Los de la moto

Columna publicada el 23 de noviembre de 2013 en El Heraldo.

Hace unos días un ruidoso enjambre de mototaxistas se tomó Santa Marta. Amenazaron con cerrar vías, quemar vehículos de transporte público y hasta la misma alcaldía, si el burgomaestre Carlos Caicedo no echaba para atrás un decreto que prohíbe, por 90 días, llevar un parrillero en la moto.

La prohibición viene en respuesta a los asesinatos de la niña de 7 años Salua Cabarcas y su padre Luis, a manos de sicarios en moto, una práctica que se está volviendo cotidiana en la ciudad. Los samarios también culpan a los mototaxistas de congestionar el tráfico, y de robos y fleteo, y comentan que la inseguridad en Santa Marta es insufrible, que el paramilitarismo y el narcotráfico le respiran a todos en la nuca y que la zona está más caliente que el sol de medio día surcado por motos que zumban como las moscas del almuerzo.

De acuerdo con el Estudio Socio Demográfico de los Usuarios de Motos en Colombia, en seis capitales de la costa se pasó entre 2005 y 2008, de unos 33.000 mototaxistas a 86.000. En el estudio La economía del Mototaxismo, el caso de Sincelejo, Andrés Sánchez Jabba encuentra que “ los mototaxistas tienen un perfil socioeconómico caracterizado por bajos niveles de escolaridad e ingresos en comparación con el resto de los conductores de motos pues el 88% de estos se encuentran concentrados en niveles de escolaridad de primaria o secundaria” (Banco de la República, 2011).

Las razones son evidentes. Como el mototaxismo no está regulado, no hay registro, ni examen, ni capacitación necesaria para ejercerlo. Muchos han encontrado que es una de las formas más rentables de economía del rebusque. Las motos son baratas, fáciles de financiar, las ganancias son inmediatas y la necesidad está; pues el mototaxismo deja claro que el sistema de transporte público está en crisis, que hay vías intransitables y la oferta de buses es insuficiente e ineficiente para la población.

Así, el mototaxismo evidencia un inmenso y creciente problema de desempleo en las ciudades del Caribe, que debido al desplazamiento han cambiado considerablemente su demografía. También revela una necesidad urgente de mejorar el transporte público. Las ciudades del Caribe han aumentado sus niveles de desempleo y encima tienen y tendrán que lidiar con las migraciones propias del conflicto y el posconflicto, que incluyen excombatientes y mano de obra no calificada que al no encontrar lugar en el paisaje laboral de la ciudad fácilmente recurrirán a empleos rápidos, rentables, y fáciles, como el mototaxismo. Si no, la opción es el crimen. Algunos se decidirán por ambas.

En Colombia, las motos son aves de mal agüero. Pocas cosas intimidan tanto como el rugir de una moto que lleva un hombre en el parrillero. Eso fue lo último que escuchó Salua Cabarcas. Pero su asesinato no es consecuencia directa del mototaxismo sino de una crisis social desatendida que pita con la furia de una olla a presión. Prohibir el mototaxismo de tajo no soluciona ninguno de estos problemas, solo limita las opciones de una fuerza laboral que se ve acorralada por la inequidad y la falta de oportunidades. El mototaxismo es un problema muy grave, pero es sobre todo síntoma de unos dramas sociales profundos y de unas estrategias que parten de la represión y no de la comprensión del fenómeno, que se enfocan en prohibir y no en ofrecer opciones y que por eso no han podido controlarlo.

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