Vista al mar

Columna publicada el 08 de noviembre de 2013 en El Heraldo.

Mucha indignación causó la foto de Iván Márquez, Jesús Santrich y alias Laura retozando y fumando puros en un catamarán en el Mar Caribe. La foto fue divulgada, por supuesto, por el expresidente Uribe que con su aporreada gramática los llamó “Sibartias de terrosita Farc”.

Al furibundo expresidente lo siguieron muchas voces. Juan Carlos Pinzón, ministro de defensa, dijo que los miembros de las Farc viven como reyes y Navarro Wolf les pidió trabajar más y descansar menos en Cuba. El recién reaparecido Ernesto Yamhure se unió a su mesías publicando una serie de fotos en las que Rodrigo Granada camina por Cuba y Tanja Nijmeijer posa con El Ché. Más allá de que uno debe dudar de la fiabilidad de la información que divulga un tipo que dejó que Carlos Castaño le editara su columna, las segundas fotos no muestran nada lo suficientemente inusual como para indignarse.

¿Pero la del catamarán sí? Tal vez es porque todos soñamos con estar de paseo en el Caribe y una foto de los miembros de las Farc, que nos han quitado tanto, en aparente disfrute, es hacerle injustos fieros a un país que contiene el aliento a ver si en La Habana se da, por fin, un pasito para empezar a superar la guerra. Pero esa rabiecita es un argumento falaz que el uribismo usa para manipularnos y torpedear el proceso de paz. La primera falacia, como bien sabemos los costeños, es que disfrutar no implica trabajar menos. Es decir, del hecho de que los negociadores de las Farc se monten en un catamarán o caminen por la Habana Vieja -como hace cualquiera en la ciudad- no se sigue que no estén trabajando, no sabemos de qué hablaban cuando les tomaron la foto y nadie se pregunta por lo que sí podría ser importante, que no es si merecen o no ir al mar en su tiempo libre sino de quién es el catamarán que los lleva de paseo.

No puede haber diálogo, sobre la paz, ni sobre nada, si no somos capaces de ver más allá del argumento ad hominen. Ese imaginario abstracto que llamamos “paz” pasa por hacer el esfuerzo de pensar en el bien de un país y no en las conveniencias personalistas de caudillos que, como Uribe, atacan el proceso de paz con el único propósito de avanzar su ególatra campaña política.

La foto es molesta sin duda y antagoniza aún más la imagen de los negociadores de las Farc. Pero también es cierto que su imagen ya es pésima y hagan lo que hagan es poco probable que puedan mejorarla. Es irrelevante, no se trata de si nos caen bien o mal. En cambio, dejarnos llevar por la rabia vacía de argumentos que produce una foto escandalosa hace de nosotros un botín político manipulable.

Según el acuerdo de la participación política al que se llegó el miércoles, éstas exigirán el máximo de nuestra tolerancia, más cuando aún ronda en la memoria el fantasma de lo que pasó con la UP. Si algo podemos hacer los colombianos de a pie para ayudar al proceso de paz es prepararnos para ser un electorado crítico y medido, capaz de discernir entre la indignación fácil y los argumentos de peso y dispuesto a tolerar un diálogo entre los puntos de vista más diferentes sin perder la serenidad; esa que, tras la turbulencia de la foto, se dibuja en el horizonte del mar.

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