El mariachi

Columna publicada el 30 de noviembre de 2011 en El Espectador.

Las recientes declaraciones de Santos en Londres sobre la guerra contra las drogas parecían alentadoras. “Si eso necesita legalizar, y el mundo cree que es la solución, yo estaría de acuerdo. No me opondría”.
En realidad no había mucho que celebrar. Santos es, sin lugar a dudas, un maestro del condicional. Dijo que sí pero que no, hablar en vez de hacer, también pero tampoco. Por supuesto, para los liberales de The Guardian (periodistas y lectores) las tibias declaraciones fueron como una serenata. A pesar de que fuera tan ambivalente, la declaración alcanzó a ser esperanzadora, es lo más pro-legalización que un presidente de Colombia ha dicho en los últimos 9 años, y la llegó en un momento en que por fin se empieza a reconocer mundialmente que la guerra contra las drogas es un fracaso, como lo confirma la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia, conformada por varios ex-presidentes latinoamericanos, entre esos César Gaviria.

Pero Santos es como un espejo mágico que muestra solo lo que cada uno quiere ver. Mientras se daban estas declaraciones el Ministro de Defensa convencía a las altas esferas militares de Estados Unidos sobre la necesidad y de continuar con el Plan Colombia para acabar con el narcotráfico. Transnational Institute y ATS (Acción técnica social), ONGs que hacen seguimiento a políticas de drogas en Colombia, se reunieron el lunes con el Ministro del Interior para discutir las declaraciones del presidente. Vargas Lleras fue enfático en decir que los medios y la comunidad han malinterpretado las declaraciones y que Colombia no va liderar ningún cambio.

Que no íbamos a liderar nada ya lo sabíamos, Santos dijo que no estaba dispuesto a ser crucificado. Pero no se entiende cómo puede el presidente dar esas declaraciones y a su vez pasar un Estatuto que endurece la penalización del consumo, todo lo contrario a abrir el debate sobre la legalización. El nuevo Estatuto de Seguridad Ciudadana (que ya fue aprobado en el Congreso) abre la puerta a la penalización de la dosis personal, y el Estatuto Nacional de Drogas y SPA borra de tajo la idea de la dosis personal, criminaliza el consumo de sustancias por parte de mujeres embarazadas, exige que los dueños de los bares reporten el consumo y hasta criminaliza la posesión de semillas de marihuana. Este Estatuto está en manos del Viceministro de Justicia quien decidirá si se envía o no al Congreso.

El debate sobre la legalización florece divinamente en la academia pero no se refleja en la legislación y mientras tanto la prohibición le da su razón de ser al narcotráfico. Sin embargo parece que la legalización, para Santos, es un asunto de dientes para afuera, una carta para posar de progresista cuando le convenga, un desabrido “sí, mi amor” a la cantaleta liberal. Irónicamente la estrategia parece salida de donde los Mariachis: “A todos diles que sí, pero no les digas cuándo.” Pero darle seriedad política al debate de la legalización es inminente. Tarde o temprano (ojalá temprano) Santos tendrá que decirnos cuándo.

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