La vida, la muerte y la microgerencia

Columna publicada el 22 de septiembre de 2011 en El Espectador.

“Me van a matar, ayúdeme Señor Presidente”. Y ¿qué puede hacer o decir un presidente al respecto? Nada, contestará Uribe, a quien se lo dijeron dos veces, que sepamos, y ambas súplicas terminaron en muerte.

Eudaldo “Tito” Díaz advirtió en un consejo comunitario en Sincelejo, el primero de febrero de 2003, que había un plan para matarlo. Así, en vivo, en la cara de Uribe, cuya expresión no alcanzo a imaginarme, acusó al gobernador del departamento, Salvador Arana, de un atentado contra su vida. Uribe le dijo que no fuera irrespetuoso. A pesar de sus denuncias el 11 de abril de 2003 fue asesinado. Sorprende que Uribe, tan eficiente en los consejos comunitarios para saldar pleitos de robos de gallinas y tan presto a ordenarle a sus ministros que se ocuparan de las quejas, no hiciera nada esta vez. O bueno, de hacer, hizo, nombró a Arana embajador en Chile, pero no por mucho tiempo porque ya fue condenado a 40 años de prisión por este asesinato.

También circulan por estos días las dos cartas que Alfredo Correa de Andreis le mandó al expresidente pidiéndole que lo protegiera de los abusos que estaba siendo objeto. “Esto es una pesadilla, incomparable como violación de todos mis derechos ciudadanos. Confío en que usted no solamente leerá esta carta sino que en perspectiva humana, orientará rumbos justos para que nadie más en este país sufra y de qué manera, como mi adorada y ejemplar familia.” Correa de Andreis era un recordado sociólogo, investigador y profesor cienaguero que hablaba en sus clases con la candidez con la que habla la gente que no vive en un régimen. Correa de Andreis fue detenido bajo la sindicación de rebelión. El jueves 17 de junio de 2004, fue a la cárcel acusado de ser un ideólogo de la guerrilla, unas semanas más tarde fue absuelto de todos los cargos. El 17 septiembre un sicario lo mató en la puerta de su casa.

Pudieron pasar dos cosas con estas cartas: o bien Uribe las leyó o no las leyó. Supongamos que no las leyó, que se traspapelaron en Palacio. Eso implicaría decir que la cadena de información al interior de la Presidencia era de una negligencia extrema. En todo caso las cartas tienen sellos de recibidas, lo que implica que alguien las leyó. ¿Quién fue el desalmado que dejo pasar este llamado sin atenderlo, cuando, además, lo único que habría tenido que hacer era rotar la voz? La otra posibilidad es que Uribe las leyera y las ignorara por ser unas de tantas. Pero no eran unas de tantas, el caso de Correa de Andreis era un caso importante y sonado, se sospechaba que el DAS estaba detrás del asunto y por su muerte se acaba de condenar a Jorge Noguera, el buen muchacho del ex Presidente, ¿como pudo serle indiferente?
“Yo no conocía esa carta, una carta que al leerla esta semana me pareció amable, de un compatriota luchador de la democracia, mucha gente de izquierda cuando me ha conocido ha tomado la decisión de hacer política conmigo”, dijo Uribe por estos días. Se salvó Correa de Andreis de que Uribe lo invitara a hacer política, y nunca sabremos si hubo negligencia, indiferencia o maldad, pero, ¿qué excusa puede darse para el caso de Eudaldo Díaz?

Ahí estaba Uribe, atendiendo él mismo a su pueblo, con la futura víctima y su asesino en frente. ¿Preferirá Uribe decir que fue negligencia o impotencia? Dirá que su trabajo no era andar por ahí salvando gente, como Supermán, y que mejor traer la paz a Colombia levantando la voz y el puño. Pero, ¿no hay una exigencia moral implícita en cada llamado de auxilio? ¿Con qué tipo de ética puede uno quedarse impávido cuando alguien dice “ayúdame, me van a matar”? ¿No debería esta súplica tomarse siempre en serio, aún cuando después resulte falsa? Tal vez uno no puede hacer nada, me dirán, pero y sí uno no quiere poner en peligro su propia vida por salvar a alguien. Ninguno era el caso de Uribe, que tenía poder para impedir el asesinato, y que podía hacerlo sin poner en peligro su vida. ¿No que su fuerte era la microgerencia?

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