Homofóbicos al tablero

Columna publicada el 1 de febrero de 2012.

“Quienes llevamos mucho años administrando seres humanos aprendemos más o menos a conocer un poco lo que es la esencia de la vida humana, y por eso yo puedo decir que no hay nada con más posibilidades de contagiarse, no hay peor enfermedad, si se puede llamar así, con el respeto del que la sufra, que el homosexualismo”. Esto dijo Álvaro González vicepresidente de la Federación Colombiana de Fútbol al referirse a la demanda por acoso sexual que se presentó contra el árbitro Óscar Julián Ruiz.

Después de estas declaraciones el primer impulso es decir que González es un ‘cerdo’, pero el ad hominem es poco fino, irrelevante, e injusto con los porcinos que nada tienen que ver en este asunto. Lo que sí puede decirse es que claramente alguien que cree que los seres humanos pueden “ser administrados” poco los conoce y prueba de eso es que González, cegado por su prejuicio de macho, no ha podido entender que la homosexualidad no es una enfermedad y que nada tiene que ver con el acoso u otros crímenes sexuales. Técnicamente las declaraciones de González no son ni una novedad ni un problema. Él no es un funcionario público y tiene derecho a desarrollar libremente su personalidad así eso sea convertirse en homofóbico y misógino. Pero las declaraciones de González no son aisladas, son parte de un discurso ignorante y lleno de odio con el que a cada rato nos encontramos en los medios nacionales.
El mismo martes, en Hora 20, la concejal Clara lucía Sandoval, de la U, ‘denunció’ indignadísima que en algunos colegios de Bogotá se da una cátedra que enseña a aceptar, respetar y tolerar la diversidad sexual. De entrada el planteamiento del tema por parte del programa (“Los riesgos de la cátedra LGBTI”) fue homofóbico, pues no hay riesgo alguno en recibir información sobre el comportamiento humano. El cura Novoa —un personaje tan caricaturesco que parece salido de South Park— y la concejal no lograron explicar cuál era el peligro de una clase que enseña tolerancia, un eufemismo con el que dicen estar de acuerdo, pero solo cuando piden tolerancia para la discriminación.

Novoa dijo que aceptaba la homosexualidad pero que otras orientaciones como la bisexualidad y el transgenerismo son consideradas desórdenes mentales por algunas corrientes psiquiátricas cuyos datos el cura no recuerda. También igualó la pederastia a la homosexualidad, como si el abuso fuera lo mismo que el sexo consensuado. La concejal Sandoval añadió que “el homosexualismo” era una “ideología que una minoría quería imponer” —como si chantarle el sufijo “ismo” bastara para convertirlo en doctrina—, y que hay científicos que aseguran que los gays se pueden ‘curar’ y entonces citó a Richard Cohen, un charlatán que acaba de sacar un libro que afirma que a punta de mantras le volvieron a gustar las mujeres. Finalmente dijo que los homofóbicos son discriminados y que lo suyo no es miedo, ni prejuicio sino “una manera de pensar distinta”.

La falta de rigor de las afirmaciones de González, Novoa y Sandoval evidencia la necesidad de la cátedra que los últimos dos rechazan. En ella habrían podido aprender cuán descarado es declararse una minoría oprimida por oprimir a una minoría y otros detalles de razonamiento básico que tal vez los haría más tolerantes. También sabrían que la homosexualidad no es ni una ideología, ni una creencia, ni una enfermedad, y que la orientación sexual parte de algo básico, natural e inofensivo: dos personas que se gustan.

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