Al fondo a la derecha

Columna publicada el 25 de julio de 2012 en El Espectador.

Ser de izquierda en Colombia deja muy pocas opciones políticas. Nuestro Partido Liberal es hoy como de centro-derecha oportunista, y los Progresistas, aunque con ideas muy interesantes, parecen girar todavía alrededor de la figura de Petro y son muy pocos para siquiera pensar en tener un impacto nacional.

Lo más parecido a un partido de izquierda en Colombia es el Polo, donde conviven, en una alianza pegada con babas, marxistas, leninistas, maoístas, trotskistas y muchos istas más, repetitivos, textuales e inmarcesibles, que todavía defienden modelos anacrónicos que nada tienen que ver con la realidad nacional.

El Polo es un partido débil porque aunque tiene (o ha tenido) figuras brillantes, como Carlos Gaviria, Gustavo Petro, Iván Cepeda o Jorge Robledo, está dividido entre miles de corrientes que se critican las unas a las otras, como beatas de cuadra, y que están más preocupadas por ganar el poder al interior del partido que por ganar en las urnas.

El martes pasado el Polo anunció con bombos y platillos su apoyo a la revolución bolivariana, en lo que parece ser un intento por perder aún más votantes y ahuyentar a quienes todavía pensaban que el partido era una posibilidad viable para la izquierda en Colombia. El gesto es un claro ejemplo de cómo por complacer a un sector interno del mismo partido (cuyos votos están asegurados), el Polo espanta a todos los votantes de centro-izquierda, huérfanos de partido político y que podrían llegar a ser nuevos amarillos.

El apoyo es en principio un exabrupto semántico porque un partido que se llama a sí mismo democrático no debería elogiar a una “revolución” liderada por un tirano. También revela un doble estándar peligroso para la credibilidad del Polo, porque después de las fuertes críticas que le hicieron a Uribe por quererse perpetuar en el poder, apoyar a Chávez es decir que los regímenes autoritarios están bien siempre y cuando sean de izquierda.

La declaración no puede ser más inoportuna, cuando Venezuela acaba de anunciar su retiro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, después de que la Corte dijera que el país vecino es internacionalmente responsable por la violación del derecho a la integridad personal y por los tratos inhumanos y degradantes a Raúl José Díaz Peña, acusado de atentados a varias embajadas. El retiro de Venezuela es más que una pataleta chavista; es sintomático de la crisis que vive la Comisión, que hoy se enfrenta a una coalición de varios países que quieren diezmar su poder, algo que puede tener consecuencias terribles para las víctimas latinoamericanas que con frecuencia cuentan al Estado entre sus victimarios. ¿Cómo puede el Polo, autoproclamado adalid de las víctimas en Colombia, apoyar la revolución bolivariana de Chávez, que no es capaz de aceptar las violaciones a derechos humanos en su territorio?

Estas torpezas políticas se suman a la fama mamerta que tiene la izquierda desde los setenta y que desde hace mucho rato desanima a los votantes. La fama es justa mientras el Polo mantenga esa actitud conservadora que no permite renovar ni actualizar los discursos, generando evidentes contradicciones ideológicas y pragmáticas que se notan en las urnas. Esa tozudez le entrega en bandeja de plata el país a la extrema derecha, que con un nuevo partido, “puro” como los mortífagos de Harry Potter, ha decidido colonizar el centro y es tal vez la principal razón para que, en tiempos de elecciones, los votos de los colombianos terminen “al fondo a la derecha”.

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