Corazones rotos

Columna publicada el 9 de octubre de 2013 en El Espectador.

En ese entonces, las serenatas hablaban de una renacida participación ciudadana y una recolonización política de la vida cotidiana. El imperativo kantiano de Mockus, “no todo vale”, hacía un llamado a modificar, además de la vida pública, la privada. Muchos se sintieron llamados a la denuncia y unieron sus voces contra el fácil enemigo común de la corrupción. El uso de redes sociales y medios alternativos para llegar a votantes jóvenes llenó la campaña de una efervescencia contagiosa que llegó a ser reseñada en medios internacionales. La edición global de The New York Times, The Washington Post, The Economist, Libération, Die Zeitung, El Clarín, hablaba del “fenómeno Mockus”, ese profesor “salido de la nada”, el “underdog” de los mimos y los girasoles que tras ocho años de autoritarismo armado proponía arreglar el país a través de la sanción social y el beneficio colectivo.

Para muchos votantes primíparos, que habían crecido en una apatía generalizada, fomentada en gran medida por la violencia del narcotráfico en los 90, la Ola Verde fue un primer amor político. Pero los verdes no tenían ni el presupuesto ni la maquinaria política y Mockus había cometido muchos errores imperdonables en una campaña electoral contemporánea: dijo que era ateo, que admiraba a Chávez y que subiría los impuestos. Santos, en cambio, tenía un apellido ungido por los dioses y el aval del mesías, y con un eslogan barato y reencauchado, “más trabajo, mejor pago”, sacó una de las votaciones más altas de la historia.

Era normal y hasta esperable que los verdes perdieran. Lo inesperado fue lo fácil que se dispersó todo. Mockus se apartó tajantemente de la vida pública, dejando sin cabeza al partido y probando que no estaban muy lejos del caudillismo. No se organizaron para ampliar su influencia regional. Los pocos que ganaron curules, hoy son disidentes del partido y dejaron sin rumbo a un grupo de ciudadanos que apenas entraban con sana ilusión al ejercicio democrático. Hoy los verdes claman una tercería que basa su atractivo en que el candidato no sea un Santos Calderón. Su aguada centroderecha se hace aún más difusa al unirse a los Progresistas, que traen una agenda social liberal. Del “no todo vale” pasaron al “hagamos cualquier cosa con el primero que aparezca”, ilustrando el sinsentido de los partidos actuales, agrupaciones de gente con intereses comerciales, cuyos nombres —Partido de la U, Puro Centro Democrático, Liberal— parecen todos puestos con sarcasmo.

Como en un amor de colegio, nos entusiasmamos y abandonamos la ilusión al primer desencanto. Vimos que perdimos y nos dio duro, pero también nos dio igual. Después volvimos al ruedo con el movimiento estudiantil, y aún hablamos de esas fotos de besos al Esmad en las llamadas que hacemos borrachos de madrugada. Con los cacerolazos el cinismo vino más pronto y las ruanas ya están refundidas en lo más profundo del clóset. “La Ola Verde fue un tsunami para nuestra frágil y emocional autoestima política”, decimos, y añadimos que el compromiso con ser un ciudadano activo suena a matricidio. Pero la verdad es que para involucrarnos políticamente no se necesita un partido político. No podemos excusar nuestra apatía en la cómoda terquedad de nuestros corazones rotos. Madurar políticamente es superar nuestro despecho.

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