Hombres de negro

Columna publicada el 17 de mayo de 2012 en El Espectador.

A los escoltas les enseñan a prevenir cualquier situación de riesgo para sus protegidos, a estar alertas siempre, a no dar papaya. El objetivo es, como mínimo, demorar el ataque, interponerse, y tienen claro que muchas veces la forma de vencer al agresor es ser ellos mismos vencidos, al atravesarse entre una bala y el protegido.

A las familias de los escoltas les toca entender que el trabajo no tiene horario fijo, pero que cuando lo tiene es desde temprano y hasta tarde. Los extrañan en los cumpleaños, en las fiestas, pues los eventos familiares ellos los pasan con el protegido. Las familias con frecuencia se enteran del peligro de sus seres queridos a través del noticiero, y reciben llamadas indiscretas de periodistas que buscan la nota amarillista de una madre que clama por su hijo.

Protegidos hay de todo tipo. Están los que suponen que sus escoltas son choferes, niñeras o servidores de tinto, y que los tratan con el despotismo de quien los cree un símbolo de estatus, un accesorio como la camioneta o el reloj. También hay protegidos que sí entienden el riesgo y la importancia de la profesión, que desarrollan con ellos una relación cercana, fruto de la omnipresencia, que se mantiene en una fina línea entre intimidad y distancia y cuyo equilibro es vital para una protección eficiente.

En Colombia hay muchas academias de escoltas. Se puede hacer un curso intensivo en menos de un mes, que incluye vívidos simulacros de ataques y persecuciones, y que sólo pueden superar personas con cierto entrenamiento, usualmente militar, y buena condición física. Pero la demanda de trabajo es limitada, pues se busca que el escolta permanezca el mayor tiempo posible con su protegido, y si se abre un puesto en el gremio puede ser por motivos trágicos: salvo en los casos de jubilación, significa que otra persona ha sido amenazada o que algún escolta ha muerto en el ejercicio de su labor.

El martes pasado murieron Rosemberg Burbano y José Ricardo Rodríguez. Estaban a cargo del cuidado de Fernando Londoño cuando un asesino profesional, según afirman las autoridades, le pegó al capó del carro una ‘carga hueca’ que los mató y dejó 48 heridos y 12 viviendas, 15 locales comerciales y 10 vehículos afectados.

El incidente, a la vez novedoso —por la técnica utilizada— y reminiscente de la violencia urbana noventera —que entre otras cosas llevó a Uribe al poder—, deja a Bogotá en zozobra y dará qué pensar por mucho tiempo. Las preguntas ¿a quién perjudica? y ¿a quién beneficia? sólo se pueden responder con suspicacia. Pero antes que cualquier teoría de conspiración que pueda formularse al respecto, está la muerte de dos colombianos, miembros de un gremio que a diario arriesga su vida por cuidar a los principales personajes públicos y actores políticos del país, carne de cañón para violentos, presentes en los momentos más decisivos para el futuro de la Nación y piezas silenciosas, pero claves en la historia de Colombia.

Pata: Después de dos concurridas marchas por la legalización de la marihuana en Cali y Medellín, que se caracterizaron por un excelente comportamiento de los marchantes y la policía, se celebrará este sábado 19 de mayo la marcha bogotana, que llegará al triángulo del Parque Simón Bolívar a las 2:00 p.m. Con dos proyectos en el Congreso, uno sobre la dosis personal, que confunde enfermos con consumidores, y otro para despenalizar los cultivos caseros de coca y marihuana, estas marchas tienen especial importancia política y sirven para reafirmar que sobriedad no es lo mismo que lucidez.

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