La pasión del fútbol te da en la jeta

Columna publicada el 11 de agosto de 2011 en El Espectador.

Hernán Darío Gómez, el Bolillo (¡bolillo!) le dio una golpiza a su acompañante en un bar y todo indica que el incidente pasará sin mayores consecuencias.

El Bolillo presentó el martes su renuncia después de la presión de Bavaria, uno de los patrocinadores de la Selección. Ayer, la Federación Nacional de Fútbol tras 7 horas de deliberaciones, decidió aplazar su decisión para esperar solapados a ver si Colombia gana el Sub 20, y a todos se nos olvida que el Bolillo Gómez es un patán sin autoridad moral para exigirle la más mínima disciplina a sus jugadores, y un fiel representante de miles de maltratadores (probablemente hasta su héroe).

Según la senadora Liliana Rendón las mujeres somos unas provocadoras, Evas malvadas capaces de acciones tan viles que solo pueden ser ajusticiadas con un puño. Rendón también afirma que eso que hizo el Bolillo, pegarle a una mujer en un espacio público, fue un asunto personal, seguro una de esas querellas de pareja, una ocasión en que el macho apasionado reaccionó mal, un problemilla de la vida privada que no amerita que un hombre pierda su trabajo. Sería fácil descartar las declaraciones de una señora incongruente que defiende al Bolillo aún a pesar de sí misma, pero tristemente ella está a tono con medio país, que prefiere la continuidad técnica de un equipo de fútbol que todavía vive de las glorias del 5-0 con Argentina, antes que la defensa de los derechos de las mujeres.

Creo que hay que ser enfáticos en afirmar que el maltrato a las mujeres no es un asunto privado, es un problema de todos los ciudadanos, una violación de derechos y un problema de salud pública. Cuando le pegan a una mujer le pegan a todas las mujeres, y a todas las hermanas, madres e hijas de todos los hombres de ese país. El maltrato a las mujeres no es un juego de cama, las prácticas sadomasoquistas, por ejemplo, se dan por consenso mutuo, pero ninguna mujer (así la Senadora Rendón crea lo contrario) está pidiendo una golpiza. Es muy importante solidarizarse con todas las mujeres maltratadas porque nadie sabe quién puede ser mañana víctima, o incluso, cuántas mujeres que conocemos no se guardan el dolor de un ojo morado. Justamente por esa falta de apoyo social es que muchas, como la acompañante del Bolillo, no denuncian a sus atacantes y se crea un ciclo de impunidad que perpetúa la violencia.

Durante estos días se ha planteado el escenario de que el Bolillo le hubiera pegado a un hombre, si sería más o menos grave, si el problema de género es gratuito, e incluso se ha dicho que el incidente está siendo usado como una estrategia de propaganda para defender los derechos de la mujer. Es claro que todo tipo de violencia es reprobable, pero esto no quiere decir que sea lo mismo pegarle a un hombre que pegarle a una mujer. La violencia contra las mujeres tiene una tradición histórica y una permisividad cultural que no pueden aislarse, así como no se puede omitir, en aras de la igualdad, que las mujeres son (salvo casos excepcionales) más pequeñas y menos fuertes que los hombres. Los hombres que le pegan a las mujeres lo hacen porque no nos respetan y eso se engendra en una sociedad que nos objetiza y convierte nuestros cuerpos en focos de maltrato físico y simbólico. Para hablar de igualdad de género primero hay que lograr esa igualdad en la práctica, con 54.192 casos de violencia contra las mujeres en parejas (según cifras del 2009) esas postulaciones teóricas se ven como un cuento de hadas.
Solo hasta el 2008 salió una ley que brinda garantías a las mujeres maltratadas, pero la ley todavía no se ha reglamentado, rara vez se pone en práctica, y ni siquiera aplica a casos como el del Bolillo pues no es un episodio de violencia intrafamiliar que es a lo que se refiere la ley (no se le puede pegar a la esposa pero sí a la moza). A falta de una ley eficiente queda el repudio social, que rara vez se ve en masa en casos de maltrato a las mujeres, pero que hoy se hace importante porque en Colombia, cuando se trata de fútbol, nadie cambia el canal.

Pero el repudio social no ha sido suficiente, y el revuelo solo ha dejado ver un machismo grosero que no distingue clase, ni raza, y ni siquiera género. Un machismo que permite que el D.T. de la Selección Colombia, dizque símbolo de unión y pasión de los colombianos, sea un violador de derechos, un cobarde, un escupitajo en la cara de todos los hombres y mujeres de este país, aún de los que lo apoyan. Un pathos que más que pasión es patología. Suena como un puño cuando gritan “Gol”.

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