El bikini del emperador

Columna publicada el 30 de noviembre de 2013 en El Heraldo.

Por estos días, hace un año, la Corte de la Haya anunció que, en la disputa fronteriza de Nicaragua con San Andrés, a ellos les daba mar y a nosotros islas. Nos alegramos al comienzo, y poco a poco fuimos cayendo en cuenta de que las islas no son islas sin el mar que las rodea. El país continental se lamentaba por lo que decíamos era “la pérdida de un paraíso”. Nada levanta tanto a las masas como que les quiten sus sitios de veraneo. Una gran indignación colectiva recorrió al país echando a pique la imagen del presidente.

Sin embargo, el fallo de La Haya no fue culpa de Santos, sino de una cadena de gobiernos que vienen haciendo todo mal desde 1969, cuando era canciller López Michelsen. De San Andrés hay que decir que no se puede perder lo que no se tiene, y no, a San Andrés no lo teníamos. La Corte no modificó los límites de nuestro territorio pues ese mar hacía parte del régimen internacional del Derecho del Mar, y el tratado Esguerra-Bárcenas no fijó un límite marítimo sobre los dos países. Nosotros no teníamos soberanía técnica sobre el mar que decimos que nos quitaron, un mar que habría sido nuestro de haber puesto atención desde el principio. El desinterés por nuestras fronteras es endémico, y en el caso de San Andrés se debe a que para el resto del país (incluida la costa Caribe) no era un territorio sino un paréntesis en nuestras vidas, un recuerdo de borracheras de la excursión de fin de bachillerato, una luna de miel, una familia con trenzas y la espalda quemada al llegar el fin de año.

Como hacer el mea culpa colectivo es muy engorroso, fue más fácil gritarle al de turno, es decir, a Santos. Uribe, también responsable del fallo, pero oportunista como el mejor comprapeleas, saltó a vocear su campaña, que parece estar basada exclusivamente en señalar la incompetencia del gobierno. Indignados, caímos todos en el juego, hasta el presidente. Le creímos otra vez a la gran falacia del uribismo: de que Santos sea malo no se sigue que Uribe sea bueno. El presidente Santos, gobernando en reacción a los trending topics de Uribe en Twitter, asumió una pastiche postura de patrón y nos dijo: “No se preocupe, mamita, que yo lo arreglo”. Contrató a un carísimo equipo de expertos para que posaran grandes esfuerzos por una meta imposible. Es una bobada decir que es inconstitucional una norma que ya está en la esfera del derecho internacional. No tiene sentido “decretar” la inaplicabilidad del fallo, pues los fallos de la Corte no son opcionales: cada miembro de las Naciones Unidas se compromete a cumplir la decisión de la Corte Internacional de Justicia en todo litigio en que sea parte. Por eso, así como en ‘El traje nuevo de el emperador’, terminamos pagando por una solución imposible.

Un año más tarde, Nicaragua nos demanda ante la Corte Internacional de Justicia por incumplimiento del fallo, y más allá de los posibles resultados, lo más molesto es que habría podido evitarse si Santos, en vez de embobarse con la reelección y hacer aspavientos internos para medirse con Uribe, asume las consecuencia del fallo, pone primero al territorio y negocia cuanto antes unas mejores condiciones para los sanandresanos. La denuncia de Nicaragua es producto del frágil ego del presidente, que se desestabiliza cada vez que Uribe le grita “gallina” y que vive inmerso en una existencial tragedia: querer gobernar desde la imagen y la comunicación, pero no tener el carisma para hacerlo.

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