Máquinas de coser

Publicado el 13 de mayo de 2011 en El Espectador.

Mi herencia familiar son 4 máquinas de coser. La primera es una máquina Singer de pedal, que compró mi bisabuela, Carlota García en 1930 cuando se separó de mi bisabuelo Miguel Restrepo y tuvo que mantenerse sola.

Mi abuela, Martha Rosa Restrepo (de Navarro) aprendió a coser en esa máquina y luego fue a la academia de modistería de una vecina amiga. Con su trabajo pagaba sus estudios y su alimentación; se quedaba a trabajar después de clases, cosiendo a mano primero; pegando botones, haciendo dobladillos, rematando, puliendo costuras, cortando moldes.

Mi abuela se casó en 1947 y en los comienzos de la década de los 50, por la misma época en que las mujeres empezaron a votar en Colombia, Martha Rosa compró una máquina de coser industrial, con motor, que permitía altas velocidades de costura y más tipos de puntada según el “pie” que se le pusiera a la máquina. Mi abuela se dedicó a la alta costura: vestidos de fiesta, de gala, matrimonios, ceremonias, primeras comuniones, ropa para jóvenes y mujeres adultas. No cosió para hombres aunque aprendió a hacerlo, y a veces le hizo ropa a mi tío, aunque lo que verdaderamente disfrutaba era vestir a mi mamá, Martha Beatriz Navarro, con los modelos que sacaba de las revistas Vogue o Burda, que mandaba a traer desde Europa. También cosió manteles, sábanas, fundas, ropa de cama, cojines, cortinas, el vestido de matrimonio de mi mamá, mi vestido de cumbia, mi vestido de garabato, todos los vestidos de mis fiestas de quince y todos mis disfraces de Halloween.

Mi abuela se dedicó a coser para mejorar los ingresos familiares que eran insuficientes para el estilo de vida que ella quería. Gracias a su trabajo mi mama y mi tío fueron a buenos colegios, y estudiaron fuera de Barranquilla, mi mamá en la Javeriana y mi tío en la UIS. También gracias a su trabajo pudo viajar y conocer el mundo y pisó todos los continentes menos la Antártica, por obvias razones, y África, porque como buena paisa blanca católica, no le veía el chiste a ir a conocer negritos.

Mi abuela también dictó clases de modistería a las que mi mamá tenía que asistir. Si ella quería estrenar para las fiestas de quince debía hacerse sus propios vestidos bajo la supervisión de mi abuela. Al principio mi mamá no le creyó y se quedo sin ir a la primera fiesta de la temporada, un drama de altas magnitudes para una adolescente. Conmigo mi abuela fue más indulgente porque yo era pésima estudiante y no me quedaba quieta, pero aprendí a sacar moldes, a cortar, a coser dobladillos, a hacer plisados, y a diferenciar entre calidades y tipos de tela.
A mi mamá el Niño Dios primero le trajo una maquinita de pilas que cosía estilo cadeneta, al año siguiente le trajo una más grandecita y luego pasó a la máquina industrial. En los años 70, cuando estaba en la universidad, le regalaron una máquina de colección, fabricada en 1951, con motor, la tercera pieza de mi herencia, y con esa máquina mi mamá se hizo todos los vestidos que necesitaba para esta a la altura de las niñas de sociedad con las que estudiaba, y la máquina de coser finalmente paso de ser un medio para suplir necesidades básicas a uno para adquirir estatus.

Mi cuarta máquina de coser es un dije de oro que me dejó mi abuela, junto con su ropa, hecha según todas las vanguardias de los últimos 60 años y con telas traídas de todos sus viajes. Yo a esta ropa, según el ejemplo de mi abuela, el hice arreglos aquí y allá, y la uso todavía. Una de estas piezas heredadas la usé justamente en el coctel que hubo el miércoles pasado para celebrar los 10 años de trabajo de Women’s Link Worldwide y los 5 años de la Sentencia C-355/06 que liberalizó el aborto en Colombia.

Mi bisabuela nació en 1900, cuando a las mujeres en Colombia no les enseñaban ni a leer ni a escribir. Ella se rebeló y su arma fue una máquina de coser, que le dio los ingresos para poder educarse y después la posibilidad de separarse y mantener a una hija. Mi abuela tuvo siempre dinero propio, ganado con su trabajo, y eso le permitió tener un matrimonio con equidad de poderes y mandar a sus hijos a estudiar a buenas universidades para que ellos llegaran aún más lejos. Las máquinas de coser le dieron a las colombianas los medios para tener independencia económica y educación, lo que a su vez, les dio la fuerza para luchar por sus derechos.

Casi puede decirse que mi familia es lo que es gracias a las máquinas de coser, caballitos de batalla de feminismo de a pie, que le dieron independencia económica y por ende poder sobre sus propios destinos a muchas generaciones de mujeres en Colombia. Hoy las luchas son otras, ya podemos leer y escribir, podemos votar, podemos tener cuentas de banco, podemos tomar anticonceptivos y abortar de manera segura dentro de los tres casos contemplados en la ley. Esto que tenemos hoy las mujeres colombianas se lo debemos a generaciones de mujeres que no se conformaron con los modelos impuestos y decidieron tomar las riendas de su vida, riendas que para muchas eran más bien hilo y aguja, ensartados en una máquina de coser.

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