El más acá

Crónica publicada en la revista Viacuarenta, No 13-14, segundo semestre del 2012, edición: Cronistas del Caribe colombiano. Biblioteca Piloto del Caribe.

La sangre es un mar inmenso
que baña todas las playas…

Sobre sangre van los hombres,
navegando en sus barcazas:
reman, que reman, que reman,
¡nunca de remar descansan!

Nicolás Guillén

En el sofá viejo y descosido estaba sentada una niña de unos doce años. Tenía uñas postizas larguísimas y decoradas con florecitas, tres en la mano izquierda y dos en la mano derecha. Tenía una camiseta rosada que le llegaba hasta el ombligo y partía en dos, como una luna menguante, su pancita redonda. Tenía unos shorts y unas chanclas que bamboleaba mientras se arreglaba la melena rebelde de un rubio cenizo. Era una sala pequeñita con piso de cemento, paredes descascaradas verde menta, y una cortina colgada de una pita para cubrir la entrada a la cocina.

En las cuatro esquinas había altares. En la esquina del fondo, al lado de la cocina, había una muñeca negra vestida de azul y blanco, sentada sobre una atarraya y rodeada de flores azules y conchas de nácar. Junto a la ventana que daba a un patio interior había una virgen con un vestido dorado, la Virgen de la Caridad del Cobre, rodeada de flores amarillas y velas, una pluma de pavo real puesta con mucho cuidado y un frasco de lo que después supe que era miel. Tras la puerta una piedra con dos conchas que semejaban ojos, y una piedra más pequeña y una pluma incrustadas en lo que sería el cogote del volumen antropomorfo. Descansaba en un platico de barro rodeado de dulces, un par de tabacos, detrás un coco y delante una copita de ron.

Se escuchó un “¡Ja!”, como el graznido de un cuervo, y de la cortina de la cocina salió un hombre de unos sesenta años, canoso, en camisilla blanca manchada y pantaloneta. Soltó otro par de carcajadas y con sus manazas abiertas nos invitó a sentarnos en el sofá de donde desplazó a su nieta que se fue arrastrando las chanclas hasta la cocina.

“Mi hijo, el babalao, no ha llegado todavía. Pero mientras llega, yo quiero hablarles de mi religión. Mi religión es la religión de los tambores y la risa. La gente se confunde porque no la conoce, creen que somos vudú, que le rezamos al diablo, todo eso es mentira. Lo que pasa es que la Santería se pasa de la boca a los oídos, no se escribe, y bueno, de todas formas es poco lo que se puede contar porque muchas cosas son secretas.”

El vudú se confunde muchas veces con la Santería porque también tiene raíces yoruba. Al igual que en la Santería, los dioses del vudú están por debajo de una divinidad central y lejana, y son identificables con santos cristianos. Es de la tradición vudú que viene el mito de los zombies. Se dice que son cadáveres resucitados por los sacerdotes y utilizados para las labores agrícolas como autómatas sin voluntad. A pesar de que tienen orígenes y elementos comunes, la santería no comparte el mismo panteón ni las prácticas rituales y no se centra en el animismo mágico, sino en una forma de panteísmo que se parece un poco al modelo de la Sustancia spinozista: hay una energía que es todo, Ashé, y todo lo que existe existe como un modo de esa energía.

“Ésta, mi religión, es la más bonita. Es una religión para cantar y para bailar y para tomar ron, aunque el ron es muy caro, pero hay que brindar para celebrar la vida. Nosotros no creemos en el arrepentimiento, tu verás si te arrepientes, pero lo que hiciste lo hiciste y en la historia está. Nosotros creemos que vinimos a esta vida para ser felices, ahora, ¿qué es la felicidad? ¡yo no se! Cada uno sabe cuál es su felicidad y cómo conseguirla. Si tu felicidad es hacer plata pues a eso viniste a este mundo, si es cantar, a eso viniste a este mundo, nuestro destino es lo que nos hace felices en la vida.”

“¿Y tú?” Dijo mirándome de arriba abajo. “¿Ya sabes de quién eres hija?”

“Esa es justamente una de las cosas que vine a averiguar”, le conteste.

Hacía 10 años, una amiga de mi mamá me había contado de la Santería. Por ese entonces yo estaba dando la peleas conceptuales con el catolicismo que después me llevarían a ser agnóstica. La Santería me pareció refrescante, y un poco más, me pareció la religión ideal o al menos aquella que me parecía más lúcida, más sana, y la primera con la que realmente sentía una afinidad ideológica y estética.

