El oficio

Columna publicada el 18 de abril de 2012 en El Espectador.

Se puede argumentar que la prostitución es un libre ejercicio de la autonomía del cuerpo. Por muchos años este oficio fue una de las pocas maneras en la que las mujeres podían adquirir un capital propio y en esa medida una pieza clave de la liberación femenina. Dice Simone de Beauvoir en El segundo sexo: “En muchos casos la prostituta se hubiese podido ganar la vida de otro modo, pero si el que ha elegido no le parece peor…, no por eso se prueba que lleva el vicio en la sangre, sino que ello condena, antes, a una sociedad en la cual ese oficio es todavía uno de los que les parecen menos desagradables a muchas mujeres.”

En un mundo ideal la prostitución sería una decisión libre, tomada por adultos, hombres o mujeres, que han decidido sacar provecho económico de su cuerpo teniendo sexo. De hecho la Corte Constitucional declaró, en el 2010, que en los casos en los que la prostitución es ejercida voluntariamente, la trabajadora sexual cumple un horario, depende de esa actividad, recibe una remuneración periódica y hay un contrato de trabajo.

El problema de este argumento es que solo se refiere a quienes ejercen la prostitución en condiciones óptimas de trabajo y por voluntad propia. Asume, por ejemplo, que porque las prostitutas involucradas en el escándalo de Cartagena son adultas, el único mal cometido es la indelicadeza del agente gringo por negar el pago, y el riesgo de filtrar secretos de Estado ante los calores de un trópico seductor. El argumento no comprende la explotación sexual a la que muchas mujeres son sometidas, el maltrato, la discriminación, el proxenetismo y la trata de personas, sobre todo mujeres y niñas que pierden su libertad en un círculo vicioso del que difícilmente logran salir. En Colombia, según cifras de UNIFEM en el 2002, hay entre 35,000 y 50,000 mujeres que son víctimas de trata de personas al año. Estas cifras no incluyen la trata interna que está estrechamente asociada con el conflicto armado y el desplazamiento forzado que vive el país, que deja a las mujeres en una posición especialmente vulnerable.

Según informó Caracol Radio, el Servicio Secreto consultó a una agencia estadounidense para explorar sus opciones con las prostitutas colombianas. La información estaba más que disponible, así como la posibilidad de encargar y pagar el servicio con antelación como si fuera un paquete turístico, un claro indicio de la existencia de redes de trata trasnacionales. Es muy triste que un incidente indicativo de abusos sistemáticos a los Derechos Humanos se convierta en parte de la picaresca local y se trivialice como una anécdota macondiana. Divertido sería si la mujer que atendió al agente del Servicio Secreto no hubiera tenido que bajar su tarifa de 800 dólares a 225 -una cifra menor a la que tenía que pagarle a su proxeneta por cuadrarle el negocio- o si el presidente Obama no hubiera emitido una declaración (el 15 de marzo de 2012) enfatizando el compromiso del gobierno estadounidense en la lucha contra la trata y explotación de personas, diciendo incluso que estas son formas de esclavitud moderna, alentadas por dinámicas poscoloniales. Para nosotros, en cambio, el turismo sexual es un chiste más, una colombianada predecible en un país que sin pudor presenta a sus mujeres como un atractivo turístico o un recurso natural.

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