Sobredosis

Columna publicada el 18 de agosto de 2011 en El Espectador.

Pronto nadie se podrá fumar un porro (ni nada) en Colombia, ni en la calle, ni en los parques, ni en la privacidad de la casa, todo gracias al nuevo Estatuto Nacional de Drogas y Sustancias Psicoactivas. Quien se atreva probablemente terminará recluido en un centro de rehabilitación con cámaras, policías y en contra de su voluntad.

El artículo 29 del Estatuto habla sobre la prevención general al consumo en lugares abiertos a los ciudadanos. Allí se dice que “se prohíbe el uso y consumo de sustancias psicoactivas ilícitas en lugares públicos o abiertos al público”. Esto deja sin posibilidades a los consumidores de este tipo de sustancias incluso en lugares privados como discotecas, bares, hoteles, o públicos como parques o calles. Por otro lado, El artículo 20 habla de la prohibición del consumo en ambientes laborales. Allí se prohíbe a todos los trabajadores y contratistas presentarse al sitio de trabajo bajo el influjo de sustancias psicoactivas, portarlas, consumirlas. A esto le sigue una capciosa definición de “lugar de trabajo”: “Lugares conexos o anexos y vehículos que los trabajadores utilizan para su desempeño laboral”, una definición que abarca aquellos lugares que son residencia para unas personas y lugar de trabajo para otras. Parece imperar la idea de que si no hay escenario para el consumo, el consumo se detendrá, una hipótesis que se ha probado falsa una y otra vez a lo largo de la historia y totalmente contra-intuitiva; el que quiere besar, busca la boca.

El Estatuto también hace una tipificación ingenua, y hasta irrespetuosa, de los involucrados pues solo se consideran dos tipos de usuarios, el consumidor y el no consumidor. En la realidad esos no consumidores, impolutos, son pocos, ¡que tire la primera piedra el que nunca haya probado una sustancia!. En cuanto a los consumidores los hay experimentales, recreativos, habituales, compulsivos, problemáticos y dependientes, todos con naturalezas muy diferentes, algunos con potencial de producirle daños a terceros, otros totalmente inofensivos. La policía (que en general tampoco distingue entre tipos de consumidores, los estigmatiza, y los condena moralmente) estará ocupada persiguiendo adolescentes ociosos, peperos recreacionales y otras especies inocuas de la amplia fauna de consumidores de sustancias, en vez de protegernos de episodios violentos, atracos y golpizas que son el pan de cada día de las noches colombianas.

Actualmente el porte y consumo de la dosis personal está vigente y está siendo amenazado por acto legislativo 002 de 2009 que busca, entre otras acciones, obligar a los consumidores a someterse a tratamiento. ¿Qué tipo de tratamiento puede ser ese cuando todavía se cree que los consumidores son delincuentes o enfermos, y peor, inmorales? ¿Quién garantiza que se respeten sus derechos? Los tratamientos para la adicción a psicoactivos deben basarse en el principio de que la adicción es una enfermedad administrable o tratable y no una falta moral o un delito.
Hay muchas maneras de combatir el problema del narcotráfico y el del abuso de sustancias. La más sensata es empezar por reconocer que no son lo mismo, que el narcotráfico se puede desmantelar, pero no es realista acabar con el consumo (que existe desde la prehistoria y se da transversalmente en todas las culturas). Es mucho más inteligente, como ya lo han propuesto varios sectores, destinar el 40% de los bienes incautados al narcotráfico para la prevención, mitigación y superación del consumo, así como para la generación de oportunidades para las poblaciones vulnerables. Porque, entre otras cosas, la violencia y la delincuencia son obra de los individuos, no de las sustancias que consumen, eso es como culpar del muerto a la pistola, es poner la responsabilidad en el medio y no en el origen de la violencia.

Un Estatuto con tal desconocimiento de las dinámicas de consumo trivializa el problema del abuso de sustancias, lo reduce a un maniqueísmo propio de cuentos infantiles y genera un espacio propicio para que los colombianos, que ya somos expertos condenando en público lo que hacemos en privado, llevemos nuestra doble moral hasta la sobredosis.

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