Onomatopeya

Columna publicada el 10 de abril de 2013 en El Espectador.

“Primero fue un grito. Después miles de gritos. Después un tumulto. Después la revolución. A mí me entregaron un machete, grande y nuevecito. Brillaba la hoja contra la pálida luz, al voltearla”.

Así comienza Hernando Téllez su cuento Preludio, en el que un hombre hambriento se encuentra en medio de los estallidos del Bogotazo, como “una gigantesca flor de llamas”. El hombre no sabe qué pasa. La llama “la revolución” pero la ve como un mandato: “La revolución no se equivoca, pensé. Pues si están repartiendo machetes algo habrá que cortar, algo habrá que defender, y a alguien habrá que matar”. La claridad de su hambre se le hace turbia, como si la empatía con la turba le removiera las entrañas. “Si usted toca ese vidrio lo mato, dije llevado de un impulso extraño, de una fuerza secreta que parecía estar en mi interior, pero que yo comprendía que estaba también en la calle, en la atmósfera”. Pienso en este cuento a propósito de la marcha del 9 de abril, planteada como una subversión del Bogotazo.

Y lo fue. En efecto, el martes el pueblo salió a las calles con banderas en vez de machetes, cargado de una fuerza empática que, en cambio, despertó en muchos las ganas de creer y le ganó al hondo cinismo colombiano. Es notable que fuera una marcha mestiza —como Gaitán—; diversa, en términos de etnia, clase social, afinidad política; que estuvieran presentes la ciudad y el campo; que se marchara no por una paz abstracta sino por una colección puntual de causas: las víctimas, el respeto al territorio, la memoria, la legalización, la educación, los derechos de las mujeres, la libertad de expresión. Fue emocionante ver una Fuerza Pública a la que el presidente le preguntó “qué será de nosotros sin el conflicto, qué será de nosotros sin guerra”, preguntas que exigen considerar, con vértigo, que esta guerra no es eterna.

Claro, la marcha también deja otras preguntas. ¿Cómo se financiaron los buses y los tamales que muchos merendaban a orillas del Planetario? ¿Cómo honrar la memoria de las víctimas cuando el mismo día asesinaron al líder de las víctimas de Valencia, Éver Cordero? ¿Por qué se redujo el número de marchantes en el primer reporte de los medios? ¿Fue la marcha un pulso entre Santos y Uribe, una estratagema reeleccionista? Sí, pero también fue otras cosas. ¿Movilizaron las Farc a un porcentaje considerable de los marchantes? Es probable y no necesariamente un reproche. ¿Por qué casi no dejan entrar a las víctimas que venían desde tan lejos a su homenaje en un desolado Congreso? Porque la indolencia de nuestros representantes sólo es superada por su negligencia.

Son preguntas obligadas. Creer constructivamente en la paz implica cuestionarla. Es la diferencia entre marchar como un zombi y marchar como un ciudadano. Sí, es imposible saber qué movió anteayer a cada uno de los marchantes, pero es notable que la marcha fuera pacífica aun siendo tan grande, tan diversa y con posturas políticas antagónicas. La marcha mostró una voluntad de paz, que por no ser homogénea se sintió real y viable. Una marcha concurrida y múltiple no garantiza la paz, pero yo quiero creer que empezó a cerrarse un ciclo, algo sólo será posible si se entiende el proceso como un caleidoscopio y no como un contrastado enfrentamiento entre buenos y malos. Cerrar el ciclo es reemplazar el impulso por la reflexión, la imposición por la tolerancia. Que la marcha muestre que a diferencia de la violencia visceral y manipuladora del Bogotazo de Téllez, la paz tiene niveles y matices, exige conciencia. Que la marcha muestre que creer en la paz es vivir en la paradoja de una hermosa idea cuya palabra suena como un golpe. Que ese sonido nos despierte.

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