Yo también tuve 20 años

Columna publicada el 1 de julio de 2011 en El Espectador.

Durante mi vida he tenido una serie de garantías que me parecen obvias y a las que no estoy dispuesta a renunciar.

Asumo con toda naturalidad la posibilidad del matrimonio, la unión libre y hasta el divorcio, creo que nadie puede imponer su pensamiento sobre mi conciencia, he desarrollado mi personalidad libremente, me gusta decir lo que pienso sin recelos, y si en alguno momento siento violados mis derechos puedo llegar a considerar instaurar una acción de Tutela.
Yo nací en 1982. En ese entonces, y era muy pequeña para saberlo, pero estas garantías que yo veo como un mínimo básico de mi ciudadanía, no las tenía. Antes de 1991 había que optar por la separación y no por el divorcio, la violencia sexual contra la mujer no estaba tipificada y teníamos un Estado confesional católico en donde se enseñaba como verdad que Eva era una seductora desnuda culpable del pecado primigenio de la humanidad. Solo hasta 1991, con la nueva Constitución, se creó un mecanismo de participación ciudadana como la Tutela, que si bien es engorroso y no siempre es eficiente, sigue siendo una posibilidad para que el ciudadano de a pie haga valer sus derechos.

Antes de 1991 había cortes marciales para juzgar civiles, se declaraba estado de sitio por cualquier capricho presidencial, no había espacios reales de participación para los ciudadanos, a los candidatos presidenciales se los asesinaba como si nada, los indígenas eran unas curiosidades sin mayoría de edad, y las diferencias políticas se resolvían alzándose en armas. Si bien Colombia está lejos, muy lejos de ser ese país que pinta la Carta, a mí, esa Colombia previa se me dibuja inaguantable.

Colombia previa a la Constitución de 1991 no garantizaba libertades individuales, ni libertad de conciencia, ni el libre desarrollo de la personalidad. Creo que este último en particular es un derecho sin el cual mi vida, y la de muchos, habría sido una sarta de hipocresías para ajustarse a un molde, una vocación de infelicidad.

Creo que si bien el país que se soñó en el 91 dista mucho de este en el que vivimos, violento, desigual, frustrante, sub-aprovechado, el hecho de que ese ideal esté enunciado en una Carta Constitucional nos da la legitimidad para exigirlo.

Cuando yo tenía 20 años un profesor preguntó en clase que cuál era el motor de una flecha. El arco, dijeron algunos, el brazo, dijeron otros, y no, contestó él, verdadero motor de una flecha es la diana, el lugar al que se apunta, y el deseo de alcanzarlo. Eso es justamente la Constitución del 91, un modelo ideal de país, una dirección propuesta. Y si bien todavía no se ve totalmente en la práctica, la ambición está planteada, y para alcanzar un destino, primero hay que soñarlo.

Anuncios

One comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s