La cárcel más bonita del mundo

Columna publicada el 30 de mayo en El Espectador

El taxista cubano nos recibió diciendo que la isla era el lugar más seguro del mundo, que podíamos confiar en la Policía, que los hombres cubanos eran enamoradores y nos sacarían a bailar siempre, que para los niños era obligación ir a la escuela, que era gratis, como la salud, y nos pintó un edén tropical y comunista cuyo único problema era el bloqueo. Y entonces nos contó por qué era taxista.

Nos contó que había estudiado ingeniería, y que su mujer era una médica cardióloga. Ella ganaba 500 pesos cubanos al mes. Él, en cambio, como trabajaba con turistas, ganaba en CUC, o pesos cubanos convertibles, la segunda moneda cubana y la única permitida para el turismo. Un CUC es el equivalente a 24 pesos cubanos y a un dólar. Es decir que su mujer al mes ganaba 20,8 CUC. La carrera del taxi, del aeropuerto al hotel, costó 25 CUC, casi un 20% más de lo que un médico especialista gana al mes.

Pero el Estado les da todo, pensamos. No. Les da unas bolsas de café, granos y arroz.

Una libra de pollo en el mercado negro cuesta 2,5 CUC. El mercado negro existe porque, como no ganan lo suficiente para vivir, todos los cubanos le roban lo que pueden al Estado y lo revenden. No lo cuentan con orgullo como aquí; lo cuentan con vergüenza, por la ironía de estar en un paraíso y vivir en la miseria.

La educación es gratuita, pero un niño con hambre no aprende. Y más que educación es doctrina: a los niños los sacan del colegio y los ponen en fila a tirarles huevos a los enemigos del régimen, en filosofía sólo se enseña Marx y la libertad de cátedra se reduce a repetir como loros “patria o muerte”.

Internet no tiene nadie. Sólo hay en los hoteles, a donde los cubanos no pueden entrar, y de todas formas es carísimo, lento, y todos los servidores son del Gobierno, que se queda con las claves para hackear blogs y cuentas de correo. Algunas páginas, como la de El Espectador, no abren en Cuba por “su potencial subversivo”. La blogosfera cubana, organizada alrededor de Yoani Sánchez, es disidente por definición y se afana por contarle al mundo lo que viven con la mayor frecuencia posible, en una lucha admirable y valiente contra la represión.

La salud también es gratis. Pero no hay medicinas, ni sábanas, ni elementos de aseo; las ventanas de los hospitales están rotas y los médicos están hambrientos. Para recibir una atención mejor hay que llevar regalos, y los regalos son jabones y crema de dientes, que los médicos no tienen y reciben agradecidos.

Dicen los cubanos que la salud y la educación la pagan ellos, se las descuentan de su sueldo. Dicen que el bloqueo no es con ellos, sino con los tiranos avejentados que los gobiernan; que lo que tienen no es comunismo, sino fidelismo, y que no viven en un país sino en la finca de los Castro. Cuando lo dicen, la mayoría baja la voz, no se sabe si cerca hay alguien de un Comité de Defensa de la Revolución. Otros lo dicen a viva voz y en la calle, porque ya no temen, su situación no puede empeorar. Al criticar al Estado de frente son fichados como disidencia, sus teléfonos son intervenidos y tienen que acostumbrarse a ser arrestados a capricho. Pero eso sí lo dicen todos, desde el viejo Babalao hasta el exescolta de Fidel, que también trabaja como taxista.

Afuera de la isla, la izquierda idealiza la Revolución cubana, los hipsters se ponen con orgullo la camiseta del Che y en el corazón de la Universidad Nacional los estudiantes repintan emocionados su imagen, presas de la propaganda de Estado que tanto dicen detestar. Mientras tanto, los cubanos se mueren de hambre, en un régimen que mantiene Chávez y del que se desentiende el resto de Latinoamérica, prisioneros en su casa y con una mordaza cada vez más difícil de aguantar.

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