe: un patriarcado con un sistema matrifocal y matrilocal de familias, un patriarcado que coexiste con la independencia económica de las mujeres” (Momsen, 2002, 45). Por eso, muchas mujeres del Caribe no sufrieron el mismo tipo de marginación que otras mujeres del mundo, o no se vieron sometidas a las dicotomías de privado/ público que se dieron en los países europeos en los que la dignidad de la mujer se guardaba quedándose esta en la casa.

Eso muestra que los modelos de género construidos en el Caribe son muy distintos de los de otras regiones, al tiempo que Barranquilla, urbe caribeña, tiene sus propias particularidades por ser un puerto de comerciantes, hija de la República; una ciudad burguesa, que no tuvo que pasar por las luchas de liberación de esclavos que se ven retratadas en otros pueblos del Caribe; una ciudad centrípeta, que recoge las tradiciones, en su mayoría más antiguas, de las regiones aledañas y las incorpora a su Carnaval.

Párate derecha

La Reina del Carnaval de Barranquilla

“Párate derecha”, me decía mi abuela, “como una barranquillera”. Lo decía con su acento paisa, y acto seguido me clavaba el dedo en la cintura. Yo bufaba, como hacen las adolescentes, y ella, burlándose de mí, recitaba a Esthercita Forero: “Tan airosa la Luna garbosa / Como son las mozas barranquilleras”. Mi abuela, antioqueña, había llegado a Barranquilla casada con un santandereano, más o menos en 1950. Los dos se adaptaron rápidamente, tal vez por la hospitalidad que hallaron. Pronto, ella encontró que aspectos del matriarcado costeño coincidían con su matriarcado paisa. Además, como era modista, admiraba la elegancia de las barranquilleras, la manera graciosa y altiva cómo llevaban sus vestidos. “A manera de reinas”, decía, y volvía a repetirme que me parara derecha.

En 1914, los apellidos Dugand, Siedemburg, Lébolo, Bellingrodt y Helm eran prominentes en las comparsas del club. Lavalle y Lafaurie también fueron apellidos de importantes comerciantes de la ciudad, cuyas hijas fueron reinas del Carnaval. Desde 1918, las soberanas eran escogidas por los dignatarios del Club Barranquilla. No obstante, en 1923, el centro social ABC propuso elegir la Reina del Carnaval por medio de un plebiscito popular. No volvió a escogerse soberana de manera democrática, sino hasta 1944, cuando el club Riomar, nuevo centro social de la ciudad, propuso otro certamen plebiscitario como el de 1923. Entonces fue elegida Niní Munárriz Steffens, cuyo copete, cuenta Alfredo de la Espriella, fue el tocado de moda ese año.

La Reina del Carnaval es barranquillera, perteneciente a una familia pudiente. Su elección se hace seis meses antes, y no es pública. Con la Lectura del Bando, alrededor del 20 de enero, la Reina del Carnaval promulga la única ley que deben cumplir los barranquilleros durante la fiesta: bailar y gozar hasta que el cuerpo aguante. Durante el precarnaval, la Reina asiste a bailes y verbenas populares, y encabeza comparsas, como la Danza de El Garabato, y desfiles, como el de la noche de Guacherna. Y en el Carnaval propiamente dicho, la soberana debe acudir a numerosos actos públicos populares. En concreto, el sábado preside con su carroza el desfile de la Batalla de Flores, seguida de numerosos grupos folclóricos, cumbiambas y comparsas. El domingo debe comandar la Gran Parada de Tradición y Folclor, y el lunes debe asistir al Festival de Orquestas.

En los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, Barranquilla aceleró su crecimiento demográfico e industrial. El desarrollo urbano de Rebolo, desequilibrado en comparación con otros sectores de la ciudad, atrajo la atención de periódicos locales, que reclamaron el saneamiento ambiental del barrio, considerado cuna de expresiones folclóricas. Esas notas de prensa propiciaron que en 1943 se iniciara un reinado en los barrios, con la idea de lograr una participación más cabal de sus habitantes en las fiestas de la ciudad, y le incorporaron un elemento análogo a los de la élite: una reina. Cada candidata capitaneaba una danza con el fin de estimular las tradiciones populares de Rebolo y otros barrios. Además, la reina saldría elegida de acuerdo con el número de votos que pudiera acumular. Ese momento se recuerda como uno de los hitos importantes del Carnaval en relación con el sentimiento de participación de los barrios en la vida de la ciudad, y la figura de la reina cumplió un papel conciliador y protagónico.

