Prejuicios de sangre

Columna publicada el 7 de diciembre de 2013 en El Heraldo.

“¿Ha mantenido relaciones sexuales con personas de su mismo sexo?”, fue la pregunta que encontraron mi amiga y su esposo en el formulario preliminar para donar sangre, específicamente hecho para determinar si el donante es un potencial portador de VIH. El formulario también le preguntaba con cuántas personas había tenido sexo en el último año y si había consumido alguna vez sustancias psicoactivas.

Lo del número de parejas sexuales parece tener sentido, a primera vista. Sin embargo, es un mito que la promiscuidad sea un indicio de ser portador de VIH; para pasar el virus solo se necesita una relación sin protección, que con mucha frecuencia se tiene con una pareja estable; después de todo, tirar sin condón es la gran prueba de amor, de vida o muerte, de nuestros tiempos.

Cuando mi amiga y su esposo llegaron a la pregunta sobre sustancias psicoactivas preguntaron cuánto tiempo mínimo debía haber pasado desde el último consumo. La enfermera contestó que para la marihuana dos años, eso es lo que demora en salir la sustancia del cuerpo. “¿Y la cocaína?” preguntaron. “Nunca, no puede donar sangre nunca” dijo.

“¿No que a los dos años la sustancia sale del cuerpo?…” “Pero quién sabe qué hizo cuando estaba consumiendo”. En este caso, el prejuicio no estaba en la pregunta que parece perfectamente legítima sino en el funcionario de salud, que claramente tiene una limitada y bidimensional idea de cómo son y qué hacen los consumidores de sustancias.

Finalmente, si bien es cierto que, según las cifras conocidas, la población más afectada en Colombia es la comunidad LGBTI, en especial los hombres, lo que permite la transmisión del virus no es la relación homosexual sino el sexo sin protección, sea como sea o con quien sea. A eso hay que añadir que casi el 60% de las personas que viven con VIH no lo saben y en no saber si se es o no portador del virus está el mayor riesgo real, no en ser homosexual.

Lo que sí hacen, en cambio, es fomentar prejuicios que aumentan los riesgos de adquirir el virus. Por ejemplo, la idea de que el VIH es un virus que afecta especialmente a la comunidad homosexual hace que los heterosexuales se despreocupen y tengan relaciones sin protección. La idea de que las personas promiscuas son más propensas al virus lleva a que muchas mujeres monógamas no se cuiden ni se hagan con regularidad la prueba confiando en que su pareja no les será infiel. De la misma manera muchas mujeres acceden a tener relaciones sin condón para no ser juzgadas como promiscuas y, según encuestas de Profamilia, el 19% de las mujeres colombianas está dispuesta a tirar sin protección con su pareja así esta tenga una ITS.

Las preguntas del cuestionario para poder donar sangre son anticuadas y discriminatorias, más cuando de todas maneras la sangre va a ser revisada en el laboratorio antes de llevarla a un paciente, y cuando ninguna de estas preguntas sirve realmente para determinar a un potencial portador del VIH. Las preguntas que podrían servir son otras, más precisamente dos. La primera, ¿Ha tenido relaciones sexuales sin protección? y la segunda y más importante: ¿sabe usted de qué manera se transmite el VIH? Después de todo, una persona llena de prejuicios que cree que el virus solo afecta a la población LGBTI o peor, que es un virus que “solo aqueja a los inmorales” es quien más vulnerable se encuentra.

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