El pesebre o nada

Columna publicada el 7 de diciembre de 2011 en El Espectador.

Hace poco en el ICBF revocó la adopción de dos niños al enterarse de que el adoptante, el norteamericano Chandler Burr, es gay. En 2008 la Corte Constitucional tuvo que intervenir porque el ICBF le negó la adopción a una pareja de lesbianas. Mientras tanto, más de 8500 niños crecen solos en el Instituto de Bienestar Familiar. El prejuicio de la homofobia deja a muchos niños sin hogar.

El Código de la Infancia y Adolescencia no dice que la orientación sexual sea un criterio de idoneidad para adoptar. En Colombia alguien gay y soltero puede hacerlo, y se podría en pareja si la Corte no le hubiera pasado la papa caliente del matrimonio igualitario al Congreso. Sin embargo, el prejuicio ha probado ser más fuerte que la ley y no permite que niños que buscan un hogar y adultos que lo ofrecen puedan encontrarse.

“Pero una pareja gay no puede ser una familia, al menos no con hijos.” ¿Por qué? “Por el ejemplo.” ¿Qué ejemplo? Y aquí hay un silencio. El interlocutor conjetura varias cosas y trata de escoger la menos incorrecta para dar una respuesta. Imagina a dos personas del mismo sexo en la cama y eso lo inquieta. Piensa que no es normal. Que al niño también le parecerá raro. No se da cuenta de que los niños están apenas construyendo su idea de “normal” y no tienen por qué adherirse a ese proyecto fracasado de normalidad. Menos cuando su idea de normalidad se debe parecer mucho al abandono.

“Es que no es natural, los homosexuales no deben tener hijos porque no pueden reproducirse.” Pero entonces eso debería ser extensivo a las mujeres infértiles y ahí sí que nadie podría adoptar. Después viene aquello de “es que las parejas gay no son estables, hay mucha promiscuidad”, pero no, o por lo menos las parejas gay no son más o menos estables que las heterosexuales. Ser heterosexual no garantiza poder brindar ese modelo de familia pesebrero de papá, mamá, hijo y mascota. Desde hace generaciones ese estándar no se cumple. La mía nació de madres solteras o en familias divorciadas, y aquí estamos, bien y mal criados, prueba de que la sociedad no colapsa si no crecemos todos con papá y mamá.

Y sale finalmente el oscuro prejuicio que se esconde detrás de la argumentación barata. Que la homosexualidad se pega. Que si a un niño lo crían padres gay crecerá para ser un homosexual. Ellos le impondrán una orientación sexual sin siquiera preguntarle, y el niño será mariquita o marimacha.
El prejuicio es absurdo y ofensivo. Primero no tiene nada de malo que un niño sea homosexual. Segundo, quienes tienen un historial de imponer una orientación sexual en sus hijos son los padres heterosexuales, sin suerte, pues la mayor prueba de que la orientación sexual no se pega es que los gays son, salvo raros casos, hijos de heterosexuales.

No hay argumentos para afirmar que los homosexuales no pueden ser buenos padres. De hecho es tenebroso y ridículo asumir que las capacidades de alguien para amar y criar un hijo dependen de su orientación sexual. La homofobia es un miedo sin sentido, un capricho que no debe ser suficiente impedimento para que un niño tenga una familia.

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