Delicados gamonales

Columna publicada el 18 de julio de 2013 en El Espectador.

Arrogante, desafiante, despótica, caprichosa y extravagante figurilla politiquera.

Así pinta un editorial de 2008 del periódico Cundinamarca Democrática a la exsenadora y exgobernadora María Leonor Serrano. Luis Agustín González, director (y editor, reportero, gerente comercial y todos los cargos imaginables) del periódico, y autor del editorial, habla, no de la vida privada de la funcionaria, sino de asuntos de interés público: conocidos casos de despilfarro de recursos y de impunidad de crímenes de lesa humanidad durante el mandato de Serrano, y corona pidiendo lo mínimo: que los servidores públicos no traten a Fusagasugá como un hato privado en el que ofician de gamonales.

Serrano se sintió ofendida y demandó a González por injuria y calumnia pidiendo, además, $50 millones como indemnización. González, temeroso, decidió conciliar. Tuvo que escribir un editorial servil en el que le echaba flores a Serrano y al final dejó una nota diciendo que lo hacía conforme a la conciliación. A Serrano no le gustaron esas disculpas “de mentiritas” y como exigiendo un vasallaje de corazón insistió en que el proceso continuaría. González fue hallado culpable. Tras una apelación le levantaron a González la pena por calumnia; después de todo, el editorial no le imputa a Serrano ningún delito. En la sentencia se señala que uno de los problemas de la columna es que generó controversia y que no era imparcial —lo básico para que un artículo de opinión sea bueno—. La Fiscalía metió la cucharada anotando que Serrano “no es cualquier víctima”, pues es una mujer pública elegida por los ciudadanos y por eso se le hace un mayor daño al criticarla.

Hasta aquí todo es un desastre. No hace falta ni decir que la juez obligaba a todos a rezar antes de cada sesión. Ni el sistema judicial, ni la Fiscalía parecen tener clara la diferencia entre injuria, calumnia e insulto. La calumnia consiste en atribuir falsos delitos y la injuria en atribuir falsos hechos deshonrosos a una persona. Identificar la calumnia es relativamente fácil pues es más o menos claro qué es un delito y qué no. Pero, ¿qué es un hecho deshonroso? Si Serrano no quiere que la llamen déspota debería empezar por respetar el derecho de los demás a criticarla; su insistencia en la denuncia contra el periodista sólo la reconfirma como gamonal. Si no le gusta que la critiquen en los medios de comunicación, en donde debe darse el debate público sobre los políticos, no tiene vocación de servidora pública. A diferencia de lo que dijo la Fiscalía, el daño al criticar a una figura pública que por elección propia ha decidido ponerse al servicio de los ciudadanos colombianos no es mayor; de hecho, ni siquiera es daño, gana la democracia cuando los ciudadanos, y específicamente la prensa, cuestionan y critican a nuestros gobernantes.

Gracias al juicioso trabajo de la Flip, que llevó el caso a instancias de la Corte Suprema, González fue absuelto con una sentencia que marca un hito para la libertad de expresión y de prensa en Colombia. Dicen que la civilización comienza cuando somos capaces de usar insultos en lugar de piedras. Los insultos, por definición, no son cómodos ni amables, pero son gajes del debate público, y en esa medida no censurarlos es necesario para la construcción de una democracia. Antes que contestar con demandas, Serrano debería contarnos a todos, públicamente, por qué no está de acuerdo con la adjetivación de González. ¿No es una figurilla déspota, ineficaz y descarada? Que diga por qué. Los ciudadanos estamos esperando ese debate.

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