Paredes blancas

Publicado el 28 de mayo de 2011 en El Espectador.

Libertad de expresión vs. propiedad privada

Mientras el Concejo distrital debate restricciones a los grafitis, hablamos con ediles y grafiteros en busca de un punto de equilibrio entre arte callejero y propiedad privada.

“Las paredes blancas no dicen nada”, se lee en uno de los tantos muros rayados de Bogotá. La sentencia, que parece evidente, hoy se discute en el Concejo de Bogotá. Para algunos, como la concejal Liliana de Diago, del Partido de la U, las paredes blancas sí dicen algo: hablan de orden, de normas cívicas y de cuidado a la propiedad privada. Por eso presentó al Concejo de Bogotá un proyecto de acuerdo “Por medio del cual se establecen normas para la práctica de grafitis en el Distrito Capital y se dictan otras disposiciones”. El acuerdo tiene por objeto establecer lugares autorizados para el grafiti, en el marco de la protección del paisaje y del espacio público de la ciudad. La finalidad es “mejorar la calidad de vida de los habitantes del Distrito, mediante la preservación del paisaje urbano”, “conservar y proteger el espacio público” y “apoyar la expresión artística y cultural urbana de grafitis y géneros equivalentes”.

De Diago dice que el proyecto no prohíbe, más bien trata de trazar un equilibrio entre “el derecho que tienen los grafiteros a exponer su arte y el derecho que tienen los demás ciudadanos de tener un espacio limpio, amable a la vista”. La concejal propone proteger el patrimonio de la ciudad y el espacio público, pues muchos ciudadanos han ido al Concejo a quejarse por el “el mal estado” de sus fachadas.

“Yo estuve en el barrio La Estrada este fin de semana y me quedé impresionada: ¡todo!, calles enteras inundadas con grafitis, pero no de los grafitis artísticos que realmente sean placenteros a la vista de todos los ciudadanos”, dice la concejal evidenciando que la propuesta por regular el grafiti en Bogotá no puede escaparse a la reflexión estética.

¿Qué es un grafiti “placentero” y qué no?

“Si nos ponemos a definir si es arte o no es arte nos quedamos ahí. A un cucho un grafiti le puede parecer una porquería, pero a un pelao de 12 años le puede parecer una chimba”, dice A., uno de los miembros del colectivo Toxicómano. Para él, delimitar los parámetros estéticos del grafiti es, además, inoficioso porque es una expresión que se encuentra en constante cambio y cuando se define ya se ha convertido en otra cosa. “No se puede regular, es tan difícil regularlo que es estúpido. Yo comparo esto con la música, es como hacer un Rock al Parque y decirles que no pueden saltar a más de 90 centímetros. El grafiti está en constante construcción, así que mañana va a cambiar”, añade A. mirando desde un parqueadero de la calle 20 con 3ª su último mural.

“El grafiti es el movimiento actualmente más dinámico en Bogotá, si lo están peleando en el Concejo es porque importa”, dice A. y comenta que tampoco le queda claro cuál es el paisaje urbano que se pretende defender, siendo que el grafiti “se ha vuelto parte de la identidad de Bogotá: tenemos una mezcla de todos los estilos, porque aquí todos somos unos copiones, al final es un sancocho donde se encuentra de todo y por eso se reconoce Bogotá, y la gente de afuera es la que más nota la identidad de la ciudad”. Es decir, hay un estilo en el grafiti bogotano, tal vez el mismo de nuestra arquitectura: el de la hibridación y la mezcolanza, algo que dice mucho de la idiosincrasia de la ciudad. Frente a esta consideración surgen otras preguntas: ¿El grafiti vandaliza los símbolos de la ciudad o construye identidad? ¿Es Bogotá una urbe ordenada de fachadas blanquitas o un monstruo de cemento lleno de color?

