Impunidad en violencia sexual contra las mujeres

Artículo publicado el 16 de noviembre de 2013 en El Espectador.

“Yo me fui a un paseo con la gente del salón y estaba tomando trago, mucho aguardiente, estaba muy reventada, y un amigo me sacó del jacuzzi y me metió a un baño y me desperté allá tirada. Fue raro porque yo sentía que había sido una violación, pero el chico como que siempre me había gustado. Llegué al colegio después del fin de semana y me puse muy brava con él y me dijo que yo era una perra, que yo también quería. Al final del colegio el man me pidió perdón un día, me dijo que era verdad que yo estaba muy mal y me pidió perdón por dejarme tirada en el baño”.

Lo que cuenta Cristina* es una modalidad de violación terriblemente frecuente y que rara vez llega a denunciarse. Son casos en los que la víctima conoce a su agresor y a veces incluso le ha coqueteado y ha accedido a besos u otros acercamientos sexuales, ha aceptado estar con su agresor en un recinto cerrado. También es posible que la víctima haya ingerido alcohol u otras sustancias voluntariamente, que la llevan a no recordar lapsos de tiempo, a quedarse dormida o inconsciente. La víctima se pregunta si ha propiciado el ataque; el agresor se aprovecha y refuerza esta idea.

“Con frecuencia, la mujer justifica al agresor porque a las mujeres las educan para que se protejan, para que no las violen. A los hombres, en cambio, no nos educan para no violar. La mujer víctima se siente responsable, siente que fue incauta, que se puso en situación de riesgo, que nadie le va a creer, y las personas le dicen que ella se lo buscó. Ante ese escenario, muchas prefieren no denunciar”, dice Fabián Salazar, abogado y consultor para asuntos de género y justicia.

“Estaba a punto de terminar la carrera y había un tipo que me gustaba muchísimo y con el que había salido varias veces y ya me había acostado con él alguna vez”, cuenta Margarita. “Yo me emborraché y obviamente yo quería tener algo con el man esa noche. Me llevó a un hotel, habíamos tomado muchísimo. Yo sentí al tipo fuera de sí, agresivo, y me asusté y le dije que no y que no y que no, y el tipo nunca me hizo caso. Pero además yo sentía que había dado papaya. Intenté soltarme en algún momento y salir, y el tipo me agarró me tiro al piso y me penetró analmente a la fuerza varias veces. Después yo estaba muy adolorida y el tipo se me hizo el cariñoso, se acostó conmigo. Yo me quedé dormida llorando”.

En mayo el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, durante su participación en el foro “No es hora de callar”, anunció la creación de una unidad especial de la Policía Nacional para atender casos de violencia sexual. Al parecer, dicha unidad funciona desde hace rato y a veces se fusiona con la de violencia intrafamiliar y trata de personas. En la Fiscalía se han creado los Centros de Atención e Investigación Integral a las Víctimas de Delitos Sexuales (Caivas), que ofrecen a la ciudadanía atención en las áreas psicológica, social, jurídica, médico-legal e investigativa. El grupo élite de investigación Gedes, que hace parte de Caivas, está conformado por 38 fiscales dedicados única y exclusivamente a la investigación en las diferentes modalidades de violencia y de abuso sexual. El equipo está compuesto en un 50% por mujeres. La de Bogotá es la única sede de Caivas que cuenta con este grupo especializado.

Según Sisma Mujer, en el año 2012 se reportaron 1.508 casos de violencia sexual contra las mujeres cada mes, 50 cada día y dos cada hora. En 2012 las mujeres fueron víctimas de un 84,2% de los casos de violencia sexual, frente a un 15,8% en los hombres. El Ministerio de Salud y Protección Social reportó un total de 63.256 casos de violencias en el año 2012, de las cuales el 24% (15.181) corresponde a violencia sexual. Ya para el primer semestre del año 2013 el sistema de vigilancia en salud pública reportó 27.736 casos, que equivalen al 44% del año anterior.

“Llegó un punto de la noche donde todo se puso borroso. No me acuerdo en qué momento me fui de ese apartamento en un taxi con el man, que por mi estado había decidido acompañarme a mi casa por ‘seguridad’”, cuenta Camila*. “No me acuerdo de haberle dado mi dirección, pero cuando recobré la conciencia yo ya estaba desnuda en la cama teniendo relaciones con él, pero yo estaba quieta, no entendía lo que pasaba, no quería que pasara. Al día siguiente me trajo dos píldoras del día siguiente y me las hizo tomar en frente de él para asegurarse”.

“Lo que se debe determinar es si la mujer era libre en ese momento para dar el consentimiento o no, y para determinarlo hay que evaluar si hay una relación de poder que ponga a la víctima en un escenario de inferioridad, que le impide psíquicamente acceder de manera libre a una relación sexual”, explica Fabián Salazar.

