‘Fashion Police’

Columna publicada el 6 de noviembre de 2013 en El Espectador.

“Si ese muchacho hubiera salido solo por las calles de Bogotá y algo le hubiera pasado, la pregunta sería diferente. El efecto en el mundo por no cuidar a una figura como esa, hubiera sido perverso para la imagen de la ciudad”, dijo el alcalde Gustavo Petro en defensa de la escolta de policías que acompañaron a Justin Bieber a pintar un grafiti mediocre en la 26. Con sus declaraciones, el alcalde confirma la gran inseguridad, resultado, entre otras cosas, de la negligencia de la misma policía, cuyos resultados se miden por qué tan bien cuidan a las celebridades y no por cuánto protegen a la ciudadanía. Se trata de una preocupación cosmética por cómo se ve la ciudad y no por lo que la ciudad es.

Es la misma preocupación cosmética que llevó a encubrir lo antes posible el asesinato de Diego Becerra plantando evidencias para hacer ver al joven como un atracador, en una conspiración de una rapidez y eficiencia jamás vistas en un operativo policial. La pregunta nunca fue “¿qué pasó?”, sino “¿cómo se va a ver?”. Cuando el policía Wílmer Alarcón le disparó por la espalda a Diego Becerra hace dos años, se basó en un juicio de estilo no más sofisticado que el de cualquier bouncer de discoteca: los muchachos que corren por la noche con una lata en mano son sospechosos, mientras que el gringo blanquito que canta pop —aunque se esfuerce por tirar barrio para que sus fans lo vean como un “chico malo”— merece todos los cuidados, cual si fuera el hijo del patrón. Es el mismo juicio que hicieron cuando en un dos por tres resolvieron el caso del paseo millonario a los agentes de la DEA, el mismo que hace la Policía cuando hace requisas —a los de pelo largo, que deben ser marihuaneros— o arbitrariamente le impide a alguien tomar fotos en el espacio público. Estos juicios cosméticos no tendrían la mayor importancia si nuestros “guardianes” conocieran el Código de Policía y no tuvieran que valerse sólo de un espontáneo peligrosismo —que asume la probabilidad de cometer un crimen según los rasgos o apariencia de alguien— para tomar decisiones que pueden llegar a detenciones injustas, violaciones a la libertad de expresión y hasta asesinatos.

Probablemente con el mismo afán de guardar las apariencias, el director de la Policía, Rodolfo Palomino, dijo que el grafiti es “expresión de emociones y de motivación”. De esta frase se agarraron inteligentemente más de 300 grafiteros que pintaron en la 26 durante 24 horas, una manifestación fundada en un bello silogismo: “¡No mataron a Justin Bieber, entonces con nosotros tampoco lo harán!”, y que legitimó el grafiti en Bogotá.

Que esa manifestación estética sirva para recordar que no es posible que el proceder policial se reduzca a un problema de gusto. La ciudad no es buena por verse “bien”, según unos estándares montados en un sinnúmero de prejuicios. Una buena ciudad sería aquella donde un adolescente no recibe un tiro en la espalda por lo que sería una infracción menor y en donde la ciudadanía no teme a una Fuerza Pública que privilegia a quien aparente poder. El trabajo de la Policía es cuidarnos, no juzgarnos por como nos vemos, y nadie puede estar tranquilo cuando son unos caprichosos árbitros de estilo los encargados de garantizar nuestra seguridad.

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