La Santería no tiene un sistema moral unificado, no existen los pecados, y no se vive para una recompensa extraterrena, se vive para vivir, aquí y ahora, y como diría Cepeda Samudio, “El que se murió se jodió.” La Santería esta toda exenta de culpa, por ejemplo, en su mito cosmogónico, Obatalá crea al mundo, y después se emborracha y crea a los cojos y los ciegos, a los brutos, enfermos y torpes del mundo. La Santería es politeísta, si bien existe un Dios único (Oloddumare), este se relaciona con los seres humanos a través de extensiones del mismo, los orishas. Los orishas son todos buenos y malos a la vez, todos fueron humanos en algún momento y por eso conocen de lo imperfecto y de la tentación.

La religión llegó a Cuba, Venezuela y Brasil y otros países americanos a través de los esclavos africanos de Sierra Leona, Nigeria, Camerún y específicamente de las orillas del río Níger. En cada uno de los países se mezcló con tradiciones indígenas y cristianas y tiene variantes muy específicas en cada país. Como usualmente estaba prohibida, los santeros asociaron cada uno de sus orishas con una figura del santoral católico de manera que pudieran adorarlos sin levantar sospechas.

Cada persona tiene un orisha que lo protege, que es su padre o madre. A cada persona la ha escogido ese orisha por afinidad, porque ve en ella gustos y habilidades similares, porque puede ayudarle a cumplir su destino, porque le cae bien. Las personas, en efecto, tienen temperamentos parecidos a los de sus orishas, y al preguntar “¿de quién eres hijo?” casi que se está preguntando por el tipo de personalidad. Yo me había aficionado mucho a una orisha llamada Oyá, la orisha del viento, de la muerte, de la guerra y del arco iris, amante de Shangó que vive sola en el cementerio pero que lo acompaña en la batalla.

“Tu tienes cara de mala.” Continuó Carlos. “Debes ser hija de Elegguá. No no no te ofendas, que no te estoy diciendo mala.” Volvió a carcajearse. “Yo también soy hijo de Elegguá. Los hijos de Elegguá somos muy nobles, muy leales con los que queremos, pero también somos malosos, inteligentes, hábiles, poco escrupulosos, porque Elegguá es el orisha de la malicia, de la palabra, y por eso también el orisha de la mentira. Los hijos de Elegguá somos astutos, habladores y nos gusta la calle. Elegguá es un niño travieso, al primero que se le reza porque es el que abre y cierra los caminos. Controla los reinos del mal y del bien, él crea el balance entre las dos fuerzas, a la vez que tiene dominio sobre ellas.”

“Y como puedes ver los hijos de Elegguá son imprudentes.” Dijo una mujer que salía de la cocina lentamente pendulando sus anchas caderas. Nos ofreció un café instantáneo. Era Carmen, esposa de Carlos, hija de Yemayá la orisha del mar y de todas las aguas.

“No me regañes, yo soy así.” Le contestó Carlos. “Lo que estoy es feliz porque estas niñas me han traído de vuelta a mi ahijado.” Carlos abrazo a Jose, el cocinero de un paladar en la calle Aguacate con Obispo de la Habana Vieja, a donde habíamos ido a parar en una tarde lluviosa y nos sirvieron la mejor langosta al ron y mojitos de todos los que probamos en la isla. Mi amiga Leonor, mi compañera de viaje (y según Carlos hija de Ochún) llamó al chef para felicitarlo y yo le pregunté por los altares que había en el paladar y por la falda de la mesera, que por las cintas de colores parecía ser (y efectivamente era) una falda de Oyá.

Al ver nuestro interés, Jose, hijo de Shangó, decidió presentarnos a sus padrinos, entre esos a Daniel,el hijo de Carlos, Carmen y Yemayá, un babalao de 28 años que podía iniciarme en la religión. Los babalaos son una especie de sacerdotes y un padrino es una especie de guía espiritual en la Santería, pero también hace las veces de astrólogo, consejero, amigo y psicólogo. Al día siguiente de conocerlo nos dimos cita con Jose en el paladar y él nos llevó en mototaxi por entre las casas de la Habana Vieja, que parecen talladas en sal, hasta un callecita cercana al Museo de la Revolución, donde después de atravesar un callejón húmedo y angosto llegamos hasta la casa de la familia de la alegre y devota familia García.