Las reinas del Carnaval de Barranquilla coinciden en una serie de características muy definidas que resultan deseables para los barranquilleros. Jóvenes de clase alta con educación universitaria y fuertes vínculos familiares, las reinas deben tener una disposición artística, haber estado involucradas con las celebraciones del Carnaval desde niñas, haber pasado de una comparsa a otra, y, quizá, haber sido capitanas de algún club social, algo que, sin duda, las prepara para su reinado. Además, deben tener un fuerte espíritu cívico y un gusto por el folclor de la región. Muchas dicen vibrar cuando escuchan una flauta de millo, y tienen conocimientos básicos de bailes populares, como la cumbia y el mapalé. De las características físicas de la reina no se habla, pues todas sus cualidades se refieren a su actitud, a la manera de disfrutar la fiesta, a su alegría, y a otros comportamientos que la perfilen como una mujer alegre y emprendedora. Y, aunque nadie recuerda a una Reina del Carnaval fea, es probable que no la haya, pues su belleza no se funda en cánones físicos, sino en una en una presencia, en un modo de bailar y de reír, en una apropiación del cuerpo que seduce más al corazón que al ojo.

El poder y las caderas

La bailarina

Como dije antes, yo había nacido negada para el baile. Entrada la adolescencia, me di cuenta de que mi problema de adaptación tenía mucho qué ver con que no sabía bailar. Gran parte de la comunicación del barranquillero se hace a través del baile, y yo me estaba perdiendo de todo porque no conocía el idioma. Había algo en bailar que tenía que ver con reconocerse y con que lo reconocieran a uno, con tener una voz. Me metieron a clases de baile, por supuesto, y tomé buena nota de la técnica. Cuando tenía catorce años, un jovencito de otro colegio (él no sabía que yo no podía bailar) me invitó al Garabato del Country Club. Temerariamente, dije que sí, y ante esa situación de “bailar o morir” entendí que no se trata de la técnica, sino de asumirse ─la identidad es un cuerpo─ y de olvidarse de uno, porque bailar es un canal de conexión universal. Fue casi una epifanía, y así fue como aprendí a bailar.

Precisamente, otra de las representaciones femeninas del Carnaval es el de la bailarina. Tanto la Reina, como las viudas, como los travestis, son bailarinas. Por eso, esta representación subyace a las demás.

Como bailarinas, las mujeres pueden vestirse de manera provocativa, lo cual incluye desde el entallado vestido de cumbia con la cayena en el pelo, flor también llamada arrebatamacho por sus evidentes intenciones, hasta el colorido biquini brasilero. La bailarina se viste para provocar, pero no a un hombre específico, sino a todos los hombres, todas las mujeres, toda la flora, toda la fauna y toda la naturaleza muerta de la ciudad. La intención de la bailarina es excitar al mundo, y la prueba de esto es su comportamiento, que es el mismo siendo soltera o no, con hombres y mujeres, conocidos y desconocidos. La bailarina utiliza el erotismo como resistencia, le grita su sexualidad al mundo, y esta sexualidad, en vez de atarla a algo, la libera.

La feminista Audre Lorde habla de lo erótico como un paso adelante en el reconocimiento del poder de lo femenino. Es desde el regreso al erotismo donde Lorde propone sus acciones feministas: “… que mujeres creativas y analíticas se alejen de lo erótico es destructivo. No podemos luchar contra el viejo poder con sus mismos viejos términos. Hay que crear una nueva estructura que toque cada aspecto de nuestra existencia a la vez que resistimos” (1984: 102).