Para Darkass, un joven bomber bogotano, el grafiti rescata espacios públicos olvidados. “Queríamos recuperar espacios que se ven muertos y que son de nosotros”. dice. En esto coincide con A., quien comenta “Si hay un grafiti es porque o es un sitio donde no hay control, donde el Estado no está, o es un sitio donde hay un acuerdo. Yo prefiero los sitios abandonados y viejos porque es darle nueva vida al espacio”, señala, y en esa medida, no tiene mucha gracia pintar en espacios delimitados especialmente para el grafiti. “El espacio se renueva, es utilizar la calle y decir ¡también es mía!”. La invasión del espacio público para algunos es una forma de rescate (del espacio y de sí mismos) y un gesto legítimo de apropiación de la ciudad: “Dicen que es espacio publico, pero resulta que el espacio publico es privado”, dice A., “entonces en Transmilenio no se puede ni comer. La calle es el único espacio que hay, y además está siendo invadido es por publicidad”.

Libertad de expresión

El concejal Roberto Sáenz, del Polo, se opone al acuerdo propuesto por su colega Liliana de Diago: “Los grafitis son una forma de expresión que en su esencia es irregulable, son una forma de expresión espontánea de un grupo de personas, en su mayoría jóvenes, que no encuentran otras formas de expresarse”. El concejal Sáenz opina que el grafiti puede ser regulado espontáneamente por la ciudadanía que va sofisticando sus preferencias estéticas, pero que no es el lugar del Concejo tratar de normativizar el grafiti: “En los temas del arte no cabe la sanción moral y no cabe la exclusión. Debe haber una autorregulación del artista para no agredir a otros sectores de la sociedad, pero eso es un proceso íntimo del artista. Por este camino vamos derechito a la censura en todo”, dice el concejal, y opina que el grafiti tampoco contamina el paisaje urbano: “Contaminación visual son la grandes vallas y a esas sí las protegen. Que un chico pinte cualquier frase que llame la atención, que un partido político o incluso grupos por fuera de la ley hagan un grafiti, no es contaminación visual. Lo es cuando una empresa de forma masiva pone su marca por toda la ciudad y la deja por meses, incluso años”.

De Diago propone unos espacios especiales para “celebrar” el grafiti, elegidos por el Distrito y puestos a disposición de los grafiteros bogotanos. Esto no asegura, sin embargo, que los grafiteros decidan usarlos o que dejen otros muros en paz. “El grafiti es una manifestación urbana que se tiene que mantener dentro de lo ilegal, lo contestatario, el anonimato, no tiene que haber una pretensión plástica ni estética, tiene que ser muy espontáneo”, dice Darkass, una definición que claramente no puede constreñirse a unos cuantos muros estipulados por una autoridad. De hecho, la sola idea de escoger unos muros donde sea permitido rayar es muy poco condescendiente con todo lo que el grafiti significa: “la vaina del grafiti es invadir todos los espacios. La gente que está metida en el cuento no se va a ir a pintar a las paredes delimitadas”, dice A.

La convocatoria, además, tiene un carácter incierto porque muchos grafiteros son anónimos, protegidos por un seudónimo: “Es tan preocupante el tema de los grafiteros porque no los podemos identificar”, dice De Diago, y añade: “Ojalá todos salieran a la luz pública, eso sería bueno para todos, para que los puedan reconocer, admirar… y también puede ser una forma de trabajo, ¿cuántas personas quisieran que hicieran un grafiti en su pared? Se podrían legalizar o y trabajar para todos los ciudadanos”.

¿Microempresas?

Esa idea de la “microempresa” grafitera ha sido considerada ya, de hecho, por algunos grafiteros/artistas/pintores callejeros como Ricardo Vásquez, editor y director de la revista Objetivo, sobre grafiti, diseño y arte urbano. Como para sacar la revista necesitaban registrar el ISSN, Ricardo, o Yurika, como se lo conoce en los muros, salió del anonimato y estampó su nombre en un papel oficial. Como resultado, se enfrentó a una demanda por daño de predios privados, que además, según Vásquez, fueron ofrecidos por la misma Alcaldía, aunque después nadie supiera quién en específico los escogió.