A la casa llegó otra hija de Carlos, hija también de Obatalá, que ayudó a su madre a servirnos café muy calladita. Más tarde llegaron Daniel, su esposa (hija de Ochún) y sus dos hijos. Daniel se convertiría en mi padrino. Era risueño y cachetón, pero también tenía una mirada muy seria. Se presentó y dijo que primero consultaríamos a Orula si podía hacerme la ceremonia de iniciación.

Según me explicó Daniel, todas las personas escogemos nuestro destino. En ese momento todos los orishas tienen los ojos cerrados menos uno, Orula. Orula es el Orisha de la adivinación, el oráculo supremo. Es el gran benefactor de la humanidad y su principal consejero y curador. Revela el futuro a través del secreto de Ifá. Orula representa la sabiduría, la inteligencia, la picardía y la astucia que sobreponen al mal. Representa la seguridad, el apoyo y el consuelo ante la incertidumbre de la vida. Orula es el único que sabe cuál es el destino que escogimos pues nosotros lo olvidamos antes de nacer. La primera ceremonia es para averiguar el ifá de Orula, que es la figura que representa ese destino.

En la consulta los orishas que hablaron sobre mi fueron Orula y Elegguá. Dijeron que cuidara de las autoridades oficiales —un consejo que horas después encontraría muy práctico, pero esa es otra historia—. También hicieron preguntas. Finalmente dijeron que podía iniciarme en la Santería. Compramos unas cervezas para tomar con toda la familia, y Carlos celebró que fueran de la marca Bucanero, su cerveza predilecta porque es la que más grados de alcohol tiene y porque es roja y negra, los colores de Elegguá.

Al día siguiente Leonor y yo volvimos para el ritual de iniciación. Ella sería mi testigo pues, según dijo Daniel, siempre debe haber alguien de la familia o un amigo cercano que presencie el ritual y que después en la vida te recuerde lo que aprendiste. Para recibirnos estaba toda la familia, Carlos, Carmen, su hija menor, y su nieta, Daniel, su esposa, sus hijos, Jose el cocinero y otros dos babalaos, uno hijo de Shangó y el otro de Elegguá.

Los pormenores de la ceremonia son secretos y tal vez serían imposibles de contar; están yuxtapuestos en mi memoria como si hubieran ocurrido todos en simultáneo y no de manera lineal. Como si hubiera estado en una corta brecha en que se distorsionó mi percepción del tiempo. La música africana que salía de los parlantes del televisor sonaba entre el cacarear de los pollos que esperaban su muerte nerviosos dentro de un saco de papas.

Cantaron, tocaron tambores, degollaron los pollos (que al final de la ceremonia nos comimos en un banquete preparado por Jose) para darle de comer su sangre a las figuras de mis santos: Orula (representado con una ollita de barro con tapa, pintada de amarillo y verde, dentro de la cual se guardarían algunos elementos que tomaron parte en la ceremonia, como un par de semillas que representaron mis ovarios, el resultado del ifá, y la calavera de un pollo testigo de mi iniciación) y los guerreros: Elegguá (la piedra antropomorfa que vivía tras la puerta), Osún (una copa de hierro con un gallito encima, rellena de una composición secreta preparada por Daniel el día anterior), Ogún (una ollita de hierro llena de retazos de hierro también pues es el orisha de la artesanía y los metales) y Ochosi (el orisha de la caza, representado con un pequeño arquito de metal que se guarda entre la ollita de Ogún). Este es como el “kit” del santoral básico para cualquier yoruba.

Durante la ceremonia me vendaron los ojos, me escupieron ron, me hicieron girar entre palomas que aleteaban, me di un baño de totuma en la ducha. Todo olía a ron, sangre, y sudor, y de vez en cuando por entre las rendijas entraban ráfagas del viento salado del mar.

Orula dijo que el mió era el destino de la mariposa, que resultó ser una imagen hermosa llena de detalles inquietantes. Después vino la ceremonia para preguntarle a Orula cuál era mi orisha. Esta fue especialmente agotadora y en varios momentos pensé que me iba a desvanecer como una dama victoriana, o como mínimo quedarme dormida mientras el babalao hijo de Shangó me tenía las manos y cantaba en lucumí palabras que para mi eran fonemas, melodías de tambor, y a las que todas la familia contestaba como en una versión, alegre y descalza de los ditirambos griegos.