Pocas veces se ve una toma tan aguerrida del espacio público por parte del modelo femenino, un espacio que suele estar destinado a lo masculino. Pocas veces se ve, y menos en una cultura en la que las mujeres con frecuencia son consideradas un territorio, a féminas bailando sin necesidad de un protector, y sin verse atacadas en respuesta a su provocación. La piel y la sonrisa se erigen como muestras de independencia y de afirmación de la feminidad, sin que dicha feminidad, en pleno ejercicio y gobierno de su cuerpo, esté construida a la sombra de nada.

La resurrección y la memoria

Las viudas de Joselito Carnaval

El Carnaval de Barranquilla acaba el martes con el entierro de Joselito Carnaval, el personaje más representativo del evento, símbolo de la alegría y de la fiesta, quien después de cuatro días de una intensa rumba muere. Su cuerpo es llorado y sepultado simbólicamente por las viudas alegres que compartieron con él sus horas de rumba. Los barranquilleros se pasean por las calles bebiendo y llorando a Jose, y lloran también porque la fiesta se acaba y tendrán que enfrentarse con sus “pecados” en la Cuaresma, o, al menos, con el regreso a la cotidianidad.

Joselito representa al mujeriego barranquillero. Su imagen podría parecer un tanto misógina, pero algo debió Joselito querer a sus viudas si lo lloran tanto. Joselito no se restringe a una sola mujer, pero esto no genera conflicto entre ellas, que se unen en cierta solidaridad femenina, porque la fiesta se entiende poligámica, y porque hay algo más fuerte que las hermanas: el derroche de vida de los últimos días y la inminencia de la muerte. Nada tienen que ver las viudas con la idea de la mujer enfrentada al desamparo. Estas mujeres lloran al personaje porque compartieron con él el Carnaval de igual a igual (como bailarinas), y la poligamia mítica de Jose parece venir más del mutuo acuerdo que del engaño.

Otro de los aspectos interesantes de las viudas es que son interpretadas tanto por hombres como por mujeres sin que, en el caso de estos, se los tilde de homosexuales. El personaje, que se presta para la caricatura y la exageración, no representa un papel excluyente, y por eso, para algunos, se convierte en un espacio propicio para descansar por unas horas de la masculinidad.

El entierro de Joselito es una despedida simbólica a la carne. No existe un solo Joselito para toda la ciudad, sino que cualquiera puede sacar uno y recorrer las calles. Esta práctica la realizan personas de todas las edades, credos, razas y sexos como ritual de despedida de las carnestolendas. En todas sus representaciones coinciden dos elementos: el masculino, de la muerte de Jose, que va tieso en la parihuela después de haber sido una ebullición de vida; y el femenino, la vida, la memoria, las mujeres que lo sobreviven, lo recuerdan y lo lloran, que hacen que su muerte sea relevante y que, tal vez, resuciten a Joselito con sus lágrimas de maicena.

La fiesta como paréntesis

La /el travesti

No solo los desfiles gay han cobrado mucha fuerza en Barranquilla, sino que el Carnaval es fuente de trabajo y cohesión para la comunidad homosexual y travesti, que se involucra en varios oficios, como el de coreógrafo/a, diseñador/a, maquillistas, bailarín/a, y otras actividades. Esto también quiere decir que el punto de vista de los homosexuales y drags influye de manera directa y contundente en la estética del carnaval.

“Para mí el Carnaval es pasión”, dice Ramón, mientras Dubis, ex reina del carnaval gay, le termina su maquillaje de fantasía. Ha escogido para la noche de la Guacherna un costoso vestido de drag queen, con un diseño muy moderno de cero plumas y cero lentejuelas, pues “eso no se usa en Europa”, como pudo comprobarlo cuando estuvo en Londres en el desfile del orgullo gay. Pagó el vestido gracias a que gana en euros porque es profesor en Bruselas de bailes de salón: enseña mambo, salsa, pasodoble y chachachá. Barranquillero, hacía varios años no venía a Colombia, y  por primera vez participará en un desfile callejero. Está sorprendido por el espacio que ha ganado la comunidad gay. En la tarde observó las calles por donde pasará el desfile, llenas de sillas, que la gente pagará para ver bailar a las/los travestis. En la noche, familias enteras, abuelas, padres, hijos y nietos, llegarán temprano para observarlas de cerca, e inclusive bailar con ellas”. (Fragmento de un texto publicado en www.carnavaldebarranquilla.com / Columna virtual: “De rumba con Loncho”, 2006.)