A. opina que “los que están detrás de eso [del acuerdo] están haciendo populismo”. Sobre todo porque tampoco considera que el grafiti se pueda regular: “Algunos grafiteros quieren agradar y hacer parche con el barrio, otros quieren rayar, rayar el banco, rayarle la pared al rico, y en esa medida los indignados son los ricos, y esos son los votos que buscan las personas que están moviendo esto”.

Una objeción muy fuerte de los grafiteros es que hay problemas más graves en la ciudad: “por ejemplo, no hay canecas, hay contaminación visual por publicidad que tiene ahí el teléfono del encargado y nadie los llama y nadie hace nada. Hay problemas de indigencia, pocos comedores comunitarios, pocas escuelas, cosas de las que hay que estar pendientes en vez de la señora que le pintaron la fachada y se puso brava”. dice A., con mucha propiedad, pues considera que su práctica gráfica es también un ejercicio político en la ciudad.

Darkass, por ejemplo, comenta que el grafiti disminuye la criminalidad. “Con mi colectivo, Los Detestables, estamos compartiendo en diferentes barrios y en diferentes salones comunales el trabajo que hacemos y enseñando. La misma Alcaldía está apoyando la pintura, los talleres, para que la gente en riesgo de vulnerabilidad no esté en la delincuencia sino que esté generando cosas creativas”. Para A., el simple hecho de salir a rayar es un acto político, “porque no todo el mundo lo hace y hay una decisión involucrada. También hay una protesta, una necesitad de decir algo. En el tercer mundo pasan muchísimas cosas y el grafiti también es un medio de denuncia”, domesticarlo sería, de cierta forma, domesticar estas denuncias que se ven a diario en lo que Darkass llama “el periódico constante que está en la calle”.

El dilema más importante que presenta este debate es el enfrentamiento entre la libertad de expresión y la propiedad privada. Al respecto, Jaime Caycedo, el concejal que presentó la ponencia en contra de la de la concejal Liliana de Diago, dice que el derecho a la libertad de expresión prima sobre el derecho a la propiedad privada. Caycedo también señaló el miércoles pasado, cuando se debatía este proyecto en el Concejo, que había muchas lagunas jurídicas y que afirmar que hay lugares autorizados para el grafiti implica que haya lugares prohibidos.

Por lo pronto, el proyecto se votó favorable el miércoles y pasará a un segundo debate. El articulado, que ha sido modificado varias veces, estipula que para rayar las paredes de propiedad privada se necesita un permiso expreso, firmado por los propietarios, y que no se regulará el contenido de los grafitis.

Los grafiteros entrevistados, Darkass, Yurika Mdc, Gris, Pez Barcelona y A., del colectivo Toxicómano, coinciden en que aunque el acuerdo pase será casi imposible ponerlo en práctica. Nadie dice que no pintará en las paredes estipuladas por el Distrito, pero todos afirman que estos espacios no van a desincentivar los rayones en el espacio público ni van a atajar el movimiento grafitero bogotano de ninguna manera.

“Pienso que sí, el grafiti está mal. Por eso es que es tan bacano”, dice A., y después de una pausa continúa: “Hay muchas cosas que están mal. Al final el grafiti no le hace daño a nadie. La gente en teoría tiene derecho a tener su pared limpia y a miles de cosas, pero los grafiteros no somos no somos un modelo de virtudes. Lo que hacemos es una expresión de rabia, pero es una expresión pacífica”. Pacífica porque no están agrediendo a nadie, han pasado, como dice A., “del grito al discurso” para ejercer la principal función democrática del grafiti: opinar sin violencia y dejar que las paredes hablen.

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One comment

  1. Esa violencia, la del vecino que pone el radio a todo taco, la del man que fuma en el apartamento, la del pelao que le raya la casa a otra persona, la de la señora que no recoje la caca del perro cuando lo saca a pasear.

    Esa violencia en apariencia tan chiquita, ese desprecio por los demas. Ese “pero si yo estoy pasandolo bomba, entonces que importa el resto de la gente?”, esa es la violencia de donde salen los uribes, los ordoñez, los monseñores y toda la plaga que tiene y tendra hasta que los hielos milenarios acaben con esta payasada, jodida a colombia.

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