Recoger café

Columna publicada el 25 de agosto de 2011 en El Espectador.

Cuatro adolescentes en la calle y uno hace graffitis, Tripido, o Diego Becerra, un joven que estudiaba en el colegio de la Universidad El Bosque.

Uno de los jóvenes vigila, ve venir unos policías y los alerta para que corran. Corren. La niña se cansa y para, los policías, que los persiguen, la pasan de largo. Dan un disparo al aire. Los chicos se detienen. Los policías los agarran. Diego forcejea, y argumenta que su amigo no estaba dibujando, que solo era él. Los policías discuten sobre qué hacer y Diego se les escapa. Corre 1.80 metros, y lo alcanza una bala. Por la espalda.

El otro chico corre asustado y se detiene. Se pregunta ¿por qué tiene que correr? Se devuelve y ve a su amigo en los brazos de uno de los policías que lo suben a un carro particular para llevarlo a la clínica. Corre a avisarle a los padres de Diego. Los otros jóvenes han llegado a sus casas y les informan que Diego está en la clínica y todos se van para allá. La clínica la encuentran llena de policías que han acudido tan rápido como una gavilla de taxistas. Los chicos le dan declaraciones a los policías, caminan entre ellos como ciudadanos libres. Diego ha muerto.

Y a la mañana siguiente la policía dice que la persecución ocurrió porque los cuatro muchachos estaban robando una buseta, que Diego estaba armado, que trató de disparar. Pero de la buseta no aparecen ni los pasajeros, ni los objetos robados, ni la pistola, ni el busetero que no ha vuelto a materializarse después de poner el denuncio.

Es inexplicable que, si los jóvenes estaban robando, pudieran caminar entre tantos policías sin ser apresados y que a Diego le dispararan por la espalda si fue defensa propia. Uno querría que la versión de la policía fuera más verosímil, pero no hay que ser ningún sabueso para notar sospechoso a un cuento tan barato e insustancial como ese. Querría uno más imaginación, mayor finura en la lógica causal, como para mantener viva la esperanza en el buen criterio de la policía, pero no, lo que había esa noche en Pontevedra era unos tipos sin criterio, y armados.
Ante los reclamos en Twitter el Community Manager de la policía contesta: “¿Y quién dice que no estaba robando? Ahhh verdad los papás y amigos, los que por obvias razones lo defienden.” Y más allá del cinismo cochino de esa frase lo inaudito es que se asuma que si los pelaos eran ladrones se merecían el disparo. Lo mismo que Uribe, cuando sobre los asesinatos de Estado, mal llamados falsos positivos, dijo que “No estarían recogiendo café”. Pero es innecesario recoger café para ganar el derecho a la vida, porque el derecho a la vida es inherente.

Existe esa idea de que unas muertes son inmerecidas, pero otras sí. Como señala el bloguero Miguel Olaya, cuando se dice que una muerte es injusta, esta afirmación implica que hay muertes justas. Y ¿quién decide cuáles muertes son justas?¿Uribe? ¿Un comité de ética? ¿Los policías? Cuando la verdad es que toda muerte es injusta y dolorosa, que nadie puede decidir sobre el valor de la vida de otra persona. Ni a los ladrones debe la policía dispararles.

Este no es un caso aislado, ya van muchos escándalos que bastan para dudar de la policía, entre esos el video de la tortura y asesinato de una perra y la expulsión y calumnia de Sandra Mora por declarar abiertamente su orientación sexual. Seguro hay muchos buenos policías en Colombia, pero también hay muchos que son crueles hasta lo psicópata, impulsivos, prejuiciosos, y tentados al abuso de autoridad, por ejemplo, es común que si uno toma fotos en lugares públicos un policía se acerque y diga que eso no se puede cuando ninguna ley lo prohíbe. Todos sabemos de al menos un policía sobornado para evadir una multa, conocemos de cerca esa ética porosa, sabemos que claramente no están capacitados para la mediación de conflictos y sin embargo son ellos los portadores de armas de fuego.

Hoy los muchachos que acompañaban a Diego tienen mucho miedo. Piensan que si la policía puede inventar tantas cosas, quitarle a su amigo la vida y la dignidad, es capaz de todo y por eso ellos temen a quienes deben protegerlos. Solo queda tenerles miedo ya que así no hay forma de tenerles respeto.

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