Las reinas

Columna publicada el 16 de noviembre de 2013 en El Heraldo.

Yo también crecí viendo todos los años el reinado en casa. Discutía con mi mamá y mis abuelas sobre las candidatas haciendo unos juicios injustos que a la vez hacíamos sobre nosotras mismas. Nuestra parte favorita eran las preguntas del jurado pues después de sopesar a las chicas del reinado -y a nosotras mismas- como caballos de carrera, ¿qué mejor que unas preguntas idiotas para tener con qué decirles, además, brutas a las reinas?

Lo dice más claro Diva Jessurum en su reporte del día siguiente: “Esto fue lo mejor de la velada, porque Colombia se divirtió de lo lindo”. En una de las respuestas supuestamente vergonzosas que muestra la nota, la Señorita San Andrés, Zuleika Suárez, cuando le piden que defina a Colombia en una frase, contesta que se debate entre la diversidad y la belleza y al final dice “belleza”. Por poco (por una coma) contesta, “entre la diversidad es difícil elegir la belleza”. Esa habría sido una clara y sencilla verdad: Colombia es un país lleno de mujeres diferentes y es mentira que se pueda hablar de la belleza de las colombianas de una manera unívoca, no solo por la impredecible ruleta fenotípica de un país mestizo, también porque somos personas, y cada individuo lleva dentro el potencial para la belleza, que no está en las facilidades para caber en un modelo sino, tal vez, en el esfuerzo de cada uno por ser quien sueña.

El problema no es con las reinas de belleza, después de todo, el feminismo se trata que cada mujer pueda ser lo que quiera ser, en el amplio rango de posibilidades que eso implica. Pero los reinados de belleza, celebrados, magnificados en los medios y en la cultura popular, nos dicen que está bien que nos juzguen solo por nuestra apariencia (cuerpo 30%, rostro 30%, la entrevista con los jurados 15%, el desfile en traje de gala 10%, el desfile en vestido de baño 10% y las respuestas a las preguntas 5 %) y difunden la idea de que hay una belleza objetiva con la que se mide a todas las mujeres y con base en la cuales establecerán las jerarquías del ganado.

En nuestra sociedad le decimos a las mujeres que empoderarse es arreglarse (¿arreglar qué?), verse bonitas (según un detallado estándar), o en resumen, agradarle a los hombres. Durante toda nuestra vida nos juzgan primero, y sobre todo, por como nos vemos, “¿está buena o no está buena?”, como las frutas que vamos al supermercado a comprar. Tras esa decisiva pregunta tenemos que ser amables y graciosas, para no rechinar mucho en nuestro papel decorativo. Los reinados de belleza tratan a las mujeres como objetos que pueden ser comparables y juzgados. Esto nos deshumaniza y hace creer que somos una suma de partes de un cuerpo, no personas. Una suma de piernas, pelo, tetas y genitales es más fácil de golpear, atacar o matar. En una sociedad con una inmensa desigualdad de género y en la que la violencia contra las mujeres es endémica, una práctica que promueve ver a las mujeres como objetos tiene un impacto en las actitudes sexistas de toda la sociedad.

No hay nada de malo en celebrar la belleza, pero cuando está basada en un modelo de cuerpo unívoco, sexista, racista y homofóbico, prácticamente inalcanzable, cuando los evidentes daños de este modelo a las mujeres son bien conocidos, no es belleza lo que estamos celebrando.

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