Durante el Carnaval, además, son aceptadas con flexibilidad todas las manifestaciones de la sexualidad: se pasa sin pena de la dicotomía a la multiplicidad. Tal vez ocurre solo durante esas fechas, pero para una cultura como la de la Costa Caribe colombiana la multiplicidad de posibilidades de género y orientación sexual es un elemento transgresor y revolucionario que, paradójicamente, no resulta agresivo para nadie. El/la travesti, indistintamente de su sexo, toma elementos del modelo femenino de la reina, de la bailarina y de la viuda, y los sincretiza en un derroche de fantasía y descaro.

A la medida

Estas representaciones de lo femenino se entrecruzan: todas/os pueden ser bailarines/as, y también reinas. La ciudad entera entra en el trance preformativo del erotismo, y, en esa medida, todos se acogen a estas representaciones de lo femenino. Todos los barranquilleros son la Reina, pueden, si así lo desean, convertirse en drags, porque hay un gran paréntesis para los prejuicios sociales y sexuales durante el Carnaval de Barranquilla. Aunque estas representaciones solo se hacen evidentes durante las carnestolendas, perviven en la cotidianidad del imaginario barranquillero. Hay algo de la viuda, solidaria con el que prefiere la vida a la monogamia, que hace parte de la cultura; algo de la teatralidad del travesti, que se ve en la forma de vestir de las/os barranquilleras/os; algo de la bailarina en todas las sonrisas descaradas y el coqueteo fortuito del día a día de la ciudad.

En mi closet tengo un vestido de cumbia y de garabato, ambos hechos por mi abuela. Cuando era niña nos sentábamos juntas a fruncir todas las arandelas, metros y metros de tela de colores. Cuando los vestidos me quedaron pequeños, mi abuela les metió tela, les alargó el talle. Más tarde, en mi adolescencia, les pusimos un escote. A los dieciséis, mi mamá y yo nos reuníamos a hacer aretes y tocados, y lo volvemos a hacer regularmente cada tres años, cuando las lentejuelas se deslucen.

Siempre que me los ponía, mi mamá y mi abuela corrían a tomarme una foto, y me hacían extender la falda y levantar la barbilla con garbo. Así yo me sentía una reina, me sentía cómoda con mi personalidad y con mi cuerpo, me sentía feliz.

Pienso que, cuando llega febrero, es la seguridad majestuosa de la reina, que nos posee a todos los barranquilleros ─a los hombres también, no crean─, lo que permite que durante el Carnaval uno pueda hacer lo que quiera, ajeno a la vergüenza, como lo hace la verdadera realeza.

El pueblo barranquillero reconoce a la Reina del Carnaval porque en ella cada uno registra su propia majestuosidad, la cual, atada al imaginario de lo femenino, permite todo tipo de paréntesis y licencias de género. En el Carnaval, el género se construye a la medida.

 

Referencias bibliográficas

  • Bakhtin, M. (1984). Rebealis and His World (traductora: Helene Iswolsky). Bloomington: Indiana University Press.
  • Butler, J. (1999). Gender Trouble: Feminism and the Subversión of Identity. Nueva York: Routledge.
  • De Beauvoir, S. (1999). El segundo sexo. Buenos Aires: Editorial Suramericana.
  • El Heraldo, Barranquilla.
  • Friedman, N. (1985). Carnaval en Barranquilla. Bogotá: Editorial La Rosa.
  • Lorde A. (1984). Sister Outsider: Essays and Speeches. Berkeley: Crossing Press.
  • Momsen, J. (2002). The Double Paradox. En Gendered Realities: Essays in Caribbean Feminist Thought (editora:Patricia Mohammed). Kingston: Kingston University of the West Indies Press.
  • <www.carnavaldebarranquilla.com>.
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3 comments

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