El cerdo diabólico

Columna publicada el 31 de julio de 2013 en El Espectador.

Noticias Caracol informa que, en un pueblo de Córdoba, el cerdo Pacho es acusado de atacar y matar vacas, y de estar poseído por el diablo.

El administrador de la finca vecina dice que ha visto al cerdo parado en dos patas espantando al ganado, y una señora cuenta que es tal su sincronía con Satanás que cuando fueron a dar la noticia en la radio se fue la luz. El cerdo Pacho, por su parte, no dice nada, y eso que el periodista de Caracol le brindó el micrófono. Hizo bien el cerdo; contestarle al periodista sólo habría servido para incriminarlo.

Curiosamente, el periodista no le pregunta nada a las vacas. Tampoco cuestiona si el conflicto entre vecinos, el administrador de una hacienda y el dueño de una parcela tiene motivos que van más allá de las supersticiones locas. Son preguntas obligadas en un país con una historia de violencia rural, desplazamiento y conflictos por la tenencia de tierras. A principios de este año supimos también de un “bebé poseído” en Lorica, que aparecía riéndose en lugares insólitos de la casa. Una vez incluso fue a parar dentro de la nevera. El artículo contaba cómo el bebé presentaba moretones y más adelante El Universal informó que la casa donde vive el niño se ha incendiado dos veces. El periodista interrogó al párroco, que explicó sus planes de exorcismo. Nadie mencionó al ICBF.

Lo obvio es saltar a decir que estos son ejemplos de mal periodismo, que no son noticias de interés general, que no aportan a la democracia. Es un periodismo que se queda en contar, indulgentemente, una anécdota exótica que pinta a la Colombia rural, especialmente el Caribe, como una tierra de bárbaros ignorantes inmersos en el pensamiento mágico.

Sí, es mal periodismo, pero ¿por qué nos gusta tanto? Es llamativo que este estilo de noticias absurdas se haya convertido en todo un género en el periodismo colombiano. Así es como terminaron en los medios la inolvidable barriga de trapo o el señor del tapabocas. Al verlos, exclamamos: ¡esto sólo pasa en Colombia! En producir, transmitir y celebrar estas noticias hay un acto de construcción identitaria. Tanto así que las llamamos “colombianadas”. El absurdo, en Colombia, tiene un espacio garantizado en los medios de comunicación porque lo usamos para definirnos.

Mucho se ha dicho que lo que cuenta Gabriel García Márquez en Cien años de soledad se lo debe más a su vida cotidiana que a su imaginación desaforada. Macondo, nuestra alegoría más aceptada, presenta a Colombia como un desafío lógico frente al que sólo queda encogerse de hombros y reírse.

A nosotros nos gusta vernos así. Incluso diría que Colombia quiere parecerse a su metáfora, que somos una mala parodia de nuestra caricatura, un país que al celebrar la anécdota folclórica naturaliza el sinsentido, ve sólo barbaridad en donde hay injusticia y así convive con otros desatinos mucho más crueles, como la violencia y las masacres. En todas las áreas, política, deporte, entretenimiento, vemos a los periodistas y a los lectores engolosinarse con el ridículo para evadir el absurdo. Poco a poco, y entre todos, editorializamos un país cuya página roja queda en la sección de humor negro.

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