Lo que dicen las estrellas

Columna publicada el 26 de septiembre de 2012 en El Espectador.

Es innegable el vínculo que hay entre el apoyo a un equipo, los sentimientos patrios y la construcción de la idea de nación. Incluso personas que no tenemos el más mínimo interés por los deportes vemos nuestra identidad conectada a un equipo de fútbol y sus narrativas.

Es por eso que cualquier marca que quiera vincular su nombre a los sentimientos de amor patrio pauta en los partidos del equipo local. En la efervescencia del fútbol, los hinchas olvidan que su equipo es una empresa privada y viven sentimientos de propiedad y pertenencia aún más fuertes que los que jamás tendrán con el Estado. El fútbol es un escenario donde se construyen vínculos afectivos entre las personas y entre ellas y sus territorios y ciudades.

Precisamente porque el fútbol pertenece a ese campo simbólico donde fundamos nuestra identidad, debe tener un papel en la reparación de la violencia colombiana. En Colombia, históricamente hemos preferido el escapismo a la reparación. El Frente Nacional se creó para montar una tregua de apariencias en la que hablar de los tiempos de la Violencia era de mal gusto, aun cuando los machetazos permanecieran en la memoria. En los gobiernos de Uribe decidimos creerle que todo estaba bien sólo porque a punta de motosierra los paramilitares empujaron la guerra lejos de las carreteras, como quien barre el polvo bajo la alfombra. Estas formas de escapismo han permitido que la culpa y el dolor de la violencia se perpetúen en cada generación y Colombia necesita urgentemente gestos públicos que ayuden a detener esa cadena y permitan nuevas lecturas de nuestra historia.

Por eso me parece admirable que Millonarios considere la posibilidad de quitarse las estrellas de dos títulos ganados cuando el dinero del narcotráfico influía de manera definitiva en la administración de ese equipo, y de muchos que se convirtieron en avatares de los grandes capos, quienes sobornaban y desaparecían gente para hacer ganar a sus equipos. Ojalá la idea no se quede en consideraciones, pues Colombia está en mora de este tipo de reparaciones simbólicas, las únicas posibles cuando los daños reales son irreparables.

La reparación simbólica se trata de poder pensar cómo hemos quedado atrapados en nuestro presente, ir a la historia para ver si es posible otro presente, si podemos definirnos de otra manera y entonces reconstruir la verdad histórica sobre nuestro pasado. Involucra una elección, una opción ético-política acerca de qué queremos ser a nivel individual y colectivo. Esta deconstrucción y reconstrucción, en la Genealogía de la moral de Nietzsche, implica poner en entredicho los valores sobre los que se ha construido una comunidad (las estrellas o victorias del equipo), y para ello hay que tener conocimiento de las condiciones y circunstancias en que surgieron, en las que se desarrollaron y modificaron (la inyección de dineros del narcotráfico), para desde ahí entender que el valor de esos “valores” no es algo dado, real, efectivo y más allá de toda duda.

Un gesto de aceptación genera un sentimiento de justicia y aliviana la culpa que circula inconscientemente entre los miembros de la sociedad. Echar atrás la historia es imposible, pero reconocer el daño y asumir las responsabilidades repara en parte el dolor de la impunidad y recupera la dignidad de las víctimas, que en el caso del narcotráfico somos toda la sociedad colombiana. En este caso ejemplar, menos estrellas significa más dignidad, especialmente para aquellos para quienes ponerse una camiseta es un acto de amor y que frente a un balón ven una bandera.

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One comment

  1. ¡Que buenas columnas!, encontré sus escritos por casualidad y de verdad que han sido una grata sorpresa. Siempre es bueno encontrar lecturas con contenido en la red.

    Mil gracias. saludos desde medellín

    Me gusta

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