Masturbaciones iconoclastas

Columna publicada el 24 de julio de 2013 en El Espectador.

La semana pasada el concejal Marco Fidel Ramírez pidió que quitaran unas vallas de la revista Soho por considerarlas pornográficas y moralmente violentas para niños y niñas.

En paralelo, el alcalde Iván Alfonso López decidió cancelar el Festival de Cine de Barichara porque supuestamente promueve el desorden público y el “homosexualismo”, como si ser gay fuera una corriente ideológica que se difunde con panfletos. Ramírez y López responsabilizan a las vallas y al festival de la educación moral de las comunidades. En realidad, los responsables de educar moralmente a los niños son los padres de cada uno, no Daniel Samper Ospina, y nadie se vuelve gay por asistir a un festival de cine.

Desde los tiempos del Antiguo Testamento, gobernantes y pueblos gobernados en general han intentado desterrar las imágenes y atacado determinados cuadros y esculturas. La gente ha hecho añicos imágenes por razones políticas y por razones teológicas, ha destrozado obras que les provocaban ira o vergüenza, y lo han hecho espontáneamente o porque se les ha incitado a ello. La imagen lleva al iconoclasta a tales niveles de ira.

Tienen razón al decir que las imágenes son poderosas. Todas las manifestaciones estéticas tienen un fuerte y duradero efecto político y social. El entretenimiento tiene el poder de naturalizar determinados valores en una sociedad y las artes visuales, si son buenas, tienen un definitivo impacto en nuestra percepción del mundo. Pero cuando el entretenimiento renuncia a entretener para sólo educar, cuando el arte no provoca sino que reafirma servilmente el statu quo, tenemos como resultado imágenes sosas y repetitivas propias de regímenes totalitarios, como Cuba, o como fuera la Alemania nazi, que tomó medidas para expulsar a los “artistas degenerados”, quedándose con los que estaban dispuestos a difundir, a través de una estética bastante mediocre, los valores del Tercer Reich.

Sí hay mucho poder en las imágenes. Pero los iconoclastas se equivocan al creer que sus efectos son previsibles o controlables. En el libro El poder de las imágenes, David Freedberg habla de lo que podríamos llamar “el softporn renacentista”. En el Renacimiento temprano eran comunes los espacios en los que no había mujeres jamás: los claustros monacales, los ejércitos, y casi cualquier escenario de la vida pública. Adicionalmente, y para evitar la tentación, había muy pocas imágenes de mujeres, casi que sólo estaban bien vistas las pinturas de la Virgen María, que tenían intenciones evangelizadoras. Pero el deseo humano se abre camino como las plantas que buscan la luz en medio de la selva. Ah, María, esa chica con la cara tan bonita, y siempre descubriendo una teta generosa y suculenta. Resultó que la masturbación inspirada en las imágenes de la Virgen se convirtió en una práctica frecuente que alcanza la inmortalidad en la iconografía de San Bernardo, quien se hizo santo al alucinar que salía un chorro de leche del pecho de María directo hasta su boca.

Aunque para gobernar convenga tener a las imágenes como aliadas, es imposible tener un control absoluto del impacto de las manifestaciones estéticas en las pasiones humanas. Creerse más poderosos que las imágenes, ese es el gran pajazo mental de los iconoclastas.

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