Cuando llegó el momento de preguntarle a Orula, el babalao usó un sistema de adivinación binaria con una piedra y un huesito. Yo debía ocultar uno en cada mano y según la mano que escogiera el babalao la respuesta sería “sí” o “no”. Primero me preguntaron si yo sentía afinidad con algún orisha, que si quería ser hija de alguien. “¡Elegguá¡” gritó el Carlos desde la cocina y en seguida se oyeron los “shh” de su esposa, su hija y su cuñada.

“Quiero saber si soy hija de Oyá”, dije yo mientras, con las manos en la espalda, intercalaba el huesito y la piedra. Un segundo antes de que lo hiciera, supe que el babalao escogería la mano de la piedra. De Oyá no era hija.

Una sutil sonrisa se dibujó en al cara de los babalaos. Se dijeron un par de cosas en lucumí. “Vamos a preguntar si eres hija de Elegguá”, anunciaron. Y otra vez, un segundo antes de que el babalao escogiera mi mano derecha, la que tenía el huesito, sentí una emoción verdaderamente inesperada, alcancé a sonrojarme. “Si” dijo el babalao, “eres hija de Elegguá”. Todos rompieron en risas y aplausos. Carlos vino corriendo desde la cocina a abrazarme. A mí me alcanzaron a salir un par de lágrimas que disimulé cuanto antes en la camisilla raída de mi nuevo hermano.

Yo también estaba riendo, ya no estaba cansada, estaba de hecho, realmente feliz de que mi santo fuera Elegguá. A Elegguá y a mi nos gustan las mismas cosas: el coco, el tabaco, el ron, el ingenio y el comentario en voz alta. Me sentí como una chica de telenovela a quien le acaban de revelar quién es su verdadero padre y entiende que en consecuencia su amado no es su hermano. Empezó en un santiamén un proceso de relectura hermenéutica de toda mi vida, bajo la clave de Elegguá, una resignificación que era el efecto racional claro e indiscutible de la iniciación.

Como muchos filósofos de formación, no me queda más remedio que decir que la fe es un sinsentido. La fe es una palabreja relamida que se usa para imponer teleologías. Cuando uno se muerde los puños de la rabia porque algo salió mal, o porque alguien nos ha hecho daño siempre hay alguien que nos dirá que todo saldrá bien, o que el universo es justo y que le dará a cada quien lo que se merece. Pero eso es solo algo que decimos para tranquilizarnos, independientemente de esa metafísica emocional las cosas salen mal o salen bien, y no hay tal cosa como un mundo justo, niños inocentes se mueren de hambre mientras banqueros insensibles se enriquecen, y la justicia no es resultado de un equilibrio cósmico sino de acciones puntuales de personas valientes que no siempre acaban bien. Pero hay que decir también que la fe es una ingenuidad ineludible, el papel de regalo que envuelve a un mundo injusto, el motor necesario para hacer cualquier cosa, la mentira blanca que nos decimos para reir, para vivir, para avanzar. Así es como hasta los agnósticos llegamos a tener una turbulenta y paradójica vida espiritual.

Hoy mi Elegguá vive tras la puerta de mi cuarto y le sirvo en una copita el primer trago cuando hay fiestas en la casa. También le guardo las mentas de los restaurantes y se las dejo en su platico de barro. Me gusta traerle chocolatinas Jet. Cuando quiero hablarle doy tres golpes con una maraca que compré en Carnavales. Yo no se si Elegguá existe como deidad sobrenatural que me observa, pero eso tampoco me parece importante. Con esa familia cubana quedó un pedacito de mi que vivirá por siempre en medio de mi adorado Mar Caribe. Me dieron una comunidad, en otros países me he encontrado con personas que reconocen el collar y la pulserita de Orula, y me preguntan si soy santera como ellos. Me regalaron un ritual estético que reúne las cosas que amo se ser caribeña: la música, la risa, el sincretismo inesperado, la inusitada convivencia entre el pensamiento mágico y la racionalidad occidental. Me permitieron adoptar su filosofía vitalista, dionisíaca y pacífica, que entiende la vida como una sucesión de paradojas que lo hacen a uno reír a media boca, y tal vez nunca deje de ser agnóstica, pero si llegasen a existir los dioses, es claro cuál panteón me representa.

Creo que en mi caso entiendo la religión como un ejercicio ritual que de postura estética se convierte en una manera de estar y ser en el mundo. Me gusta la santería porque es una manera de estar en la que se entienden como indivisibles la sangre y el mar.

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