Champeta y currulao

Publicado el 4 de enero de 2012 en El Espectador.

“LAS OCHO PAREJAS […] SIGUIENDO todos el compás con los pies, los brazos y todo el cuerpo, con movimientos de una voluptuosidad, de una lubricidad cínica cuya descripción ni quiero ni debo hacer”.

Así se refiere José María Samper en su texto “De Honda a Cartagena”, al currulao, un baile que hoy a nadie le parece lúbrico, ni siquiera a los que hacen los mismos comentarios sobre otros bailes “vulgares” como la champeta.

Es intencional que la champeta sea tan inquietante como lo fue el currulao. La antropóloga Elizabeth Cunin dice que está “marcada por una ‘perversión de las normas sociales’ que busca ‘desordenar’ el orden formal establecido a través de un baile altamente sexualizado y del desorden provocado por la fiesta”.

En 1999 se trató de prohibir la champeta en Malambo. Según la resolución, “tales ritmos transmiten mensajes subliminales a los que la escuchan y bailan, transformándolos en seres violentos y agresivos”. En 2010 se prohibieron los picós después de 10:00 p.m., coincidencialmente en noviembre, cuando en la Heroica ruge el tropipop, un vallenato con Decol más amigable al oído andino.

La incomodidad que produce la champeta viene de un viejo prejuicio racista. En palabras de José María Samper, que los negros han “Nacido bajo un sol abrasador […] y contando con una naturaleza exuberante que lo da todo con profusión y de balde, y que, exagerando el desarrollo físico de los órganos, debilita sus funciones y degrada su parte moral, el boga, descendiente de África, e hijo del cruzamiento de razas envilecidas por la tiranía, no tiene casi de la humanidad sino la forma exterior y las necesidades y fuerzas primitivas”. La palabra champeta se usa para referirse a un cuchillo ordinario, sin filo, peligroso y burdo, y champetudo es un adjetivo que desde los años 20 designa lo poco “refinado”, popular y, claro, negro.

La champeta nació en los barrios populares de Cartagena, esos que nadie ve porque están por fuera del circuito turístico, lejos de los extranjeros y la clase alta cartagenera, que por más endeudada que esté, no quiere “untarse de negro”. A esos barrios marginales llegaron vinilos de música africana, que se convirtieron en un recado palpitante de la madre África, especialmente valioso para los palenqueros, orgullosos de su herencia cimarrona. Los discos sonaban en los picós y después se hicieron copias de estas canciones con instrumentos locales, a veces imitando fonéticamente la letra, a veces reemplazándola.

Dijo Samper: “La civilización no reinará en esas comarcas sino el día que haya desaparecido el currulao, que es la horrible síntesis de la barbarie actual”. El currulao no sólo no desapareció, sino que se ha legitimado. Por el mismo camino va la champeta, ahora que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha dicho que es una práctica incluyente de las comunidades afrodescendientes en todo el mundo. Samper se revuelca en su tumba. Los champeteros ríen. En parte porque todo este contexto es irrelevante para sentir lo poderoso de su música. En parte porque no necesitan la legitimación de ningún organismo internacional para montar un picó en una calle y gritarles a los blancos de Bocagrande, con la música, los cuerpos y el bum de los parlantes: “¡Somos negros!, ¿y qué?”.

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