Algo tan feo en la vida de unos señores bien

Columna publicada el 11 de enero de 2012 en El Espectador.

Una rara sensibilidad al ruido han desarrollado los barranquilleros del barrio Alto Prado, uno de los más elegantes de la ciudad. Según algunos habitantes del barrio las discotecas Sky bar y Studio 54 eran particularmente estruendosas y por eso interpusieron una tutela alegando contaminación por ruido.

Lo curioso es que no son las únicas discotecas del barrio, a la vuelta queda Moy’s un bar restaurante que anuncia tener “la mejor rumba” y que organiza con frecuencia presentaciones en vivo. Tampoco es la primera vez que hay discotecas en esta zona, de hecho, en las casas donde funcionan Sky y Studio 54 ha habido discotecas desde los 90. Por otro lado no son los únicos bares que funcionan en un barrio residencial, Frog Legs, una de las discotecas más antiguas y conocidas en Barranquilla está rodeada de casas con antejardines donde se sientan las abuelas y juegan los niños.

Ante todo me intriga desde cuándo a mis coterráneos les incomoda tanto el ruido de las discotecas. Estoy segura que si se hiciera el experimento de medir los decibeles de cada esquina en cualquier viernes de pre-carnaval encontrarían que con frecuencia se pasan los límites legales permitidos para el ruido en el espacio público y a nadie le molesta. Cómo será de común la música con alto volumen en la ciudad que cuando el DAMAB (Departamento Técnico Administrativo del Medio ambiente de Barranquilla) fue a hacer la medición del ruido de estas discotecas desde la casa de uno de los quejosos, la medición no fue posible por la bulla de la fiesta de la casa de al lado. Cuando al viernes siguiente hicieron de nuevo la medición al ruido de estos bares, esta dio 41.5 decibeles, por debajo del límite, que es 65.

A pesar de todo, la jueza María Paulina Díaz-Granados Hernández ordenó cerrar los bares y de paso en el fallo dio una luz sobre las verdaderas razones que tuvieron los vecinos para interponer la tutela. En documento dice que el cierre se debe a la “problemática de orden público e inmoralidad en el sector” una apreciación personal ambigua, que nada tiene que ver con el ruido y que se aclara cuando más adelante prohíbe “los actos sexuales entre hombres” algo que, aunque atroz, es un respiro de franqueza. El fallo deja clarísimo que así en el Country Club de Barranquilla (que queda en el mismo barrio) se argumente con vehemencia que el problema es el ruido, todos sabemos que la molestia que producían estas discotecas tiene que ver con la orientación sexual de su público y los prejuicios de una comunidad que parece olvidar que en el Prado de Barranquilla también viven homosexuales.

Que una jueza le prohíba a los ciudadanos tener relaciones sexuales con otros ciudadanos del mismo sexo, es risible, ofensivo e inconstitucional. Que los vecinos sigan diciendo que el problema es el ruido es de una hipocresía descarada, más cuando a la alcaldesa Elsa Noguera, que acató con presteza el mandato de la jueza, no le parecían tan molestos o inmorales estos establecimientos cuando estaba haciendo campaña y necesitaba el voto de la población LGBTI. Ahora, si el problema no es la homofobia, habría que investigar por ruido a todos los bares de la ciudad, cerrar a más de la mitad y admitir que gays y heterosexuales somos igual de estrafalarios. Por lo pronto todo indica que la voz del prejuicio supera en decibeles a la de los derechos garantizados en la Constitución del 91.

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