Mala fama

Columna publicada el 4 de abril de 2012 en El Espectador.

Es común que desde las posturas liberales se asocie al catolicismo con la homofobia, la misoginia y la intolerancia, una mala fama que le han ganado unos pocos radicales que con desafortunada frecuencia asumen la voz oficial de la Iglesia. Sin embargo, conozco a muchos católicos inteligentes y tolerantes que a diario se esfuerzan por amar a su prójimo. Hay curas y monjas que trabajan por comunidades olvidadas y en zonas de conflicto que interpretan el catolicismo desde la compasión y se convierten en piedras angulares de las poblaciones y en fuente vital de apoyo y consuelo.

La Iglesia católica también es responsable por gran parte de la alfabetización en Latinoamérica, un gesto que, aunque claramente colonialista, fue innegablemente necesario para que pudiéramos ser parte del mundo. Estudié en una universidad pontificia, donde siempre hubo libertad de cátedra y espacio para todo tipo de ideas laicas. En gran medida, las bases de mi pensamiento liberal se las debo a la Javeriana.

En la Revista Javeriana de junio del 2007, edición titulada Diversidad sexual, lo psíquico, lo emocional, lo cognitivo y lo social, el padre Carlos Novoa S.J., doctorado en ética y profesor titular de la Facultad de Teología de la P.U.J., escribe sobre la discriminación a los homosexuales y dice: “Esta dinámica, lamentablemente muy humana, de la negación de lo diverso, del otro, en la imposición despótica del ego, genera una gran frustración en miríadas de mujeres y hombres, ya que a ellas y ellos se les niega lo más típico de su persona como es el ejercicio de su libertad, creatividad, autonomía y originalidad, libres de la esclavitud asfixiante de vivir lo que no son, ni han optado por ser”, y agrega: “Urge cultivar comprensión y respeto para los homosexuales. Es inadmisible que personas íntegras y llenas de bondad sean objeto de tantos vejámenes, por una situación en la que simplemente se hallan”.

Novoa también dijo en octubre a El Espectador: “No conozco a la primera mujer a la que le encante abortar. Creo que todos estamos de acuerdo en que el aborto no es ideal. Pero hay que comprender humanamente ‘las situaciones difíciles o incluso dramáticas y de profundo sufrimiento’ que enfrenta una mujer angustiada y sola”. Y concluyó que en algunos casos “surge un paradigma ético que consiste en la ponderación de los bienes morales, en este caso, el de la vida del cigoto y el de la vida de la madre. Prima el de la madre”.

Aunque estas últimas declaraciones fueron enfáticamente criticadas por varios sectores de la Iglesia que le pidieron “aclarar” su postura frente al aborto terapéutico, y aunque el 31 de enero de este año dijera en Hora 20 que el travestismo y la bisexualidad eran enfermedades y llegara a casi igualar la homosexualidad con la pederastia, las declaraciones previas de Novoa dejan claro que en el pensamiento católico hay espacio para las posturas progresistas. Ejemplo de ello son grupos como Católicas por el Derecho a Decidir, mujeres creyentes y a favor de la despenalización del aborto, o los colegios salesianos que se enfocan en educar en la tolerancia y la aceptación de la diversidad.

Una religión (o la falta de ella) no es garante de ética y bondad, pero es una verdadera lástima que por culpa de una minoría se identifique a la religión católica con la intolerancia, cuando muchos de sus fieles en realidad están comprometidos con la bonita bandera de las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

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