Por amor al ‘copy-paste’

Columna publicada el 20 de noviembre de 2013 en El Espectador.

En la edad media habría sido una herejía hablar de derechos de autor. Todo emanaba de Dios y el pintor o el escritor se entendían como intermediarios a través de los cuales ese dios todopoderoso hacía su voluntad. La idea moderna de autor viene del Renacimiento, cuando el egocentrismo cartesiano y el heliocentrismo copernicano permitieron pensar que las ideas, las imágenes, los contenidos tenían un dueño mundano distinto a Platón o Aristóteles, alguien vivo que podía disfrutar la gloria de que admirasen sus ideas. La imprenta permitió distribuir “masivamente” estos contenidos, pero hacerlo suponía un riesgo: que la gente no consumiera el trabajo de este nuevo autor. Los impresores, dueños del balón, empezaron a filtrar qué se imprimía y qué no, y ahí comenzó la industria editorial. El modelo generó fuertes monopolios y nos estuvo funcionando muy cómodamente por los siglos de los siglos, y fue engordando la idea del genio creador romántico en cuya venerada cabeza, privilegiada por las musas, se gestaban las ideas. Todo fue así hasta que llegó internet.

Hoy, los costos de producción y distribución del contenido se reducen a un mínimo irrisorio. En internet el valor de los contenidos descansa en sí mismos y sus costos dependen de cómo avalúe su tiempo el autor. Gracias a internet, todos podríamos tener acceso a todos esos contenidos; ahora, potencialmente llevamos en el bolsillo un aleph, el sueño de muchos creadores siglos atrás. Eso que románticamente llaman las musas, no es más que consumo de información, ver qué pasa cuando uno —y el cúmulo de ideas recolectadas durante años que confluyen para ser eso que llamamos “uno”— se ve afectado por los estímulos sensoriales o intelectuales del mundo exterior. Por eso Óscar Wilde y Picasso coincidieron descaradamente en decir que “el talentoso toma prestado, pero el genio roba”. No se puede producir contenidos sin consumirlos, crear es copiar, escribir es conversar y así, desde siempre, toda creación es colectiva.

Dicho esto, es evidente que a todos nos conviene que el acceso a la información sea libre en internet. Primero, porque a mí, como creador de contenidos, me interesa que la gente en todo el mundo conozca lo que hago. Segundo, porque ser un consumidor me hace un potencial creador. Pero ni a los creadores ni a los consumidores de contenidos nos han preguntado nada a la hora de negociar el TTP. Wikileaks acaba de filtrar el capítulo del tratado que se refiere a los derechos de autor y confirma las oscuras sospechas de muchos activistas digitales. Entre otras cosas, los plazos de protección se amplían hasta 120 años en tiempos en que la información pierde vigencia al minuto y estrictas sanciones intimidarán a los proveedores de servicio para que bajen contenido ante cualquier supuesta infracción de derechos de autor. Hoy en día nadie se cree el cuento de que las ideas tienen dueño y es más claro que nunca que el proceso creativo es un interminable copy-paste. Al igual que nuestro engendro local, la Ley Lleras, el TTP criminaliza el derecho a compartir, citar y remixear información. Colombia no está, pero quiere estar, entre los países que lo negocian, y aun si la lagartería no nos da para salir en esa foto, las consecuencias del TTP serán mundiales y tendrán un impacto tangible en nuestros procesos creativos. No debemos quedarnos callados ni dormidos mientras se negocia a puerta cerrada nuestro derecho al acceso al conocimiento y a la cultura, y la libertad de expresión.

http://redpatodos.co/internetlibre

#internetlibre

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