Los tiempos cambian

Columna publicada el 21 de diciembre de 2011 en El Espectador.

Los “jóvenes de hoy” hemos sido acusados de ser mimados, flojos, autoindulgentes y narcisistas, de estar distraídos con la tecnología, a la que además se ha culpado de que seamos apáticos y tengamos déficit de atención.

Siempre se ha despotricado de la generación más joven, de los chicos que perdieron su norte por escuchar rocanrol, de los hippies que botaron la vida fumando marihuana, de los niños adictos a los videojuegos y a la televisión que ya no están en contacto con la naturaleza. Ahora es el turno de los jovencitos superficiales que no pueden terminar una frase sin leer un mensaje en sus teléfonos.

Irónicamente, las críticas a los “jóvenes de hoy” vienen de la misma generación que cantó con Bob Dylan “Vengan madres y padres de todas partes, y no critiquen lo que no pueden entender. Sus hijos e hijas están por fuera de su control, su camino pasado envejece. Quítense del medio en el nuevo si no nos van a dar una mano. Porque los tiempos cambian.” La canción solo prueba que la historia se repite y que las críticas vienen de una resistencia al cambio y de una incomprensión generacional.

Esas quejas, cada vez más recurrentes, evidencian que se ha delineado una nueva generación. La prensa anglosajona ha llamado “Millenials” a los nacidos después de 1980, los que alcanzamos la mayoría de edad en el cambio de milenio. Gran parte de los padres de clase media y alta de los nacidos después de 1980 animaron a sus hijos a explorar sus intereses y talentos, a estudiar carreras alternativas a las tradicionales (ya que a ellos su padres no los dejaron), les dijeron a sus hijos que podían alcanzarlo todo, los llevaron al psicólogo, a cursos de autoayuda y les compraron bibliografía ilustrada para explicar la primera menstruación.

Los nacidos después de 1980 somos nativos digitales, o migrantes digitales (que vivimos nuestra niñez en un mundo análogo y en la adolescencia la transición al mundo digital). No necesitamos memorizar porque el conocimiento colectivo está en Internet, al alcance de la mano, en nuestro teléfono. Nuestra concepción de realidad es también una concepción de su opuesto: la virtualidad. Nuestros procesos de aprendizaje no se basan en reglas o aproximaciones metódicas sino en ensayo y error: la misma técnica de aprendizaje que se usa en los videojuegos donde perder sirve para entrenarse y subir de nivel en el juego. Para esta generación hacer dos y tres cosas a la vez es natural; la mente permanece en un zapping continuo. Este pensamiento no lineal no es herético, es una respuesta a un mundo al que modelos de pensamiento tipo causa-efecto le quedaron chiquitos.

No es que estas formas de interacción con el mundo sean exclusivas de los sub-30, son simplemente las formas que exige el mundo en que vivimos, necesarias en un escenario híbrido donde conviven procesos análogos y digitales, para el que los “jóvenes de hoy” están mejor preparados que nadie. Frente a esto se pueden hacer dos cosas. La primera es criticar y condenar a una generación, desahuciarla con la correspondiente carta de renuncia a un mundo que para bien o para mal ha cambiado, plantea nuevos retos y exige otras habilidades. La segunda opción es adaptarse y entender que todos esos mal llamados defectos de la generación del milenio son también sus grandes cualidades.

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