“A la mujer que denuncia siempre se la culpabiliza por cualquier motivo, por la forma de vestir o por la conducta que tenía antes o después de la agresión sexual. Ahondar en la conducta de la víctima es incorrecto, según la Corte Constitucional (sentencia T-453 de 2005), y las pruebas que se consigan violando este principio no tienen validez dentro de un juicio penal, además de que violan los derechos fundamentales a la intimidad y la dignidad de la víctima. A veces no hay pruebas de violencia física y entonces el factor psíquico se hace determinante. No tiene que ser patológico, no hay que hacer un examen psiquiátrico. Muchas circunstancias a las que se enfrenta la víctima generan una alteración psíquica temporal. La jurisprudencia colombiana es muy sólida al respecto y eso muestra que el mayor problema con estos casos de violencia es cultural”, concluye Salazar.

Liliana fue violada por un amigo de su novio y otro sujeto una tarde después de la universidad. “Llegué a mi casa a bañarme enseguida; mi mamá vio que algo estaba mal y le conté. Llamamos a la Policía y nos dijeron que teníamos que ir a Medicina Legal en Paloquemao. La doctora que me atendió fue muy amable. Pusimos el denuncio y como a las tres semanas llamó una fiscal a hacerme una entrevista. Buscamos un abogado y uno dijo que no llevaba el caso porque no había pruebas, porque yo me había bañado, pero después una abogada sí dijo que lo tomaba. El juez también fue bueno. Cuando el abogado de la defensa sacó unas fotos personales mías, dijo que eso no tenía nada que ver, mi vida personal. Yo creo que los jueces están cambiando. También es cuestión de contar con suerte, porque tú no sabes qué juez o qué fiscal te vaya a tocar”.

Para Gloria Puerta, del Ministerio de Salud, especializada en el trabajo con víctimas de abuso sexual, hay descoordinación en los procesos de salud y de justicia y ese es uno de los problemas con los que se enfrentan las víctimas. “Es mucho más frecuente que las víctimas callen abusos cuando vienen de parte de personas conocidas, incluso un amigo o pareja. Otro problema frecuente es que la primera reacción de las víctimas sea bañarse, pero no caen en cuenta de que lo más importante es ir cuanto antes al sistema de salud, que puede ser cualquier hospital, cualquier IPS o EPS. Allí la víctima debe recibir atención de manera inmediata, sin importar a qué EPS esté afiliada o si tiene seguro médico, y no se le debe pedir pago o cuota moderadora, como dice claramente la resolución 0459 del 2012. El médico debe explicarle sus derechos a la paciente y proceder a la recolección de evidencias y avisar a la Fiscalía. En el centro de salud la atención debe ser inmediata; no pueden pedirle una denuncia previa”.

Sofía Jaramillo, médica especializada en atención a mujeres víctimas de violencia sexual desde una perspectiva de género con experiencia forense, explica: “Todos los médicos deben estar preparados para atender a este tipo de víctimas y deben tener una capacitación para resolver prejuicios machistas que la pueden afectar. Debe haber muchos médicos, porteros, enfermeras de clínicas que pueden pensar exactamente como lo hace Andrés Jaramillo”. “La violación es un delito en el que se toma a la víctima como la primera sospechosa y culpable —continúa—. Hay que tener especial cuidado con el sitio en que se atiende, la forma en que se habla y el médico o médica debe entender que tal vez estas víctimas no están dispuestas a dejarse tocar y que manifestaciones supuestamente amables como ‘hola, linda’ o ‘tranquila, muñeca’ son inapropiadas”. La nueva norma de habilitación 1441 de 2013 exige que todo médico o médica de urgencias debe tener entrenamiento y estar certificado para la atención en violencia sexual. “Aunque no está en los libros de medicina, el sector salud tiene una gran responsabilidad en la garantía de los derechos de las mujeres y su acceso a la justicia”, concluye Sofía Jaramillo.

“Por la educación patriarcal, muchas mujeres creen que el deseo de los hombres es de verdad irrefrenable. Esto tiene que ver con que todas las reglas que aplican al juego sexual son masculinas y machistas: ‘Si me caliento ahora me tiene que satisfacer’. A las mujeres les enseñan que ‘deben darse a respetar’. A los hombres nunca nos lo han dicho. Nosotros somos dignos de respeto per se y a la vez jueces de la respetabilidad de las mujeres”, dice, finalmente, Fabián Salazar.

La alta frecuencia de este tipo de violaciones y sus bajos índices de denuncia son sintomáticos de un problema social a gran escala que no es exclusivo de Colombia y que tiene hondas raíces culturales. No basta una buena jurisprudencia o unidades de investigación especializadas si los prejuicios machistas que revictimizan a las mujeres permean todo el proceso de denuncia, atención médica, investigación penal y procesos judiciales. Más grave todavía es que estos prejuicios viven en las mentes de los agresores que, respaldados por la sociedad, no sienten culpa alguna, y en las mentes de las víctimas que con frecuencia, y a pesar de su dolor, no logran entender que estos accesos carnales violentos son crímenes y que todas las personas, cuando se trata de cualquier tipo de acercamiento sexual, en cualquier momento y sin importar qué hayan dicho o hecho antes, tienen pleno y legítimo derecho a decir no.

* Nombres cambiados para proteger a las fuentes.

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