Singular

Columna publicada el 15 de agosto de 2012 en El Espectador.

Jaime Garzón ha sido uno de los pocos en hablarle a este país sin condescendencia; era a la vez nuestro gran bufón y nuestro gran fiscal, una dupla que debería ser más frecuente y que a veces parece la única manera efectiva de abordar la realidad colombiana, más ruda y absurda que cualquier ficción.

Heriberto de la Calle miraba a sus entrevistados con los ojos abiertos de un niño inofensivo, nada de colmillos, ni siquiera tenía dientes, y entonces, ¡zas!, una pregunta como un aguijón, siempre inesperada por su inusitada crudeza. Así fue como le dijo a Noemí Sanín que Colombia sólo produce perico, le advirtió a Pastrana de los paramilitares y a Vladimiro Carrillo, presidente de la Corte Constitucional en el 98, lo increpó sobre el futuro de los derechos de los homosexuales y el derecho al aborto. A Myles Frechette le preguntó si los gringos preferían a Pastrana por ser más arrodillado que Samper, así fuera menos eficaz, y que si les convenía la guerrilla por el rentable intercambio entre armas y cocaína. Al Cura Camilo, jefe de seguridad del Caguán en esos tiempos, le dijo: “Si ustedes son tan buenos, ¿por qué todo el mundo dice que son unos hijueputas?”, ante lo cual el guerrillero sólo atinó a reírse y pedirle que no dijera “malas palabras”.

Garzón le dio a la sátira un papel clave y urgente en la democracia y eso lo ha convertido en el comediante más intrépido que jamás haya tenido Colombia. Detrás de su audacia había también una crítica a la comodidad de su audiencia, que recibía risueña unas verdades atroces. Al pueblo colombiano le reprochó su pereza al delegar su futuro en los mismos líderes ajenos que habían jodido al país en primer lugar. Sus personajes eran también un reclamo al servilismo de una ciudadanía que recibía (y aún recibe) como un favor la garantía de sus legítimos derechos.

Tres años después de la muerte de Garzón le hicimos pistola a su discurso y elegimos a Álvaro Uribe Vélez como presidente, un político que prefiere las armas a la educación, un caudillo que Garzón ya tenía entre ceja y ceja como lo muestra un video profético de Godofredo Cínico Caspa. No era que Garzón tuviera revelaciones divinas o viera más allá de lo evidente, los hechos estaban y están ahí; lo que Garzón hacía era señalar sin tapujos al emperador desnudo que siempre tenemos en frente. Tenía una mente que no se había oscurecido por la cobardía ni por la pereza ni por los eufemismos.

Seguir ese ejemplo es lo que realmente mantendría vivo su legado. Los colombianos estamos acostumbrados a autocensurarnos, a callar para no ser incómodos, a envolver una realidad grotesca con velos y endulzantes para sobrellevarla sin una crisis nerviosa. Recordar a Garzón no es convertir su imagen en un ícono pop estampable en camisetas y venerado como el Divino Niño. Mantener presente su legado implica asumir nuestra responsabilidad en el rumbo del país, usar su desparpajo para desenmarañar nuestras decisiones políticas y decir de un modo claro, preciso y crítico lo que pensamos. Honrar su memoria es hacer plural su manera singular.

Pata: el nuevo magistrado de la Corte Constitucional, Luis Guillermo Guerrero, tiene la oportunidad de mostrar que los conservadores pueden defender legítimamente sus intereses en el marco de un discurso pluralista. Que sus enfáticas palabras sobre el respeto a la Constitución se noten en sus decisiones.

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