Vlad, o el gótico-mexicano de Carlos Fuentes

Vlad

Carlos Fuentes

Alfaguara, 2004, 2010

111 págs

Hay una sobre oferta de historias de vampiros. Uno se los encuentra en el cine, en la televisión y en la literatura (por supuesto), en la publicidad, en las grandes vallas, en los nombres de los grupos de rock contemporáneos. Algunos son elfos pálidos que brillan como diamantes bajo el sol, otros son lujuriosos animales del prime time de HBO,  otros han “recuperado su alma” y ahora luchan, junto a los humanos, por el “bien”. La variedad es abrumadora y la queja es común: que “los vampiros han perdido su esencia”, que ahora son adolescentes perpetuos y no monstruos freudianos, que los vampiros de hoy son vegetarianos.

Pero, ¿hay tal cosa como “una esencia” del vampiro?, y si la hay, ¿cuál es? Por oposición a la oferta actual, me atrevo a afirmar que lo que se añora es a ese vampiro poderoso que no se enamora, pero en cambio posee lujuriosamente a sus objetos de deseo, que puede convertir a los seres más cercanos en enemigos mortales, que se sintoniza con los deseos más oscuros de sus víctimas, materializa los miedos más primitivos. El vampiro que nos mostró Bram Stoker.

Tal vez Vlad, el nuevo libro de Carlos fuentes, es un homenaje a este vampiro sombrío e indómito de Stoker, un meme tan exitoso que sigue vigente en el siglo XXI. Conocemos el gusto de Fuentes por la literatura fantástica, su amplio conocimiento de la literatura inglesa y su habilidad para los sincretismos culturales, por eso no sorprende verlo sumar su pluma a la literatura de vampiros. Resulta refrescante ver cómo Fuentes rescata este canon,  Vlad es, o bien un cuento largo, o bien una novela corta, sobre un abogado mexicano, Yves Navarro, que, por un encargo de su jefe, conoce a Drácula, tal vez hasta el mismo que conocieron Lucy, Mina y John Harker.

Vlad es literatura gótica victoriana en ciudad de México. En la literatura victoriana se plantea que lo inglés es lo bueno, lo ordenado, lo lógico y legítimo. Lo inglés se ubica  versus lo otro, ese otro pasional, oscuro, inmanejable, inconmensurable, indomable. En la novela de Fuentes, la ordenada y hasta europeizada vida del licenciado Navarro tiene que enfrentarse con una serie de eventos que no sabe manejar, pues solo sabe enfrentarse al mundo desde su racionalidad.

En Drácula, Harker está de viaje por Europa Oriental y desde allí le escribe cartas a su hermosa y correcta prometida, que más adelante sería una víctima del conde. Con su visita, Harker casi se la entrega en bandeja al vampiro, y lo lamenta el resto de la novela. En las versiones contemporáneas el personaje de Harker se ha desdibujado hasta casi desaparecer y a veces la historia solo gira alrededor de “la chica y el vampiro”. Esta voz narrativa se rescata gratamente en la novela de Fuentes. A través de los ojos de Yves Navarro, como a través de los ojos John Harker, vemos un choque de culturas, el choque de lo procedente y lo insensato, un recurso frecuente en la literatura gótica victoriana. La voz narrativa de John Harker, la dominante entre todas las voces de las cartas en Drácula, esa del inglés pragmático y racional que se ve afrontado por un mundo oscuro que no puede medir y al que no puede enfrentarse con una lógica efecto-causa, se encarna en la voz del licenciado Yves Navarro, contemporáneo y mexicano, pero igualmente meticuloso y racional.

Tal vez es este recurso lo que opera como detonante de terror en los lectores, porque ellos mismos como miembros de la ciudad letrada esperan encontrar consuelo en la gramática lineal de los textos. Tal vez es este recurso narrativo lo que nos devuelve con éxito al monstruo aterrador recreado por Stoker porque lo que nos asusta más profundamente del vampiro es esa fuerza que acaba con la voluntad de los hombres para buscar la bondad. Lo que se encuentra en Vlad es una reinvención del Drácula de Stoker, no porque los personajes se parezcan físicamente o porque se siga la estructura de la historia, sino porque ambos personajes ejercen una fuerza similar en el lector, son un llamado a temer del cotidiano, a esculcar entre los miedos y encontrar ese, de perder lo más preciado, que siempre se tiene presente y que tan fácilmente llama al insomnio.

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