El papel del canalla

Columna publicada el 1 de septiembre de 2011 en El Espectador.

Dicen que las paredes son el papel del canalla. Una inmensa ironía en Colombia, donde tantos canallas se descubren por los papeles que firman.

Ese dicho, sin embargo, es tomado en serio por algunos y, como refrán popular le da peso a esa ecuación traída de los cabellos en la que grafitero es igual a vándalo, y vándalo igual a delincuente. Ese pudo ser el prejuicio que operó en la mente del policía que le disparó a Diego Becerra y el de muchos que asumen que los grafiteros, por ser muchachos que corren en la noche, no se traen nada bueno.

Quienes no creen que son delincuentes dicen que son vándalos, que ensucian la ciudad, que dañan la propiedad privada, la casita que con tanto esmero se pintó. Por eso hace poco se pasó en el Concejo de Bogotá un proyecto para regular el grafiti en la ciudad, cuya premisa básica era acordar con los grafiteros unos espacios donde les estuviera permitido rayar. La concejala Liliana Diago incluso sugirió que podían pasar de pintores callejeros a decoradores de fachadas. Más allá de si este inverosímil proyecto pasa en el Concejo, es interesante cómo se cree que se puede domesticar el grafiti, que se puede pasar de lobo a French Poodle con moño, y que eso, es la civilización.

Acordar con los grafiteros lugares “donde esté permitido rayar” traiciona la definición de grafiti. El grafiti es un gesto de rebeldía, una altanería frente al sistema, por eso es clandestino. Al llamar a los grafiteros a que sean “cívicos” se confunde civilización con domesticación, y si bien son parecidas, no son lo mismo: domesticar tiene que ver con la sumisión, y civilizar con la convivencia.

“Pero entonces que hagan grafitis bonitos” dicen algunos. Yo me pregunto bajo qué estándares estéticos se juzga que un grafiti es bonito. ¿Por la técnica? ¿Por la armonía? ¿Usaremos para el grafiti las mismas categorías que usamos para las porcelanas de las tías? No todo lo bello es a la vez bueno y verdadero, esa es una triada pasada de moda, tendenciosamente católica, y que pasa desapercibida en nuestro imaginario como la alfombrita de crochet que coge polvo sobre el televisor. No todo lo bonito es armonioso, a veces la belleza se esconde en lo deforme y en lo terrible. Y no todo lo bueno es correcto, de esto es ejemplo el grafiti, que justamente, solo puede ser bueno si es incorrecto.

No se si pueda decirse que el grafiti es arte. Hay arte basado en el grafiti (como la obra de Jean Michel Basquiat), hay grafiti que se vuelve arte, hay grafiti que no. Lo que tienen en común el arte y el grafiti es que ambos viven de cuestionar sus propias definiciones. Un “tag” (una variante del grafiti que consiste en marcar los muros con el nombre del grafitero), por sencillo o torpe que sea, tiene un valor estético por ser un gesto y un testimonio de la voluntad de un individuo, eso es suficiente. El grafiti es un una huella efímera de los procesos de la ciudad, de sus recorridos, una colonización de los espacios vacíos y negados, a veces política, a veces decorativa, a veces ambas.

Sí, la gente tendrá que volver a pintar sus fachadas, es solo una de las vicisitudes de vivir en la ciudad, y es un pequeño precio por la libertad de expresión. Los grafiteros saben que lo que hacen está en el borde de lo legal y por eso van preparados para, en el peor de los casos, terminar en la UPJ. Sin embargo, muchos resultan golpeados y agredidos por un prejuicio estético que se vuelve moral y que pone la propiedad privada por encima de la libertad de expresión, el libre desarrollo de la personalidad e incluso hasta la vida; todo porque a alguien le pareció que eso que hacía el grafitero no era bello, verdadero, y bueno.

Pata: Notable la asistencia material y virtual al foro sobre Consumo de drogas Bogotá para los candidatos a la alcaldía el pasado miércoles en la Javeriana. Es alentador ver que se dé un debate serio en el que el interés de los jóvenes es evidente. Estuvieron presentes Mockus, Petro, Aurelio Suárez y Dionisio Araujo, Gina Parody, que había confirmado canceló cinco minutos antes, ¿orden en Bogotá, desorden en la campaña?

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